cronos

Centenares de estrellas buscan asilo en cielos desiertos. Y brillan o brillaron, sin
propósito final. Tan efímeras como eternas, escapan así de las garras del titan.
Danzan en la sombra como chispas en el aire. Son pasajeras a simple vista.
Vestigios de llamas que como granos de un reloj de arena se despliegan fugaces, en la
oscuridad del tiempo. Quiero volver a verle y saber que está bien. Necesito deshacer
aquellos nudos que se enredaron en mi andar. ¿Cuánto de lo que era fue destruido por el
nuevo yo?
Se toma, de la división de las partículas, la esencia misma de la vida, y en ella
encontramos también el vacío que es parte del todo. ¿Cómo se siente tu cuerpo hoy?
Son olas constantes que rompen y colapsan sobre sí mismas. Y la destrucción del yo no
es más que muda de piel de una serpiente, seca, trabajosa, pero tan necesaria como
natural. Creer en el tiempo nos vuelve a todos esclavos del mismo. Me lleva a la
pregunta de si acaso no habrá sido la mentira original. De ahí los males que nos aquejan
desde la ansiedad.
No existiría proyección demandante sin futuro. Y por muy inciertos que sean, la
seguridad de su llegada, convencernos de que el próximo segundo va a llegar nos llena
de esperanza. Rara vez el cambio es perceptible. El segundo, como momento es
insignificante. Está en la suma de sus acciones colectivas, minutos, horas, días, años,
décadas, la percepción real de su movimiento. Sin embargo, al pensar hacia atrás, la
trascendencia del segundo se incrementa. Así que apreciamos por demás el instante
perdido, pero a costa de un desprecio por el futuro. ¿Cuánto pesa un cambio de
paradigma minuto a minuto?
La incertidumbre provocada por esta fuerza incontrolable y en perpetua
transformación, nos genera en simultáneo una necesidad inexplicable de entenderla.
Somos esclavos, no solo de las manecillas del reloj y lo que representan, sino también,
de la amenaza constante que presenta su despótico comportamiento. Hemos construido
barreras y salvaguardas para hacerle frente a casi todos los fenómenos naturales
reconocidos. Y, sin embargo, frente a él, no podemos más que sentir de brazos
cruzados, cómo los granos caen como regalos del cielo y mueren inmóviles en el suelo.

Por Elvis Boransky

estoy más sosegado


Quién hubiera dicho que la cuarentena me traería tres entrevistas de trabajo. Ninguna tuvo éxito, por suerte. Yo no tengo éxito, por suerte. No me gustan esos trabajos a los que me presento, pero es lo que hay, y como tengo lo básico (comida, techo, calor), no codicio esos trabajos, que se los den a los que los necesitan. Sólo puedo pensar que mi elección universitaria… es medio triste.

Malas elecciones, antes muerto que ser artista. Que se escuchen las voces valiosas, las que trascienden el tiempo. ¿Yo quién soy? Ruido.
Ojalá que mi vocación de servidor no siga desperdiciada. Servir, pero de forma útil. Intenté ser voluntario pero tampoco es soplar y hacer botella. Hay que encontrarse en la labor y que la labor lo encuentre a uno.

Así que ahora siempre tengo monedas y comida para regalar a las ollas populares. Siempre tres kilos de arroz, muchas latas de choclo. Hago los favores que me piden, siempre. Es cuestión de sobrevivir en la consciencia, darse, darse, para perderse (perderse es levantar anclas y dejar que la vida te lleve, no precisás ni moverte). Y sobre todo, no consumo. La vida es pa’ adentro, ni viajes consumo. Puedo estar frente a las olas y los arrecifes en el sentimiento, con la imaginación. Es mucho más real. No estoy en ningún lado, salvo en el tiempo que tengo para regalar. Pedime algo y soy feliz.

Por Arduo Servidor

sin título

Desperté al sueño siendo viejo. Al otro lado envejecí, no sé con exactitud cuánto, pero mucho. Me encontré de pie y en el centro de una habitación hexagonal sin muebles.
Las seis paredes, el piso y el techo eran superficies espejadas. Al principio, creí que se trataba de otra persona y, que los múltiples reflejos, pertenecían a otro cuerpo y no al mío que yo no podía ver por estar dentro de él.

