tautología del anhelo

Desperté al sueño otra vez en el mismo ascensor, flotando dentro de un teleférico libre como un péndulo atado con una tanza a no puedo ver qué. Mi acompañante nunca tiene miedo. Incluso, si mirase con atención, podría afirmar que le divierte. El ascensor se eleva sobre Los Ángeles mientras se arrastra a los costados, empujado por su propio peso y los vaivenes de una mano que lo sostiene. Puedo ver de cerca otros edificios, acercarme a sus ventanas siempre a punto de chocar. Allá abajo las personitas toman café. Siento el vértigo en la boca del estómago, huelo el peligro en mis sobacos. Ahora, atravesando las nubes, cada tanto el ascensor cae levemente como un avión. En un movimiento hacia uno de los lados se detuvo sobre una superficie acolchonada. Bajamos del ascensor en un pozo de aire, en un espacio extrañamente verde. Comenzamos a bajar por las escaleras de caracol y salimos a una galería amplia, vidriada y de pisos amarillos. Fuera de la ventana solo vemos el blanco intermitente de las nubes cuya opacidad, de a momentos, nos permite ver la ciudad que se extiende inmensa a los pies del edificio. El edificio cada tanto tiembla y a mi alrededor están acostumbrados. Se precipitan por las escaleras y, con cada temblor, bajan de a tramos enteros, decenas de escalones, caen parados y siguen su camino. Mi acompañante evita los ventanales, mira los escalones y las baldosas de los pasillos, las barandas, los pies de los demás. Me indigna, no entiendo por qué vinimos hasta acá si no piensa mirar. El viaje en ascensor queda lejos en mi memoria, como parte de un sueño que soñé en otro tiempo. Me pregunto en qué otro tiempo, a qué sueño me refiero. Recuerdo entonces aquel sueño, el de la terraza del edificio justo antes de caer. Empiezo a reconocer las molduras, el olor y el color de la luz. El murmullo crece y es el mismo de aquel sueño. El edificio vuelve a temblar y yo reconozco la vibración. Intento frenar a mi acompañante para explicarle que tenemos que salir pero él vuelve a subir las escaleras diciendo que debe ir a buscar algo que dejó olvidado. Intento decir que tenemos que salir del edificio pero las palabras se derriten en la puerta de mi boca, se deshacen en el contacto con el exterior. Pienso en huir, en seguir bajando, todavía tengo el tiempo justo para salir. Un tiempo que nunca antes había tenido. Sin embargo, algo en mí prefiere morir a dejar a mi acompañante morir. Subo las escaleras corriendo hasta alcanzarlo. Lo encuentro sosteniendo un papel junto al ascensor desde el que nos bajamos un tiempo atrás. Lo empujo dentro y apreto el botón que nos llevará de nuevo cerca de las personitas que toman café allá abajo, en la calle invisible pero existente. El ascensor comienza a moverse, nuevamente tirado por una mano que cada tanto tiembla. Justo ahora que el ascensor abandona el edificio escuchamos una leve explosión sorda, como el sonido de una piedra cayendo en un aljibe, y los cimientos estallan. Todo el edificio implosiona sobre su lugar y nosotros, flotando a un lado, lo vemos desaparecer y convertirse en humo de ruinas.

Por Víctor Aguerre Quiró

nueva era

Desperté al sueño en medio de una calle húmeda con la idea de que sabía algo que acababa de olvidar. Tenía hambre y mi acompañante no estaba, sentía la presencia de su ausencia. Miré los rostros que se apresuraban a mi alrededor bajo la luz de los faroles entre cuerpos húmedos de verano y no lo pude reconocer en ninguno. No recordaba su rostro y temía no reconocerlo al verlo.

Comencé a caminar por la calle que se extendía frente a mí, las conversaciones de los otros y el olor rancio de la música interrumpían mi intento desesperado por deducir dónde me encontraba. Cuando, viendo la disposición de las piedras en el suelo, creí que me encontraba en alguna calle de Monastiraki, los comercios me recordaron a las formas de un Hutong. Las calles angostas me llevaron por un instante a Gamla Stan y pude oler el olor a pescado. No era mi casa y, sin embargo, olía tan familiar. Entonces creí estar en el Borgo Antico de Bari y luego en alguna calle lindera a St. Euphemia.

Llegué a una esquina y miré a ambos lados. Sobre la misma calle, a la izquierda, se extendía una callejuela de la Habana Vieja y, a derecha, la más popular de Mitte. Creí haber reconocido la arquitectura cubana por haberla visto en imágenes y pensé que mi acompañante no estaría sin mí en un lugar que juntos todavía no habíamos estado.

