sueño

Me desperté incómodo por la sensación del pelo en la cara, pero no era real, solo era el ocaso del sueño que se escapaba. Me levanté a oscuras y busqué la libreta, una lapicera, la luz del patio que se filtraba entre la parra. Anoté a tientas unos garabatos y volví a acostarme, a sumergirme de nuevo, a bucear en busca del sueño que tenía que contarte.

Soñé con dos medias hermanas, una era la mitad izquierda y la otra derecha, como en El vizconde demediado de Ítalo Calvino. Dos mitades que de fundían en una sola persona para cantar en un gran teatro. Mi abuela me hacía un overol donde cada una de ellas calzaba para salir al escenario. Yo era el soporte y no veía el público gracias a que quedaba detrás de la unión de sus medias cabezas. La escena era en sí la prueba del overol y el revisar que estuvieran cómodas, que ambas mitades llegaran a quedar juntas y no se notara la unión.  Pero luego de la prueba cada una era una hermana entera. Cuando finalmente íbamos a actuar la mitad izquierda no podía por temas de agenda. Entonces la mitad derecha me pedía que yo la acompañara en el escenario, tenía que pintar en vivo un mural en colores verdes. Todo esto era parte de un acto feminista. La hermana izquierda me pedía que llevara medias naranjas. Me costaba encontrarlas. El edificio donde estábamos estaba en obra, los ascensores apenas si funcionaban, lo operarios que estaban instalando los equipos me miraban de mal manera. Finalmente, baja y ellas me esperaban en un Mercedes Benz celeste. Subí en le asiento de atrás. Acelerábamos y sus pelos me golpeaban la cara y ellas lentamente parecían fundirse en una.

Y ahí me desperté, los garabatos de la agenda que escribí eran incomprensibles.

Por Anónimo

uno, dos, tres

1.

secaste mi jardín
pero olvidaste
que mis flores no marchitan


2.

la conversación se transformó en ruido
levanta sospechas
entre los presentes
alguien se levanta
quita la tapa de su cabeza,
se sorprende:
allí, nada más que escombros


3.

lenta
mente
no piensa en más que
adioses
dioses que no son omniscientes
que no crean mundos
que solo preguntan y no
dan respuestas
entre tanto vacío
una caricia en la nuca
el saber que en cualquier momento no
quedan testigos
todo murió
adiós, amor
a Dios

Por Micelio Num

todo lo recuerdo

¿Por qué escriben ustedes?
Yo no sé
del incontenible flujo
sólo actúo en el momento justo
como zambullirse en el mar
para salir y mirar
a la poesía ancha como él
mirarla
con igual respeto.

Muchos le temen
otros viven
en su borde sin miedo
a la marea
poesía luna
sin miedo los cielos
se mueven
las mareas te invaden
puta poesía
tan queriendo nacer
tan buscando la luz
como la ola que rompe
como la huella
que nunca será borrada
firme como una palabra
manifiesta
evidente
y secreta.

Todo lo recuerdo
como atrás del cielo
no encerrado
libre
no situado
libre
libre la vida
la poesía libre
la puta poesía no es otra cosa
que la vida
libre.

Por Sara de Barro

figueras

Blancos vestigios quedaron en mi mesa
nuestra mesa escrita y vuelta un mapa
los secretos despojos de un pogo
adolescentes excitados camión bailar
llueve sobre el plomo derretido
de un silencio de una nuez
comen los ancestros y no hay cruz
vibra el agua en la superficie
abajo un pogo un clavo una botella
un verano vos tus pecas yo ese auto
deshaciéndose en semestres herrumbres
en idiomas que claudican no se escuchan
yo me alimento de un monte de un veneno
de la fruta amarga y de la dulce
vos bailás yo bailo y nadie más baila

Por El Iluso

una puerta que no sabemos cerrar

–Te cuento esto porque a menudo me duele el pecho.

Es un latir punzante y profundo que con el tiempo he aprendido a reconocer. Logré desentrañar el misterio de ese extraño dolor, y ahora lo llevo conmigo como un viejo compañero que me recuerda quien soy en realidad. Me he acostumbrado; cuando aparece, me susurra su presencia y en ese instante pienso en él. Su recuerdo se vuelve cercano, cálido, casi tangible, y me envuelve una calma inesperada. Entonces, como si entendiera, el dolor se detiene.

–Te lo cuento así porque sé que tú me entenderás.


Qué extraño es habitar un cuerpo anclado mientras la mente vaga lejos, en un lugar que no alcanzo con las manos. Lo llaman disociación, pero para mí es más bien un estado vital, un tránsito sin destino ni cura aparente. O tal vez sí tenga remedio, aunque prefiero no buscarlo. Si emprendo esa búsqueda, la del antídoto que me reconcilie conmigo misma, sé que lo hallaré muy lejos, al otro lado de un océano inmenso. Galones de agua nos separan, una distancia que no sé si estoy preparada para cruzar.

Y así pasan los meses, y a ratos me siento vacía, como un eco en la ciudad más grande del mundo, esa ciudad inmensa y desquiciada que me abraza y me consume. Quizá esta locura que me atraviesa, efímera pero feroz, sea el reflejo perfecto del lugar al que, sin razón alguna, decidí mudarme un día cualquiera. ¿Qué hago acá? Me pregunto, y me contesto en un susurro: acá, no aquí. Porque el aquí lo abandoné. Yo estoy acá, tú estás allá, en algún rincón donde el tiempo se detuvo.

–Ahora le hablo a él. Sí, a ti.

Los días pasan y yo vivo mientras espero. Espero noticias tuyas, esas señales tontas y secretas que solo nosotros comprendemos. Y cuando llegan, el pecho me duele otra vez, ese dolor punzante y familiar que me calma tanto como me hiere. Porque aunque ahora seas solo un espejismo, alguna vez fuiste real. No sé si lo serás otra vez. Y entonces, como siempre, vuelve el dolor.

–Debes estar pensando que estoy loca, que pare ya todo esto. Te entiendo.