Me acerqué a una pared y a mi reflejo. Me estudié de cerca, cuidadosamente. El reflejo había vivido medio siglo más que yo y me sorprendió reconocerme en la brecha. Igual que antes, mi nariz como una cordillera que se extendía desde la línea superior de los labios finos hasta las arrugas en el entrecejo. Intenté recordar mi reflejo anterior y no pude imaginarme sin las arrugas alrededor de los ojos, de la boca y en la frente. Un pelo cegador me caía sobre los hombros, largo y liviano. Lo corrí hacia mi espalda para poder ver mi cuello. De nuevo, la misma piel. Esa piel, que me era familiar pero que no podía recordar antes de ese momento, tenía algunos pliegues entre lunares y otras manchas solares.

Me di vuelta para confirmar que seguía siendo yo el único individuo en la habitación y me encontré con mi doble reflejo en la intersección de las dos paredes de atrás. A los costados lo mismo. En cada una de las paredes aparecía un reflejo y, tras este, otro. Este segundo reflejo parecía odiar tener que compartir el espejo con el otro, que estaba más adelante, y miraba para el otro lado. Sabía que los dos reflejos pertenecían al mismo cuerpo, a mi cuerpo momentáneo, pero eran completamente distintos. Ambos vestían pantalones y una camisa blanca limpia con manchas viejas, pero los perfiles no se parecían.

Volví mi cuerpo hacia el espejo ubicado detrás y los reflejos cambiaron repentinamente. Ambos me miraban de frente, caminé hacia ellos y el más lejano desapareció y en su lugar aparecieron seis más. Agobiado por la multitud levanté los ojos al techo y vi, en los bordes, el reflejo de los seis espejos y, en un costado de la habitación duplicada al revés, mi cara moviéndose con un cuerpo surrealista debajo. Esta vez, como en el doble reflejo de cada espejo en las paredes, mi cuerpo y mi reflejo no se correspondían.

Mientras yo miraba para arriba mi reflejo para abajo, hacia mí. Cuando pensé esto mi reflejo se río con sorna. Decidí ignorarlo y bajé la mirada al suelo buscando consuelo y esta fue la peor de las representaciones. Estaba yo mirando al suelo mis ojos lejanos perdidos una gran nariz y mi papada coronada con mucho pelo blanco. Mi torso era demasiado corto y mis piernas largas y gruesas, entre ellas encontré que mi reflejo superior ya se había olvidado de mí y estaba haciendo otra cosa. En cambio, me vi a mi mismo buscando su mirada.

Claro que cuando yo lo miraba a través del espejo él no me estaba mirando a mí. Por no haber podido efectivamente mirarme viéndolo es que recuerdo haberlo hecho. Me sentí solo, abandonado por mí mismo. Cada uno de los reflejos tenía su propia existencia podían prescindir de mí. Quise despertar y extrañó mi curiosidad, la del yo que escribe ahora, la forma de despertar. Me acosté en el piso y quise dormir, con temor de niño me alojé en el futuro para evadir ese agujero negro al que temo sólo porque no entiendo.

Por Víctor Aguerre Quiró

en blanco

Caminaba sobre el hielo del océano congelado, me apuraba pues sabía que la ballena estaba cerca, justo debajo de mí. No era mala, pero hacía cosas malas pensando en protegerme. Llegué a una choza y, en ese momento, ví a través del hielo el ojo del gigante animal. Ya era tarde. Tomaba al niño en mis brazos y me apuraba. Al mirar hacia atrás, veía a los jinetes que me perseguían acercarse. Era inútil intentar avisarles que se alejaran, me querían capturar, venían por todo lo de la aldea.

Entonces, con un gigantesco trueno, el hielo se partió justo detrás de los jinetes que, desconcertados, interrumpieron su persecución. Ya era tarde para ellos, la ballena los odiaba por perseguirme.
Le expliqué al niño, mientras lo vestía con cajas de espumaplast, que la ballena veía a los humanos como peces, que yo veía a través de la ballena y que podía sentir lo que pensaba, pero nada podía hacer para controlarla. Hubo unos segundos de silencio. El hielo apenas roto generó una cicatríz en el océano congelado y algunas astillas blancas asomaron. 