Doblé a la derecha y a mi derecha apareció impasible el gran muro, el calor del verano se disipó con el empujón de una brisa helada. Las calles estaban abarrotadas de personas solitarias que murmuraban en alemán, escondiendo sus orejas tras el cuello del saco. Sabía que la esquina estaba ahí y que cruzando la calle podía llegar a Cuba, sentí el frío y decidí volver en dirección al calor. Al darme vuelta la esquina ya no estaba ahí y el muro se extendía a lo largo de toda la avenida.

Con resignación caminé al costado del muro, contra el viento, en la dirección donde antes se encontraba La Habana. Algunos individuos se me acercaron gesticulando con una mano mientras, con la otra, sostenían el cuello de sus sacos. Sin girar la cabeza, cada vez, seguí caminando. Un momento después escuché un sonido crispante que reconocí como mi nombre. Lo vi de pie en el lugar que antes ocupaba el sonido, sosteniendo con ambas manos el cuello de su abrigo. Me acerqué imantado por la alegría de descubrir a mi acompañante. Mientras caminaba hacia él descubrí que no se trataba de su cuerpo, su presencia se sentía dislocada. Dudé de mí por haber creído que muchas ciudades podían estar en una ciudad, que todas las ciudades eran ésta ciudad.

Me forcé a creer que se trataba de mi siempre acompañante y me dejé guiar en silencio por callejuelas que con pequeños estallidos despertaban tanto St. Katherine como Brooklyn. Al doblar por alguna calle de Panská para encontrar otra de Saigón entendí que no se trataba de mi acompañante y que no podía dejar que descubriera que yo sabía que era un impostor. En ese momento volvió su cara y sonrió. Quise dejar Vietnam. Cuando tuvo la intención de doblar a derecha en la siguiente esquina propuse ir a izquierda. Con su cuerpo aceptó y, al girar, nos sumergimos en Lavapiés. Sin desearnos caminamos juntos recorriendo todos los barrios del mundo y en todos yo busqué a mi acompañante en los rostros de los transeúntes que se detenían para observarnos. Sentía su mirada siguiendo el recorrido guiado por el farsante, el eco de su risa al verme fingir de miedo.

Enojado decidí escapar, le dije al farsante que necesitaba ir al baño. Reconocí la Rue Saint-Antoine y recordé que doblando a derecha en la Rue de Birague llegaríamos a una plaza. Con una mueca le propuse doblar, aceptó y nos dirigimos a la esquina. Consideré con resignación la posibilidad de que al doblar la calle fuera otra, una de otro barrio en otro país lejano. Pero la Rue de Saint-Antoine estaba ahí y, al final, la plaza. Esta vez caminaba yo delante, apurando los pasos, pensando en Jean Valjean. En medio de la plaza me detuve, miré en dirección a la habitación que solía ocupar Víctor Hugo con la esperanza de encontrarlo en su ventana como antes al muro de Berlín serpenteando el contorno del Tiergarten. Víctor Hugo no estaba ahí y el farsante, en ralentí, subió su mirada y apoyó sus ojos en los míos.

Te espero acá, dijo. Me alejé con pasos lentos a pesar del esfuerzo de mis piernas por atravesar el aire macizo y compacto. Miré alrededor buscando por dónde escapar y luego hacia atrás para encontrar sus ojos todavía buscando el sostén de los míos. Entré por la puerta de un edificio pequeño que recordaba nunca haber visto en medio de la Place Des Vosges. Encontré un pasillo largo y mal iluminado repleto de puertas sin otra salida al final. Me volví en dirección a la puerta y vi al farsante, junto a la puerta estirando su pie. Entendí que era una trampa, que habíamos caminado todas las calles del mundo para que yo nos llevara a ése lugar. Comencé a caminar en dirección opuesta a la entrada por el pasillo sin salida. Cientos de puertas y todas iguales. Sentía la respiración del farsante cada vez más cerca y no podía correr. Justo antes de desistir una mano me arrancó del pasillo hacia un cubículo. Con alivio descubrí a mi acompañante antes de desaparecer.

Por Víctor Aguerre Quiró

sin título

Desperté al sueño siendo viejo. Al otro lado envejecí, no sé con exactitud cuánto, pero mucho. Me encontré de pie y en el centro de una habitación hexagonal sin muebles.
Las seis paredes, el piso y el techo eran superficies espejadas. Al principio, creí que se trataba de otra persona y, que los múltiples reflejos, pertenecían a otro cuerpo y no al mío que yo no podía ver por estar dentro de él.

Me acerqué a una pared y a mi reflejo. Me estudié de cerca, cuidadosamente. El reflejo había vivido medio siglo más que yo y me sorprendió reconocerme en la brecha. Igual que antes, mi nariz como una cordillera que se extendía desde la línea superior de los labios finos hasta las arrugas en el entrecejo. Intenté recordar mi reflejo anterior y no pude imaginarme sin las arrugas alrededor de los ojos, de la boca y en la frente. Un pelo cegador me caía sobre los hombros, largo y liviano. Lo corrí hacia mi espalda para poder ver mi cuello. De nuevo, la misma piel. Esa piel, que me era familiar pero que no podía recordar antes de ese momento, tenía algunos pliegues entre lunares y otras manchas solares.