Siempre he creído en las señales, en las piezas de un destino que juega con nosotros desde lo alto, como si los planetas se divirtieran manejando nuestras vidas mientras yo, incapaz de planear nada, dejo que ellos lo hagan por mí. Lo nuestro no fue azar; tenía que suceder. Yo debía regresar a ese lugar y tú estabas destinado a descubrirlo de mi mano. Reconócelo: te hice reír, te llevé por rincones que nunca habrías encontrado, te mostré la ciudad más hermosa que he conocido. Nuestro pequeño refugio era un oasis neutro y sin palmeras, una tierra apartada del mundo, una habitación con vistas al mar donde aprendí todo lo que necesitaba saber de ti. Juro que en ese momento no quería saber más.


Lo que no sabía entonces era que estábamos abriendo una puerta, una que no se cerraría tan fácilmente. No era sólo el deseo acumulado entre miradas furtivas y risas contenidas durante esos ajetreados días bajo el sol ardiente. Lo supe desde el principio, aunque no imaginé que volveríamos a tropezar, ni que ese encuentro plantaría en mí esta necesidad constante que arrastro desde hace un año.

–Si yo sólo quería salir una noche a bailar.

Entonces, al aterrizar —alunizar— en nuestra rutinaria realidad, mantener la compostura era casi un acto de malabarismo, y esos mensajes inocuos, llenos de silencios entre líneas, escondían un torbellino de emociones que nunca dijimos en voz alta. Después llegó el vacío, la espera, lo que creí que sería el final de una historia de amor para recordar con nostalgia cuando los años me hicieran más sabia. Pero no. La puerta seguía abierta, entreabierta, su oscuridad esperándonos, siempre lista para nosotros.

Cada tanto, una ráfaga de viento húmedo la empuja y la abre de nuevo. Y volvimos allí, al lugar donde todo empezó. Sin movernos de nuestro escondite, hicimos viajes que desdibujaron las fronteras del mundo. Nada malo hicimos, ¿verdad?

Te digo. Y ahora estoy de nuevo aquí, en este lado del planeta donde una vez te conocí, mientras tú sigues allá, en tu particular escenario que nada se parece al mio. ¿Qué hacemos? Me lo pregunto mientras la espera se convierte en mi única certeza. Te pienso, te extraño, te siento. Pero ya no existes. Sólo sobrevives en mis recuerdos, en mensajes bonitos olvidados en cajones cerrados. Me prometiste la luna, me pediste que me casara contigo y fantaseamos con un futuro juntos; y aún así, aquí estamos, separados por la vida que no compartimos.

Mi llave quedó allá, la que usarás sin reparo si hiciera falta. No te preocupes, no sé cerrar esa puerta. Pero, ¿quién puso esa puerta? ¿Por qué sigue abierta? El cuarto permanece oscuro, como si aguardara por nosotros.

–¿Sabes que hizo una copia de la llave y todo?

Abrimos una puerta que no sabemos cerrar.

Por Sara Mars

tautología del anhelo

Desperté al sueño otra vez en el mismo ascensor, flotando dentro de un teleférico libre como un péndulo atado con una tanza a no puedo ver qué. Mi acompañante nunca tiene miedo. Incluso, si mirase con atención, podría afirmar que le divierte. El ascensor se eleva sobre Los Ángeles mientras se arrastra a los costados, empujado por su propio peso y los vaivenes de una mano que lo sostiene. Puedo ver de cerca otros edificios, acercarme a sus ventanas siempre a punto de chocar. Allá abajo las personitas toman café. Siento el vértigo en la boca del estómago, huelo el peligro en mis sobacos. Ahora, atravesando las nubes, cada tanto el ascensor cae levemente como un avión. En un movimiento hacia uno de los lados se detuvo sobre una superficie acolchonada. Bajamos del ascensor en un pozo de aire, en un espacio extrañamente verde. Comenzamos a bajar por las escaleras de caracol y salimos a una galería amplia, vidriada y de pisos amarillos. Fuera de la ventana solo vemos el blanco intermitente de las nubes cuya opacidad, de a momentos, nos permite ver la ciudad que se extiende inmensa a los pies del edificio. El edificio cada tanto tiembla y a mi alrededor están acostumbrados. Se precipitan por las escaleras y, con cada temblor, bajan de a tramos enteros, decenas de escalones, caen parados y siguen su camino. Mi acompañante evita los ventanales, mira los escalones y las baldosas de los pasillos, las barandas, los pies de los demás. Me indigna, no entiendo por qué vinimos hasta acá si no piensa mirar. El viaje en ascensor queda lejos en mi memoria, como parte de un sueño que soñé en otro tiempo. Me pregunto en qué otro tiempo, a qué sueño me refiero. Recuerdo entonces aquel sueño, el de la terraza del edificio justo antes de caer. Empiezo a reconocer las molduras, el olor y el color de la luz. El murmullo crece y es el mismo de aquel sueño. El edificio vuelve a temblar y yo reconozco la vibración. Intento frenar a mi acompañante para explicarle que tenemos que salir pero él vuelve a subir las escaleras diciendo que debe ir a buscar algo que dejó olvidado. Intento decir que tenemos que salir del edificio pero las palabras se derriten en la puerta de mi boca, se deshacen en el contacto con el exterior. Pienso en huir, en seguir bajando, todavía tengo el tiempo justo para salir. Un tiempo que nunca antes había tenido. Sin embargo, algo en mí prefiere morir a dejar a mi acompañante morir. Subo las escaleras corriendo hasta alcanzarlo. Lo encuentro sosteniendo un papel junto al ascensor desde el que nos bajamos un tiempo atrás. Lo empujo dentro y apreto el botón que nos llevará de nuevo cerca de las personitas que toman café allá abajo, en la calle invisible pero existente. El ascensor comienza a moverse, nuevamente tirado por una mano que cada tanto tiembla. Justo ahora que el ascensor abandona el edificio escuchamos una leve explosión sorda, como el sonido de una piedra cayendo en un aljibe, y los cimientos estallan. Todo el edificio implosiona sobre su lugar y nosotros, flotando a un lado, lo vemos desaparecer y convertirse en humo de ruinas.