Los jinetes comenzaron de nuevo la persecución. Yo ya no corría, los miraba con el niño en brazos, evitando que él viera lo que iba a pasar. 
Otro estruendo y la ballena atravesó el hielo y cayó sobre los insignificantes jinetes y sus caballos. La ballena era blanca y estaba cubierta de cicatrices violetas y naranjas. Tomó aire y con un pequeño movimiento destrozó el hielo bajo ella. En un imponente chapuzón, desapareció. Pero la grieta comenzó a expandirse tragando parte de la aldea.
Bajo mis pies el hielo vibró. En cuestión de segundos yo me hundiría en el agua helada pero sabía que la ballena me rescataría una vez más.

Por Anónimo

caprichos

Vizconde de Tartas en Aquitania, al sur oeste de París. Hijo legítimo de la casa de Borbón, primo cercano de su majestad Luis XV. Disfrutaba de los excesos de vida en la corte del bien amado. Era joven, bien parecido y con la astucia veloz y voraz de una adolescencia intacta. Sus manos pálidas, frágiles, puras; desconocían por completo la rutina del trabajo innoble. No, su habitar era el palacio, los banquetes, lujuriosos bacanales inundados de pomposa abundancia. Los jardines reales, laberintos de prendas desvestidas usurpando prado, flores y frutos. Los sexos expuestos a la intemperie, correteando pudorosos mas impulsivos en un torbellino de inconciencia social; como si supieran que los errores no serían pagados sino por la próxima corona. 

Su arreglo matrimonial con Luisa María Adelaida de Borbón, conocida como Mademoiselle de Ivoy, existió lo suficiente como para construir la fachada de noble indudable. Ambos infantes y primos lejanos unieron lazos reacios, obligados por un desacuerdo que no les incumbía, por la simple excusa de no haber nacido. Mas los conspiradores, no contaron con el ingenio de la pubertad presionada a complacer; María Adelaida, cortóse detrás de una oreja y manchó de sangre las sábanas blancas. Así, el matrimonio jamás fue consumado. No, ambos escaparon a sus vidas separados, excepcionalmente jubilosos de no engendrar descendencia. Con su joven marido ya instalado en la corte parisina, Mademoiselle de Ivoy abandonó Aquitania dejando a Tartas sin su vizcondesa, para convertirse en Mademoiselle de Penthièvre, luego en duquesa de Chartres y más tarde cambiaría su piel nuevamente para morir en la de duquesa de Orleans.

Merecedor de elogios por su refinada etiqueta, las fechorías tras bambalinas del vizconde eran quizás más aclamadas. Educado para aparentar, como todos según su explícito mandato, presentaba su figura en los más respetables recintos y arruinaba sus exquisitos peluquines en los más deplorables burdeles. Gozaba entonces de los privilegios nobiliarios, mas no censuraba su paladar rechazando los placeres de los universos mundanos. No, visitó aposentos de baronesas y sus hijas, de madamas y golfas, de jóvenes príncipes y hasta procuró recibir en su lecho a un particular y robusto mosquetero real. Era por supuesto, partidario del buen vino, el queso y el pavo, de la repostería, de la sidra fría. Un dulce coñac junto a un fuego en ocasos invernales, todo festín apreció en justa medida, lubricando su lengua y su tripa para posteriores quehaceres. Pero como tantos hombres envenenados por la oscura mancha del vicio indecente, el demoniaco juego era su debilidad.

 Las apuestas, las cartas, los caballos, el azar. Su aliado o su enemigo condujo esa delgadísima línea entre el éxito y el fracaso. Lo cierto es que supo ser muy valiente para medir su suerte, un rasgo inmaduro propio de un corazón impulsivo; obviamente negativo para la tarea en mano. Pero jamás le interesó que las damas vencieran a los valets, ni mucho menos el metal derrochado. No, el envión adrenalínico en lo previo era su afán, la incertidumbre. Tantas noches preparó en su mente la pócima de la bebida espirituosa fusionada con la placentera endorfina del vencedor. Mas tantas otras deambuló borracho y desnudo por callejones parisinos evocando la misma peste que los rincones alojaban. Pronto el Vizconde de Tartas se encontró con una desconocida especie de limite, la bancarrota. 