Me di vuelta para confirmar que seguía siendo yo el único individuo en la habitación y me encontré con mi doble reflejo en la intersección de las dos paredes de atrás. A los costados lo mismo. En cada una de las paredes aparecía un reflejo y, tras este, otro. Este segundo reflejo parecía odiar tener que compartir el espejo con el otro, que estaba más adelante, y miraba para el otro lado. Sabía que los dos reflejos pertenecían al mismo cuerpo, a mi cuerpo momentáneo, pero eran completamente distintos. Ambos vestían pantalones y una camisa blanca limpia con manchas viejas, pero los perfiles no se parecían.

Volví mi cuerpo hacia el espejo ubicado detrás y los reflejos cambiaron repentinamente. Ambos me miraban de frente, caminé hacia ellos y el más lejano desapareció y en su lugar aparecieron seis más. Agobiado por la multitud levanté los ojos al techo y vi, en los bordes, el reflejo de los seis espejos y, en un costado de la habitación duplicada al revés, mi cara moviéndose con un cuerpo surrealista debajo. Esta vez, como en el doble reflejo de cada espejo en las paredes, mi cuerpo y mi reflejo no se correspondían.

Mientras yo miraba para arriba mi reflejo para abajo, hacia mí. Cuando pensé esto mi reflejo se río con sorna. Decidí ignorarlo y bajé la mirada al suelo buscando consuelo y esta fue la peor de las representaciones. Estaba yo mirando al suelo mis ojos lejanos perdidos una gran nariz y mi papada coronada con mucho pelo blanco. Mi torso era demasiado corto y mis piernas largas y gruesas, entre ellas encontré que mi reflejo superior ya se había olvidado de mí y estaba haciendo otra cosa. En cambio, me vi a mi mismo buscando su mirada.

Claro que cuando yo lo miraba a través del espejo él no me estaba mirando a mí. Por no haber podido efectivamente mirarme viéndolo es que recuerdo haberlo hecho. Me sentí solo, abandonado por mí mismo. Cada uno de los reflejos tenía su propia existencia podían prescindir de mí. Quise despertar y extrañó mi curiosidad, la del yo que escribe ahora, la forma de despertar. Me acosté en el piso y quise dormir, con temor de niño me alojé en el futuro para evadir ese agujero negro al que temo sólo porque no entiendo.

Por Víctor Aguerre Quiró

ignominia del tiempo

Desperté al sueño en medio de la calle, entre dos semáforos con luz verde. Todo se veía igual a como lo recordaba, excepto por cómo me sentía. Había algo extraño con el movimiento de la tierra, de repente era perceptible. A mi alrededor nadie parecía notarlo, ni siquiera mi acompañante silencioso y malvado. Mis ojos buscaban en los suyos una respuesta y sólo encontraban secretos. Mi acompañante sabía. Ni bien terminé de cruzar la calle el suelo se empezó a mover, vertiginosamente. La tierra comenzó a girar como recién suelta de su amarra, pasando el día y la noche varias veces muy rápido. Este movimiento me hizo descomponer y me tomé del semáforo para sostenerme. En ese instante comenzaron a aparecer en el cielo carteles de neón con publicidades de marcas y redes sociales, seguidas de emoticonos disparados como misiles virtuales desde otros planetas. El cielo se llenó de estas publicidades que cambiaban vertiginosamente como el cielo. En un momento la tierra se detuvo, pero los carteles permanecieron allí.

En el universo los planetas se mueven lento, como canicas mi planeta se acercaba a otros y, cuando se iban a estrellar yo cerraba mis ojos, aguardando el impacto, pero algo los repelía. Al abrirlos podía divisar los techos de otras casas, incluso los rostros asustados de los habitantes de ese mundo. Allí todos se parecían a mí.

Al instante era de día, y yo tenía que ir a trabajar. Solté la columna del semáforo y volví a cruzar la calle que un tiempo antes había cruzado, pero al mover mis piernas noté que faltaba un poco de gravedad. Cada paso que daba demoraba en volver el pie al suelo, sin embargo me apuraba, no tenía reloj pero sabía que estaba llegando tarde.

Al llegar a mi trabajo me sorprendí: era un edificio de color gris cemento, a diferencia de toda la ciudad que era de madera. Al entrar caminé por un pasillo y, de repente, ya no llegaba a trabajar sino a investigar. Me buscaban y la única forma de poder escapar era descubriéndolos.

Por los pasillos me deslicé casi flotando, habían muchas puertas, una al lado de la otra, todas entre abiertas y tras ellas se escuchaba el sonido del sexo apagado.