Por Víctor Aguerre Quiró

dentro|fuera

salí a comprar cigarrillos y me encontré con nuestra memoria convertida en las ruinas de un derrumbe mudo
todo es escombros esparcidos donde solía estar la vereda
que me tropiezan y evitan a los demás
de la casa francesa de la esquina que esa vez fantaseamos habitar sólo quedan los cimientos, garras de muertos vivos que del suelo quieren escapar
del café donde nos sentamos a reír sólo quedan las columnas, enlaces macizos con el cielo esquivo
la calle se estira hecha hueco lleno de polvo, inhóspita como tu mirada, austera como tus maneras,
recuerdo de berlín en la posguerra
las grúas quietas como mojones emergen culpables de la destrucción, irguiendo sus largas vergas en medio de la victoria,
afilando sus puntas para escribir la Historia
tiras de nailon amarillas dirigen el camino hacia un destino a pesar de intrincado anunciado, si bien esperado nunca asimilado
eterno laberinto que muere y morirá en el mar porque a ése sí que no lo pueden derrumbar
tampoco al invierno, al azul tibio de las montañas ni al vuelo ralentí de los caranchos, tampoco pueden evitar que huela como a un perfume el paisaje que se escurre a toda velocidad
lejos, mucho antes del paisaje inclemente de la desolación.
–me detuve para poder recordar tu rostro–
recordé en su lugar la grieta que ignoré justo al llegar la vi avanzar a tarascones
y las luces amarillas que la rodean titilan locas como la ciudad
también ahí estuvo el sonido del avión y la idea de la huída
también entre las manos del portero entre sus dedos que se siguen estirando para alcanzar el botón que él ya sabe me va a mostrar las
ruinas de dentro y fuera


Por Pretexto Suárez

fuga de gracia

Mujeres de hombros redondeados
con el pelo lloviendo hasta el ombligo
con manos huesudas
duermen en cabañas de madera
en medio de bosques
y es verano,
cuando el aire huele a limón
y a ciprés.

Hombres usan sus hombros en autos
que los llevan a lo que no quisieron
pero quieren creer que sí
y quieren convencerte a ti
de que quisieron
y no tienen vergüenza del miedo
pero ése es el color de su vida.
Cuidado. Son peligrosos.
Quieren atropellarte.

Pero, ¿quién habla?
La voz de farol
una estrella en la niebla
que empaña tu ventana.

Una visita milagrosa
que no viste venir
igual que tu nacimiento.

Un destello inútil
tan bello
que pasa desapercibido.

Un río de palabras
tan fresco
que podrías renacer
y vivirlo todo de nuevo.

Mujeres. Hombres. Estrellas. Ríos.
Nos extraño en un recuerdo
que no me pertenece.

Por Sara de Barro

lo contrario a quedarse

(A proscenio) De pie sobre un mismo punto en las tierras de mi memoria nos miramos, tan cerca, que su aliento humedece mi naríz. En un consenso silencioso volteamos lentamente y apoyamos espalda con espalda, como tantas veces antes de dormir. Sentí al aire empujar sus costillas contra mí. Él debe haber sentido lo mismo porque, sin despedirnos, comenzamos a andar.

(A foro) Quisiera mostrarte el rocío congelado justo antes de caer sobre el suelo seco de La Pampa que me hizo pensar en tu rostro difuso sobre la playa de Costa Negra esa mañana después de la lluvia.

(A proscenio) El muchacho que sirve café al borde de la noche esboza una sonrisa humilde, llena de resignación convertida en amabilidad. Con el ascenso del día la bruma se disipa y puedo ver con claridad las palabras que usé.

(A foro) Pienso en lo que podría haber hecho en tu lugar.

(A proscenio) Entiendo que sumergidos en el aire diáfano no recordemos la densidad de la bruma que solía ocupar este lugar. Agua en el cielo y en el suelo. El sol al borde de la muerte confunde los límites y, entonces, estamos juntos en el territorio donde conviven nuestros recuerdos.

(A foro) Este mismo sol se mete por la ventana de ese avión en el que estás a punto de atravesar la noche, inundando rostros inquietos por tener que volar.

(A Proscenio) En la frontera de mi memoria me pregunto dónde viven estas personas que trabajan en este lugar en medio de la nada, rodeado de vacas convulsas que saltan alambrados y cultivos de sorgo esporádicos.

Por Pretexto Suárez

caracol humeante

Caracol humeante caracol
pequeñas congojas
amantes dormidos
amistades rosas.

El campo partido
como un diamante
de curvas y caminos
sin caminantes
desolado de sol
caracol humeante caracol.

Apenas dos niñas
que corren y saltan el trigo
cantan cuentan cuánto falta
cuánto cántaro roto
amargura sin consuelo
y sin antídoto.

Un galpón gastado como la luna
cierra el paso
blanco
melancólico.

Adentro quién sabe qué.

Por El Iluso

animals mundans

La destrucció ja s’ha acabat
i el que queda és només amargor.
D’aquí un dia neixerà qualque cosa,
creixerà fins i tot una flor,
Però jo ja no seré qui la vegi,
perquè jo ja haurè canviat,
i aquests mateixos ulls
ja no hi seran per admirar-la.

Animals fantàstics, animals mundans;
de tot hi havia al nostre univers.
Ara no queda el jaguar, ni queda tampoc la
[llúdria.
No queda la matinada,
no queden els vespres,
només dues persones inventades.

Que cremi tot el camp.
Que escampin les tarantules
i les cuques de llum. Que fugin totes.
Que entrin a ca meva, aquesta casa
que he buidat.
Deixa que elles se salvin.
Jo avui som, però no aconseguesc ser-hi.

Construïr, construïr, però que fem
amb tanta destrucció?
Què fem amb tant de foc, amb tant
i tant de fum que no sabem
ni tan sols d’on vé?