Hábil para enmascarar su desdicha, contrajo puñados de mal intencionados favores, prestamos, pagarés; detrás del telón, la maraña de deuda se acumuló por sobre sus encantos. Resultó imposible descartar la prudencia de un alma desvergonzadamente desmesurada, simplemente por la carencia de un compás de sensatez. No, amparado por su reflejo en sociedad, logró enmarcar su honor con decoradas falacias. Mas los honores ajenos marchitaron con el cúmulo de deberes económicos. Incapaz de solventar su suerte, utilizó la etiqueta y su privilegio anatómico para abonar sus compromisos, batióse a duelo en reiterados saldos de honores y así consiguió postergar sus deudas. Aquellos rituales prohibidos por ley convinieron al joven al retraso clandestino de las culpas del azar divino. Con espadas era astuto y sagaz, capaz de lograr primera sangre y de ser necesario colocar su cuerpo para recibir heridas insignificantes. Con pistolas, procuraba cumplir el pacto, una formalidad para quienes en otro caso no contaran con la destreza que exigía la rapière.

Un veintisiete de marzo de mil setecientos setenta y cuatro, el joven Vizconde de Tartas de nombre Julian, se enfrentó a duelo con pistolas a las afueras de Paris. Su oponente era un obeso y rico mercader oriundo del puerto de Le Havre. Intercambiaron bofetadas junto a cuidadosos insultos luego de una partida de naipes; y, así sellaron sus suertes formalmente, coordinando restituir honores. Al final fueron sino meras formalidades, diez pasos de distancia a cada lado, apuntar, disparar. Uno ileso y el otro recibió un impacto en la ingle. Los segundos padrinos del duelo tan solo intercambiaron injurias. Restauraron sus reputaciones y bebieron forzando un brindis, el coñac más refinado del mercader.

El resto de plomo alojado en la ingle del joven infectó su pierna, su vejiga y testículos. Caminar se sintió un recuerdo lejano apenas una semana después del duelo. Orinar la tortura diaria cual castigo de Prometeo. El sudor frío y la fiebre hirviente terminaron por devastar su cuerpo que ya no comía, que ya no bebía. Murió un diez de mayo ignorado, solo. No, el inolvidable funeral ese mismo día fue sino para su primo, el rey, quien fue victima de su tiempo y tomado por la viruela.

Tomado de las notas de Cándido Hefesto.

Por ojoRojo

presupuesto para corrección ortográfica

Hoy las notas se empujan unas a otras. No saben sostenerse. De repente se detienen y quedan latiendo en el aire. De una de ellas cae la mirada que no fue, el pasto de cabo polonio, la risa estridente de mi abuelo. Aparecen dos juntas e interrumpen la vibración, un nuevo clima desprende el calor al abrir la puerta del auto, luego el choque y tras él un amanecer frente al mar. Una alta, aguda y filosa despoja el lugar de las anteriores y con ella el insomnio en Donostia, el sabor de un mate agrio y el primer examen que perdí.

Ahora muchas, muy altas, histriónicas revelan la melodía del hervor de la olla en invierno, las plantas entonces invisibles, el recuerdo de la estrella. Una nota aparece y suena la voz de Bielli, huele al desierto y teme a la siguiente que irreverente la empuja al pasado. Esta es baja, grave y triste y de ella se escurre un lugar que nunca conocí, las ansias por conocer y el aroma a azufre de su rostro olvidado. Ahora una alegre agrupación se entromete en el aire, busca en el contenedor algo para comer, ignorando en el ritmo sincopado del compás, la primera vez que subí a un ascensor y el ascensor de la intendencia clausurado.

Las notas suenan familiares, como el abrazo de mi hermano, la nostalgia desde antes de nacer y el color de los ojos del marroquí. Los trinos altos, dudosos, se tambalean en el aire y empujan desde lo alto a la araña que fue mascota, al perro que tiraba de su correa y ahora llueve en cabo polonio. La melodía escupe un consejo viejo y conocido, mis cachetes colorados, mis ojos reventados por la preocupación de antaño.

Ahora, desordenadas, vomitan una casa recién lavada, los dedos contra la tela del vestido, los zapatos en fila. Se dirigen a una maraña y quedan atrapadas en las calles vacías, por momentos frías, se desenredan y donde estaba el enredo quedaron las noches por Barrios Amorín, el bar de Pedro y un invierno en cabo polonio. Las que suceden se parecen a un morro, entonces también a Lou Reed, a la ausencia de un brazo. Las negras, sin embargo, exhalan edificios altos rodeados de sombras duras, adoquines y maniquíes. Las nuevas, tal vez por culpa de las anteriores, bailan como marionetas que cuelgan de la vidriera, lejos de las manos de los niños que le darán vida a sus cuerpos inertes. Tres veces la misma nota y con ellas la foto de la chapa de la moto, una cadena de palabras inútiles y sueños de príncipe azul.

