nueva era

Desperté al sueño en medio de una calle húmeda con la idea de que sabía algo que acababa de olvidar. Tenía hambre y mi acompañante no estaba, sentía la presencia de su ausencia. Miré los rostros que se apresuraban a mi alrededor bajo la luz de los faroles entre cuerpos húmedos de verano y no lo pude reconocer en ninguno. No recordaba su rostro y temía no reconocerlo al verlo.

Comencé a caminar por la calle que se extendía frente a mí, las conversaciones de los otros y el olor rancio de la música interrumpían mi intento desesperado por deducir dónde me encontraba. Cuando, viendo la disposición de las piedras en el suelo, creí que me encontraba en alguna calle de Monastiraki, los comercios me recordaron a las formas de un Hutong. Las calles angostas me llevaron por un instante a Gamla Stan y pude oler el olor a pescado. No era mi casa y, sin embargo, olía tan familiar. Entonces creí estar en el Borgo Antico de Bari y luego en alguna calle lindera a St. Euphemia.

Llegué a una esquina y miré a ambos lados. Sobre la misma calle, a la izquierda, se extendía una callejuela de la Habana Vieja y, a derecha, la más popular de Mitte. Creí haber reconocido la arquitectura cubana por haberla visto en imágenes y pensé que mi acompañante no estaría sin mí en un lugar que juntos todavía no habíamos estado.

Doblé a la derecha y a mi derecha apareció impasible el gran muro, el calor del verano se disipó con el empujón de una brisa helada. Las calles estaban abarrotadas de personas solitarias que murmuraban en alemán, escondiendo sus orejas tras el cuello del saco. Sabía que la esquina estaba ahí y que cruzando la calle podía llegar a Cuba, sentí el frío y decidí volver en dirección al calor. Al darme vuelta la esquina ya no estaba ahí y el muro se extendía a lo largo de toda la avenida.

Con resignación caminé al costado del muro, contra el viento, en la dirección donde antes se encontraba La Habana. Algunos individuos se me acercaron gesticulando con una mano mientras, con la otra, sostenían el cuello de sus sacos. Sin girar la cabeza, cada vez, seguí caminando. Un momento después escuché un sonido crispante que reconocí como mi nombre. Lo vi de pie en el lugar que antes ocupaba el sonido, sosteniendo con ambas manos el cuello de su abrigo. Me acerqué imantado por la alegría de descubrir a mi acompañante. Mientras caminaba hacia él descubrí que no se trataba de su cuerpo, su presencia se sentía dislocada. Dudé de mí por haber creído que muchas ciudades podían estar en una ciudad, que todas las ciudades eran ésta ciudad.

Me forcé a creer que se trataba de mi siempre acompañante y me dejé guiar en silencio por callejuelas que con pequeños estallidos despertaban tanto St. Katherine como Brooklyn. Al doblar por alguna calle de Panská para encontrar otra de Saigón entendí que no se trataba de mi acompañante y que no podía dejar que descubriera que yo sabía que era un impostor. En ese momento volvió su cara y sonrió. Quise dejar Vietnam. Cuando tuvo la intención de doblar a derecha en la siguiente esquina propuse ir a izquierda. Con su cuerpo aceptó y, al girar, nos sumergimos en Lavapiés. Sin desearnos caminamos juntos recorriendo todos los barrios del mundo y en todos yo busqué a mi acompañante en los rostros de los transeúntes que se detenían para observarnos. Sentía su mirada siguiendo el recorrido guiado por el farsante, el eco de su risa al verme fingir de miedo.

Enojado decidí escapar, le dije al farsante que necesitaba ir al baño. Reconocí la Rue Saint-Antoine y recordé que doblando a derecha en la Rue de Birague llegaríamos a una plaza. Con una mueca le propuse doblar, aceptó y nos dirigimos a la esquina. Consideré con resignación la posibilidad de que al doblar la calle fuera otra, una de otro barrio en otro país lejano. Pero la Rue de Saint-Antoine estaba ahí y, al final, la plaza. Esta vez caminaba yo delante, apurando los pasos, pensando en Jean Valjean. En medio de la plaza me detuve, miré en dirección a la habitación que solía ocupar Víctor Hugo con la esperanza de encontrarlo en su ventana como antes al muro de Berlín serpenteando el contorno del Tiergarten. Víctor Hugo no estaba ahí y el farsante, en ralentí, subió su mirada y apoyó sus ojos en los míos.

Te espero acá, dijo. Me alejé con pasos lentos a pesar del esfuerzo de mis piernas por atravesar el aire macizo y compacto. Miré alrededor buscando por dónde escapar y luego hacia atrás para encontrar sus ojos todavía buscando el sostén de los míos. Entré por la puerta de un edificio pequeño que recordaba nunca haber visto en medio de la Place Des Vosges. Encontré un pasillo largo y mal iluminado repleto de puertas sin otra salida al final. Me volví en dirección a la puerta y vi al farsante, junto a la puerta estirando su pie. Entendí que era una trampa, que habíamos caminado todas las calles del mundo para que yo nos llevara a ése lugar. Comencé a caminar en dirección opuesta a la entrada por el pasillo sin salida. Cientos de puertas y todas iguales. Sentía la respiración del farsante cada vez más cerca y no podía correr. Justo antes de desistir una mano me arrancó del pasillo hacia un cubículo. Con alivio descubrí a mi acompañante antes de desaparecer.

Por Víctor Aguerre Quiró

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