La destrucció ja s’ha acabat,
però el foc encara roman.
I aquí estic, obrint les portes de casa
a les tarantules. A les llúdries, i a
les cuques de llum. Totes entren,
i ocupen el que un dia fou la meva llar.

No puc evitar preguntar-me,
però, on és el jaguar?

Por Jaguar

papelitos para recordar

una vez
por contar un sueño se volvió real
le confesé al hada de alas azules
las imágenes pueriles
frente a las que había temblado
entre mis sábanas
dormido
mojado
le supliqué que no fuera cierto
miento
no dije nada
ella tampoco dijo nada
pero de ese silencio
bebieron mil estrellas
muertas
y humilladas
de puntas afiladas
por la piedra del cuchillo
y la desilusión
después
sin más
ocurrió
ella creyó en el oráculo
y huyó
¿o fue antes?
antes de la espuma
de los beatles
del primer trago de vino.

Por El Iluso

escapo

El frío de la noche revuelve mis cenizas
remueve mis pensamientos como mar en coche
deseo dejar atrás estos impulsos
pero me resulta difícil conducir mi cuerpo
en esta ciudad rota
en este tiempo de incertidumbre
me brindo ante todos y todo
con una armadura blanca pero traslúcida.

Con mis amigos voy de frente
me desnudo y acaso hablo de espaldas
al frío aire de agosto
al impenetrable escudo de la noche indómita
me congelo en las fauces de la estúpida noche
intento ver quién soy pero creo que no quiero.
Lamento hacer esfuerzos por desvanecerme
entre la muchedumbre que grita pero calla
por los rincones oigo alaridos de desolación
y entre la gente siento la tristeza caer
como una maza en la noche helada
con rencor, con recelo
huelo su perfume de ironía y letargo.

Me encierro a saborear mis heridas dolientes
me escondo a jugar al alarido enfermizo
me enfrento al hueco indolente
de ser otro ante mis propios agujeros
que dejan pasar luz ineludible.

Estoy cansado de perdonarme
estoy sediento de mentiras y escapes.
Pongo aquí mi frustración de no ser yo

una vez más

escapo porque me siento acorralado
en la noche helada hago este descargo.
Porque todos huyen de su realidad triste
de su verdad amarga como el agua turbia.

Deberías ser más febril y tener más prurito
por desencadenar las bestias que te roen
pero por algo sos así, anquilosadas las manos debés volcar con fruición tus espumas
sobre el presente seco y árido
que nutran las grietas y así envejecer con furia
así que brote la cana estupefacta
tener en cuenta el secreto de la oxidación
y aplicarlo en el fragor de la batalla.
Practicá tus piruetas de diamante
anhelá ser tu propio estandarte ante la nada despojado de palabras. Sólo hacelo. Sólo ponelo ahí.
Que las semanas vuelan y tus trapos ni tiemblan.

Por Quique Toscano

genealogía del fuego

cuándo

¿cómo grabar una melodía 
en un tiempo en que no existe la repetición?
¿cómo llamarte desde un tiempo
en el que todavía no se han inventado los teléfonos?
por qué

en un tiempo ajeno
en un país de otros
en compañía de personas que desconozco
qué es la poesía qué es el albedrío
si no puedo elegir otro color
la poesía es el encierro y la recuperación
la poesía del encierro y la recuperación
del miedo a la palabra y su significado
como hablar sobre el origen del fuego
sobre la historia que no importa
y la importancia de ver
como un espectador
al helicóptero pasar

disparo I

disparo en el orden doméstico
lo que pensás existe si puede ser recortado
como sonido aislado
un nuevo cuadro clavado en la pared
instante colgado de la idea de que,
arrebatado,
el tiempo no volverá a pasar por ahí
disparo por el túnel
y camino el museo de tiempo y luz
buscando la pregunta que envuelve la respuesta

disparo II

es la mancha en el techo recuerdo
de un imposible café otrora
sueña al impostor por la fe dado
que saluda desde el lecho ahora
martirio de un sonido vacío
en lo alto evoca melodías
sueña juventud bajo el rocío
de ayer y de tantos mediodías
ave de piedra que piensa descubrir
en el sueño alado de quien duerme
la voluntad latente de existir
mi ojo como otros la exime
de volver a volar y deber sentir
que al tiempo se lo exprime

disparo III

te estaba mirando antes de que me vieras
te quería decir 
que en el incendio perdí todas tus fotos
vi arder nuestra correspondencia
te quería decir
que me despierto y no sé dónde estoy
solo veo paredes blancas de olvido erigidas como mausoleos
te quería decir
que no entiendo por qué te escribo
y luego quemo lo que digo
antes de que llegue a tus ojos
como un árbol a sus hojas al comienzo del invierno

disparo IV

un punto a la distancia en llamas
sorprende al ojo como una falta de hortografía
como una caída repentina
en el suelo negro donde el reflejo
arde en un mar de mármol
y viento que, como el ave de piedra,
siembra la idea del vuelo

disparo V

el fuego avanza por la ventana 
como un virus cubre la superficie
de tu piel
de tu pelo
en el reflejo de la ventana otras llamas
otra búsqueda ya obsoleta
como un cerco de casuarinas mal ubicado
como un pensamiento sobre el viento
como una carta en el correo que nadie espera encontrar
en la comisura de tu boca concentra la mueca su intención común
la de olvidar al tipo del techo, el murmullo en francés, 
la impresión del libro que leímos y queremos olvidar

disparo VI

carezco de emblemas, de miedos y fronteras
me alejo de los lugares donde soy feliz
recupero el tiempo perdido acostada en la cama
olvido compulsivamente lo que acabo de hacer
de las fobias rescato
números entre números,
canas melancólicas,
lágrimas secas sobre mi piel, 
el sonido de la sirena, 
las distancias heladas que queman,
el pasto verde blanco por la mañana,
el salto del gato sobre mi regazo,
la sangre y su olor,
el viento en mi cara,
baches de tiempo y de espacio
en la ruta trillada de mi alma
sentí hambre en otra vida y comí en esta
me dan miedo los edificios vacíos, 
un barco en el río y los espacios fríos.
¿qué cómo es el hambre de otra vida?
creo que tengo hambre desde antes de nacer
pero no digo nada
como un niño que pierde el valor del habla
en el miedo a la oscuridad
si supiera con certeza
que no volvería a verla luego de esta tarde le diría que
los ricos siempre pueden cambiar de plan 
pero los pobres no
tengo hambre desde antes de nacer
pero no
no puedo comer estos panes
porque los tengo que vender