Al doblar por el inevitable pasillo, una puerta inmensa se irguió frente a mí, con hojas pesadas de madera robusta, empujé una de ellas y al abrirla ví la nada y entendí que ese andar no llevaba a ningún lugar.

Por Víctor Aguerre Quiró

todavía es tarde

Desperté al sueño sentado en el sillón viendo televisión en otro idioma, al lado de alguien que no conocía y, sin embargo, no temía.
Me levanté de golpe, al mismo tiempo que en un rincón se encendía una luz cenital, que iluminó una gran biblioteca.
Súbitamente fingí interés en la biblioteca, para que esa persona dura, a mi lado y frente al televisor, no sospechase de mi repentino y ahora inesperado impulso. No lo hizo.

Examiné de cerca los libros y encontré algunos que reconocía de mi propia biblioteca. Ahí estaba mi edición de la Divina Comedia, azul con letras rojas; mi Tótem y Tabú, con su máscara y el lomo rasgado; y un libro muy aburrido que amigos fugaces me regalaron.
Quise vomitar.

En ese momento pensé en escapar, y luego en mi casa. Ahí entendí que estaba en mi casa y que, por lo tanto, no tenía adónde ir.
Volví mi cabeza hacia la persona en el sillón. Estaba dura, iluminada por la luz del televisor.
Abrí la puerta y, sin cerrarla, me precipité por la escalera. Bajé mil pisos, todos iguales, interminables. Pensé en fotogramas de una película que de niño ví. Ya en la calle pensé: Otra vez tarde.

Con el pelo revuelto por el viento de la huida y la certeza de haber olvidado algo importante, me alejé.
Otra vez el mismo camino hacia el mismo lugar. Me dirigí a la parada de ómnibus más cercana y la pasé de largo.
Una voz me dijo que me gustaba sentir que mis piernas me podían dirigir. Que mi cuerpo, como un ente independiente, podía ir y venir sin necesitar de mí.
Me alejé de la avenida con largos pasos, como si mis piernas intentaran asegurarse de que no me arrepentiría, intuyendo que cuanto más rápido me alejara menos dudaría si volver.
Ya lejos del ruido, mis piernas enlentecieron el paso y, cada vez más largas, se movían por la vereda como si esta fuera la luna. Flotaba pegado al suelo.

Un bosque cerrado de edificios se erigió frente a mí. Con un poco de miedo y otro tanto de respeto evité mirar al cielo y el contacto con las copas de los edificios.
Tenía que llegar a Catorce y por esto caminé con precaución animal ignorando el ruido. Los gritos, el humo del incendio y el olor a quemado invadían el aire. Quería mirar pero no debía. No miré y salí airoso.

Abandoné la selva de frondosos edificios para adentrarme en un rosal de casas bajas, sin rejas y habitadas por insectos que murmuraban palabras ininteligibles en idiomas desconocidos.
Me gustaba este lenguaje animal porque demostraba que me estaba acercando a destino, me quitaba la prisa y ya no pensaba en lo que había olvidado.

Por Víctor Aguerre Quiró

solidez líquida

Desperté al sueño en un lugar que no conocía pero me era familiar. Desperté al sueño en una estación de tren, no había nadie. Estaba oscuro y eso me hizo pensar que pronto iba a amanecer. Estaba solo y eso, de alguna forma extraña, me gustaba. Caminé por la estación y me entretuve con las columnas de madera talladas y los mosaicos de la pared que formaban una sobria batalla yugoslava. Salí por la puerta contraria a la que entré, en la que supongo algún tiempo atrás me bajé de un tren. Hacía frío pero yo no lo sentía, recién lo vi cuando enfrente mío apareció una estatua de hierro sólida e inmensa. Para sentir hay que ver. La vi helada y tuve frío.
Alrededor apareció un lago congelado y tuve más frío. Empecé a temblar y parecía que mis dientes se iban a romper en el tiriteo de mis mandíbulas. Eché a correr sobre el lago congelado. Estaba amaneciendo y a mitad del lago supe que la capa de hielo se iba a romper. Me detuve en el lugar, ya no tenía frío y un sudor caliente me corría por la espalda: la certeza de la condición irreversible del deseo.

Una parte de mí recordó que me encontraba dentro de un sueño y todo fue miedo. Sabía que todas las ideas se hacían realidad. Pensé en volver a pensar lo contrario, creer que ya no se trataba de una fina capa de hielo sino de una piedra de hielo sólido y contenido. Lo pensé y de nuevo la certeza hirviendo me hizo saber que estaba intentando engañarme a mí y al oráculo de los sueños. En ese momento la tijera de Átropos cortó la fina capa de hielo y caí al agua fría como la muerte.

Por Víctor Aguerre Quiró