disparo VII

es tan ajeno que me parece personal
madre no envejezcas más
es tan particular que parece universal
un día sus palabras serán mías
y el eco de sus recuerdos mi guía a los lugares donde volver
silencioso tiempo que sólo en mí vivís
la casa de Dante y ahora nada
el olor del verano, el ardor del dolor, los escalones de mi amigo
y ahora nada
más que el color de la temporada estival, el pedregullo que rascó la herida, el silencio de su muerte
todo sonido ahogado de pasos en el suelo de mi memoria
hoy me levanté para acostarme y pensar mejor

disparo VIII

en el desierto la ceguera
de un sol ajeno que revienta el suelo
como un pasaje de cualquier religión
donde un aire sabor amarillo cubre 
el silencio abigarrado que es besado 
por la uniformidad del ser que busca y no encuentra
que camina sin dirección
primero fueron las llamas
perdido en la certeza de seguir
luego el olor
y algún día entender 
que se fue para volver

disparo IX

un decorado en el museo de la complacencia
el capricho de un cerdo con ataque al hígado
ni el barco ni nosotros se movió
al tiempo, 
tu ojo mareado por el reflejo del sol, 
descubre al barco como una isla
como si no existiera para vos
estoy en el baño y no sé cómo llegué
la lluvia copiosa y el frío en mis pies
traen a mi cuerpo un tiempo atrás
sin vos bajo el cielo rojo del incendio

disparo X

parece que el tiempo está llegando a su fin

marcado por tus ojos,
el ritmo de tu respiración,
la melodía de tus pasos en el ascensor.

parece que el tiempo seguiría corriendo aunque el mundo no estuviera acá

en la calle el motor,
el grillo resentido,
murmullo de mar que se apiña en la ventana.

parece que el tiempo se repite

la misma lógica,
la duración del día,
la longitud del pasillo,
la distancia entre dos destinos,
la respuesta del reflejo en el espejo,
el abismo entre el sonido constante y el silencio absoluto.

parece que el tiempo está quebrado

lisiado se arrastra, apoyado sobre un bastón, por las calles del centro

parece que el tiempo no se mueve

no hay tiempo si no lo veo
esculpir con ademanes,
pulir con palabras,
sellar con silencio.

parece que todo alrededor del tiempo cae sin gravedad

estático como esa silueta sobre la duna,
flotando como la mirada lejana que sólo puede adivinar,
ve la vida pasar inasible como lluvia que se precipita sin avisar.

parece que el tiempo está muriendo como siempre sabe al comenzar

se estremece el parque que no caminamos,
la puerta en la que no te esperé
la silla del café,

parece que antes de que el sol decline las habré olvidado.

cómo

ahora lo busco 
y ya no está
llueve en el mundo 
y el agua borró sus huellas
grabadas aquí y allá
llueve en el mundo
y el agua barrió sus cenizas
esparcidas aquí y allá
al salir el sol
alzarán banderas en nombre de su ausencia
ahora lo busco 
y ya no está
pasaron años en el mundo
y el tiempo borró su rostro
grabado aquí y allá
pasaron años en el mundo
y el fuego quemó su voz
grabada aquí y allá
al salir el sol
voy a dejar de buscar una razón
ahora que ya no lo busco
está acá
viendo junto a mí
al resto del mundo dormir
espero que te duermas 
quieto junto a vos
la música que ya no puedo escuchar
tu respiración cada vez más lenta
las calles por las que prefiero no caminar
tu afección a la realidad
mientras me quedo dormido
lentamente voy aceptando
que estoy donde tengo que estar

Por Pretexto Suárez

nueva era

Desperté al sueño en medio de una calle húmeda con la idea de que sabía algo que acababa de olvidar. Tenía hambre y mi acompañante no estaba, sentía la presencia de su ausencia. Miré los rostros que se apresuraban a mi alrededor bajo la luz de los faroles entre cuerpos húmedos de verano y no lo pude reconocer en ninguno. No recordaba su rostro y temía no reconocerlo al verlo.

Comencé a caminar por la calle que se extendía frente a mí, las conversaciones de los otros y el olor rancio de la música interrumpían mi intento desesperado por deducir dónde me encontraba. Cuando, viendo la disposición de las piedras en el suelo, creí que me encontraba en alguna calle de Monastiraki, los comercios me recordaron a las formas de un Hutong. Las calles angostas me llevaron por un instante a Gamla Stan y pude oler el olor a pescado. No era mi casa y, sin embargo, olía tan familiar. Entonces creí estar en el Borgo Antico de Bari y luego en alguna calle lindera a St. Euphemia.

Llegué a una esquina y miré a ambos lados. Sobre la misma calle, a la izquierda, se extendía una callejuela de la Habana Vieja y, a derecha, la más popular de Mitte. Creí haber reconocido la arquitectura cubana por haberla visto en imágenes y pensé que mi acompañante no estaría sin mí en un lugar que juntos todavía no habíamos estado.

Doblé a la derecha y a mi derecha apareció impasible el gran muro, el calor del verano se disipó con el empujón de una brisa helada. Las calles estaban abarrotadas de personas solitarias que murmuraban en alemán, escondiendo sus orejas tras el cuello del saco. Sabía que la esquina estaba ahí y que cruzando la calle podía llegar a Cuba, sentí el frío y decidí volver en dirección al calor. Al darme vuelta la esquina ya no estaba ahí y el muro se extendía a lo largo de toda la avenida.

Con resignación caminé al costado del muro, contra el viento, en la dirección donde antes se encontraba La Habana. Algunos individuos se me acercaron gesticulando con una mano mientras, con la otra, sostenían el cuello de sus sacos. Sin girar la cabeza, cada vez, seguí caminando. Un momento después escuché un sonido crispante que reconocí como mi nombre. Lo vi de pie en el lugar que antes ocupaba el sonido, sosteniendo con ambas manos el cuello de su abrigo. Me acerqué imantado por la alegría de descubrir a mi acompañante. Mientras caminaba hacia él descubrí que no se trataba de su cuerpo, su presencia se sentía dislocada. Dudé de mí por haber creído que muchas ciudades podían estar en una ciudad, que todas las ciudades eran ésta ciudad.

Me forcé a creer que se trataba de mi siempre acompañante y me dejé guiar en silencio por callejuelas que con pequeños estallidos despertaban tanto St. Katherine como Brooklyn. Al doblar por alguna calle de Panská para encontrar otra de Saigón entendí que no se trataba de mi acompañante y que no podía dejar que descubriera que yo sabía que era un impostor. En ese momento volvió su cara y sonrió. Quise dejar Vietnam. Cuando tuvo la intención de doblar a derecha en la siguiente esquina propuse ir a izquierda. Con su cuerpo aceptó y, al girar, nos sumergimos en Lavapiés. Sin desearnos caminamos juntos recorriendo todos los barrios del mundo y en todos yo busqué a mi acompañante en los rostros de los transeúntes que se detenían para observarnos. Sentía su mirada siguiendo el recorrido guiado por el farsante, el eco de su risa al verme fingir de miedo.

Enojado decidí escapar, le dije al farsante que necesitaba ir al baño. Reconocí la Rue Saint-Antoine y recordé que doblando a derecha en la Rue de Birague llegaríamos a una plaza. Con una mueca le propuse doblar, aceptó y nos dirigimos a la esquina. Consideré con resignación la posibilidad de que al doblar la calle fuera otra, una de otro barrio en otro país lejano. Pero la Rue de Saint-Antoine estaba ahí y, al final, la plaza. Esta vez caminaba yo delante, apurando los pasos, pensando en Jean Valjean. En medio de la plaza me detuve, miré en dirección a la habitación que solía ocupar Víctor Hugo con la esperanza de encontrarlo en su ventana como antes al muro de Berlín serpenteando el contorno del Tiergarten. Víctor Hugo no estaba ahí y el farsante, en ralentí, subió su mirada y apoyó sus ojos en los míos.

Te espero acá, dijo. Me alejé con pasos lentos a pesar del esfuerzo de mis piernas por atravesar el aire macizo y compacto. Miré alrededor buscando por dónde escapar y luego hacia atrás para encontrar sus ojos todavía buscando el sostén de los míos. Entré por la puerta de un edificio pequeño que recordaba nunca haber visto en medio de la Place Des Vosges. Encontré un pasillo largo y mal iluminado repleto de puertas sin otra salida al final. Me volví en dirección a la puerta y vi al farsante, junto a la puerta estirando su pie. Entendí que era una trampa, que habíamos caminado todas las calles del mundo para que yo nos llevara a ése lugar. Comencé a caminar en dirección opuesta a la entrada por el pasillo sin salida. Cientos de puertas y todas iguales. Sentía la respiración del farsante cada vez más cerca y no podía correr. Justo antes de desistir una mano me arrancó del pasillo hacia un cubículo. Con alivio descubrí a mi acompañante antes de desaparecer.

Por Víctor Aguerre Quiró

conversión

En un momento me di cuenta de que no tenía más para decir, y esto era real y absoluto, como el cadáver de un hombre que no iba a revivir, ése era yo. Ya había hecho y dicho todo, todo lo que me pintaba, me surgía, quería o me carcomía, estaba todo desparramado en el mundo y ya comenzaba a olvidarlo. Así que morirme no me iba a morir, ¿para qué? La muerte no arregla nada, es otro comienzo, no borra nada, sólo perpetúa las cosas que están para ser dejadas atrás. Tampoco hay tanta necesidad de borrar: aprendí a vivir con la vergüenza, aprendí a vivir con la lujuria y con la frustración, las saludo, están ahí, cada vez menos interesantes.

En el medio, una laguna de paz donde existís y no existís al mismo tiempo. Es raro, ¿no? Vivir y olvidar, saber que viviste y no acordarte. Pero hay algo que sabe, como la sensación de lo que soñaste y no lográs recordar del todo.

En definitiva, te baja como una voluntad y bienvenida porque yo soy medio vago, medio dejado, nunca organizado, entonces qué me lleva, qué hace, si soy un inútil (no en teoría pero en los hechos sí), y sin embargo las cosas van saliendo, y no soy yo el que las hace. Pero la tranquilidad se instala. Me dejo llevar, cierro los ojos y veo mejor porque es más nítido el pulso de… Hay algo, definitivamente. Algo que hace.

Por Arduo Servidor

testigo al sol

Aunque porfíe lo contrario, Monti no tiene idea si lo que vio aquel día hubiera ocurrido de todas formas a pesar de su eventual o supuesta ausencia, o si fueron su contemplación muda, su desidia y su inmortal negligencia en la tarde fresca de finales de invierno, las que provocaron la desgracia colocándolo en el centro del tablero de los humillados, como a un testigo involuntario y doliente (el espectador que todo teatro necesita), como quien por sus múltiples y consecutivos errores se hace merecedor del desprecio más atroz. La única certeza que el tipo tiene es la de haber visto lo que vio.


Persiste luego de todo desastre y de toda situación indeseable la imagen del momento inmediatamente precedente. El lamento nos empuja hacia el instante anterior al dolor, como si al recordarlo cobrara vida la ilusión de que todo era evitable, hundiéndonos en la impotencia. Monti, leal a la especie y a sus melodramáticas tradiciones, fija en su cabeza la mirada última previa al desengaño: el brillo tibio de sus ojos gozando la privacidad dulzona de saberse solo entre la multitud, los dientes asomando por su propia voluntad, sin necesidad de forzar la sonrisa, sin necesidad de fingir nada. La última sonrisa sin farsa de Monti. El aire frío de Madrid no acobardaba ese día, más bien daba ganas de sentir la cara como quemada y esto también era una bendición; los jóvenes bebían cervezas y los viejos caminaban del brazo como si el amor existiera de verdad, como si no fuera un invento de la Coca-Cola para vender más litros. Durante aquel momento exacto y fugaz en que la vio, sus ojos y su sonrisa hablaron el mismo idioma.


En lo culposo de su torturada psicología, al recordar, Monti suele detenerse especialmente en el detalle de sus gafas oscuras. Sin ponerlo en palabras, sin atreverse a detenerse demasiado tiempo en detalles supersticiosos como este -evidencias claras de su creciente histeria-, está convencido de que los cristales interrumpieron el flujo energético que iba y venía de sus pupilas a la chica y de la chica a sus pupilas, y que de no haberlas llevado, ella hubiera sentido su presencia, su mirada como una caricia. Pero entonces Monti pasa siempre a un segundo pensamiento, a otra serie de imágenes inquietas y relativamente confusas, relacionadas con el ruido del carnaval y con su propia confusión, la que lo invadió al ver lo que tuvo que ver. Más que pasar voluntariamente como quien pasa de página, sus deliberaciones se empapan poco a poco y de una forma misteriosa pero inevitable, del recuerdo vertiginoso de la música y la danza, de los grupos folclóricos agitando su identidad como si fuera una bendición y no una vergüenza, paseando con un orgullo ridículo los colores de sus trajes típicos, los colores de sus sonrisas sumisas.


Entre tambores y mp3, Monti miraba a la chica desde lejos, y ella no lo sabía. Esta excitante comodidad, este voyeurismo celebrado por el calor del sol que lo agasajaba (ella estaba sentada en la sombra) le trajo al pobre y sucio Monti un subidón de felicidad. El moño sencillo, la mirada fresca y limpia, las piernas flacas cruzadas, la gracia del pelo movido por el viento frío de la tarde sobre su rostro blanco y rosado. Durante esos fugaces segundos, ella vivía en su esfera de cristal, en su recinto de decisión y autonomía, y la mirada de él violaba esa intimidad sin reparos ni remordimiento, como si de un juego nomás se tratara, como si no fuera peligroso o indecente hurgar en los secretos de los otros. Y a pesar de la belleza indiscutible de la chica, de una seguridad y un carácter tan notorios que prescindían del cigarrillo en los labios, en Monti no se fijó tanto la imagen de ella como la suya propia: de perfil, en ángulo levemente inclinado desde arriba, se ve a sí mismo en aquella plaza, aquella tarde, con aquella sonrisa, la última que sus dientes no necesitaron pedir prestada. Desde la plácida incomodidad de una silla de plástico del club, Monti espía al Monti incauto del pasado entre los vasos de ginebra y las barajas.


Es que al fin de cuentas el error estuvo en su presencia no acordada, en su indiscreción. Y su nuevo error es no entender la falta de garantías para contrastar lo que sucedió con lo que podría haber sucedido de no ser él un cerdo y un obsceno. Hoy, acá en Montevideo, donde también es un extranjero, estas conjeturas lo arrastran en espiral hacia la desesperación y entonces mira a un lado y a otro abombado, se levanta, camina en círculos a ninguna parte, escupe desde adentro de la cantina hacia el patio diminuto y vuelve a sentarse. Nadie parece notarlo, acostumbrados los parroquianos, los pocos viejos borrachos que siguen viniendo a timbear y a mamarse. Soy el único que de alguna manera imprecisa lo entiende. Será por lo que me pasó a mí -tres insultos frente al niño, la furia desatada con la tormenta, un auto caro a toda velocidad y un ramo de flores tirado por la ventana bajo la lluvia en la más rencorosa de las venganzas (como si fueran las flores sucias al costado de la línea de cal de la carretera lo único que manifestara un sentido ahora…). Y en esta comprensión muda quedamos mirándonos como dos niños bobos que recién se conocen, que reconocen en los ojos del otro la misma falta de confianza y de personalidad.


Monti se abandona, y mientras mastica excusas cobardes y decide su próxima jugada desinteresado de lo que pasa en el juego y en su cuenta (debe varias timbas, Monti, ya no se ríe como al principio el petiso cabezón que agarró la cantina hace unos meses), en lugar de aceptar se destruye. Se empecina en la nociva costumbre de volver día a día, en un rito funesto, a repasar aquella estafa. Y entonces se le llena la cabeza de carnaval, del apestoso carnaval de indios y negros sucios, con sus ruidos de tambores mezclados con altavoces saturados en su panfletario afán de protagonismo político. Para él todo eso es doblemente doloroso porque también le recuerda su condición de inmigrante, el desprecio de ciertas miradas y el rechazo de tantas mujeres. Dice que los hombres nunca lo discriminaron. Pero con qué asco lo miraban las jóvenes y no tan jóvenes de ciertos barrios, con qué superioridad.


Hasta que llegaron los ojos curiosos y atentos, las manos frágiles que tanto daban como escondían, que dejaban ver la ternura de una mujer que también despertaba el apetito. Los acercaron las circunstancias: un amigo conversador, el vermouth, el aburrimiento de la ciudad, que es bien distinto al del campo, al que Monti conocía de su infancia en Guatemala. Monti no llegaba aún a los cuarenta, pero con ella comenzó a sentirse más vivo que nunca, más vigoroso que a los veinte. “Esa es la responsabilidad mayor, el pecado mortal”, se repite Monti sin hablar, negando con la cabeza inclinada hacia abajo como los muertos, los ojos cerrados, las manos colgando como racimos de frutas feas… “Era viejo para ella”.


De estas sentencias está llena la vida de Monti, o lo que queda de ella -rutina, pan con fiambre a la mañana, mate, desidia, más mate. Esperar la noche el resto del día como el que espera la salvación-. Yo le digo que era experimentado, no viejo. Que sus intenciones eran buenas, que valía la pena. Le miento. Hay una fracción minúscula de segundo en que por nuestras miradas ambos sabemos que le miento. El resto se lo cree. Pero, terco Monti, al siguiente vaso de ginebra se le olvida. Y se hunde de nuevo en la densidad de una angustia renovada pero antigua, la mirada perdida, suspiros hondos como el cadáver de un búho. Una carcajada me explota en la boca y lo miro burlón, con verdadero asco, siento las ganas de golpearlo en la cara arremolinadas en mis manos. Me controlo. Lo quedo mirando y me mira como un perro manso. Se me pasa todo y el asco lo siento por mí mismo, se torna lástima y ganas de morirme. Se prende un pucho, Monti.


Le vuelvo a pedir que me cuente qué fue lo que vio exactamente, intento al pedo hacerle entender que en verdad no vio nada, que nos está cagando la vida a todos con su imaginación de delirante, con esa cobardía tan parecida a la mala leche. Se levanta decidido, serio por primera vez en el día, y con voz vibrante y exageradamente baja me habla mirando a la nada, casi en un susurro: “Lo que vi en sí mismo no importa. Lo que importa es lo que me imaginé. Lo que intuí, mejor dicho, a partir de lo que vi. Lo que emanaba el sobre entregado como en un secreto, el tipo de espaldas, la campera de aviador con pelos en la capucha, la nuca rapada del asqueroso. Ella salió de su silencio inocente, como si rompiera un hechizo, lo miró, y ya en su sonrisa vi el beso que aún no se habían dado. Los labios de él apretando los suyos, la mano en el cuello, siempre el sobre entre los dos… siempre el sobre…”. Entonces las piernas le tiemblan y necesita sentarse. El petiso le arrima un whisky de la casa, yo le voy prendiendo otro cigarrillo y él se derrumba en la silla, con ojos de anciano, a fumar y a tranquilizarse en cada exhalación de humo caliente, en cada confirmación de su decrepitud irreversible.

Por El Iluso

¿qué?

Y la música es el aire,
mi imaginación desmaya.
El amor cambia tu vida,
los mundos toman forma.
El vacío donde las cosas ocurren
de la eternidad pasada,
de ese lugar. Los ecos casi inaudibles.
El polvo todavía flotando en el aire
de pasar melancólico del tiempo.
Ajenas. En las paredes despintadas,
en los párpados y en las pupilas
que vuelve en los lugares,
que vuelve en fotos
donde con ella tropecé.
Recordamos juntos el camino
y veo su sombra al atardecer
y ese día anda conmigo
y dejo que me acaricie la cara.
Que subo al cielo.
A veces sueño que me acerco,
siempre sobre mí.
Como una estrella
y así llegué hasta aquí.
Quise seguir adelante,
lo más brillante que vi.
Ese amor como una estrella
siempre sobre mí.

Por Sara de Barro

mientras baldeo el piso bajo la higuera

limpiar es aceptar que durante el verano te llevo un año y en invierno dos. ahora estoy aterrizando, he pasado años volando.

13 de julio

14:53

estás cruzando el océano, sola y con miedo, quisiera estar con vos.
quisiera no haberme perdido 

18:58

y espero no haberte perdido.
silenciosa compañera de blandos caminos en
[inefables tierras
tu existencia indiferente detiene el tiempo
en un parpadeo a destiempo contradice al
[mundo
tenerte un privilegio de familias adamantinas
el recuerdo de tu mirada profunda 
como el horizonte de un océano hoy seco
evapora aún el paso del tiempo
silenciosa compañera de noches arrabaleras,
de cegueras voluntarias, de noches en busca del
[sol.

23:59

hasta la orilla, siempre.

Por Pretexto Suárez

montevideo también

Todas las ciudades están a la intemperie. Montevideo también.

Hubo un tiempo en que añoraba su pasado, contado por otros, alimentando en lo profundo de mí una melancolía de folleto turístico, de tango olvidado, que echó raíces. Y la ciudad me recompensaba.

De esas raíces concebí frutos secos, muertos de antemano, pero no por ello menos bellos que un higo resplandeciente y fresco. Miento. No sé si había belleza, pero sí amor. Y nostalgia de un pueblo que por un momento se creyó su propia existencia.

Cien años. Un mundial. Un cantor. Una patria.

Mientras deambulaba y el devenir se ocupaba de desmentir mis fábulas, mi galería privada de recuerdos ajenos, me enredaba en disputas futboleras, experimentaba el temblor en la intimidad, me creía un papel. Una parte, dicen los tanos. Y al representarla, un espejismo reemplazaba al otro, y un palacio hecho del soplo del viento de la rambla Sur se instalaba cómodo en el sillón cordón de la vereda a leer los mitos de aquel proyecto nación. Sus tejes y manejes, su solemnidad carnavalesca.

Aguada, Palermo, Buceo… un collar de perlas hermanas unido por la insistencia de una gente que no busca las respuestas fuera sino dentro, en el fondo de un aljibe, en el chirrido de la cadena que levanta el balde inquieto. En el reflejo del agua la patria, el cantor, allá borroso un mundial… Pocitos, Cordón, Ciudad Vieja…

Y si la patria se revela en el agua manoseada como la pelota de corcho del futbolito de un bar, la culpa siempre es de los otros. Y si la patria se rebela…

En el espejo un hermano mayor, agrandado como pocos, cancherito y sobrador. Talentoso, siempre con minas, le pega con las dos. En el brillo de su gomina impecable el augurio del reguetón y la pipa, una procesión de pérdidas en blanco y negro. Una derrota compartida, culpas lanzadas a diestra y siniestra de una orilla a la otra.

La memoria un tubo de ensayo… y mi ciudad, al despertar, despojada de romanticismos y mitologías, después del sueño imposible de reconocernos por el olor… todavía respira, todavía hace eco.

Por El Iluso