Entre notas el tiempo se escurre, frente a vos el tiempo se detiene pero corre furioso, como el Danubio, a tu alrededor. Cuando la música deje de sonar y el tiempo vuelva a andar vas a entender todo lo que aconteció bajo ese puente hilvanado con pequeñas tiendas medievales. Siempre podés condensar en una melodía al verano pasado. Hoy las burbujas del vino me recordaron caminando por esa calle. La ciudad oscura por la tormenta escupe esas noches de otro, viejas y oxidadas, que suenan a metal en el movimiento del pensamiento. Es la misma luz del mismo sol colándose por la misma ventana, sin cortinas, pero yo no soy el mismo. Este silencio, tibio, es el mismo de siempre. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. Recuerdo sus piernitas corriendo por el pasillo envueltas en risas, hoy las veo de pie, largas y ancianas, frente al piano. Con una sonrisa en los dedos me muestra sonidos que puedo oler. En ellos se esconden años de tiempo muerto, de videoclubes y librerías. Hoy en este tiempo siento vibrar el otro tiempo, el que fue y el que no.

Hoy, ¿dónde estaba yo cuando no estaba?

Te puedo ver niño, sentado en la falda triste de tu madre. Te veo risueño en el jardín de tu casa, te veo furioso armando el bolso. Tu cara lleva hoy líneas profundas, erosión del aire del tiempo. Hoy, en este amanecer, te pienso y vos sos todos. También el gato, que me ignora mientras escribo. Llevo conmigo un dolor viejo, que resiste a la tristeza y también a la alegría. El calor me trae el frío de los años en Praga, pienso en mis huesos helados entonces, en el temblor de las piernas. Imagino mi boca puesta en el mismo lugar de siempre, instalada en la parte baja de mi rostro, y la recuerdo temblar. Recuerdo dormir al atardecer, abrazado a tu cuerpo, hoy ya es de día y todavía no dormí. Las lágrimas hierven y se derraman lentas, atraviesan mi rostro y me recuerdan que en cada temporada estival llueve y hay sol.

Por Pretexto Suárez

primero lo último: sobre el asma espejo del alma

Desvanezco bajo el yugo  
del andar opaco de unos pies sin tacos, 
mientras una flecha temblorosa como mi sexo 
le hace un tajo al cielo… 
Son los pájaros de Madrid, 
ligeros como un muchachito sin
[preocupaciones 
que solo piensa en las piernas hábiles 
que desea, que sólo piensa en complacerse.
Los niños de nuestro edificio en ruinas
corren y gritan esquivando escombros,  
cimientos destrozados que los condenarán
a una respiración dificultosa, a una asfixia 
crispante… aún no lo saben. 
Los rostros se suceden unos a otros 
repitiéndose en patrones, como figuritas
de un álbum de sospechas,
de frankensteinianos mestizajes ancestrales. 
La sangre ya es sopa colectiva, 
esencia global que evade peajes y aranceles. 
El rostro de mamá el mapa primero
de este impulsivo viaje impulsado 
por un motor jadeante, arrítmico;
dulce y filoso a destiempo. 
Y en otros rostros el mío, 
en una boca una sombra, tres gritos mudos, 
de más colores que sentido, 
como una palabra hueca por dentro, 
como este vómito rojo. 
Un laberinto de rostros esquivos…
La gracia triste de un juego consumado, 
cuya última palpitación, la inercia, 
nos arrastra como el vaivén de otro jadeo, 
de otro mar de aguas negras. 
Al final, el comienzo… 
Un pozo en el centro del pecho, 
un páramo frío y desolado 
que presiona al último niño
(un santo). 
Buscar debajo de las uñas, 
en el pico de una paloma, 
en el aliento fétido de la costumbre…
y encontrar allí la partitura renga.

Por El Iluso

cóctel

El cuerpo se mueve en unas sábanas que antes parecían muertas, se mueven y huelen horrible, a muerte. CO2 mezclado con C9H16O2. Pasado de hora, son más de las cuatro, son las cinco menos cuarto. Ayer salió, fue fuerte, se vislumbra la víspera de un bajón insostenible. Supone que se tiene que levantar, busca su celular. Sin batería. Le duele hasta escuchar el sonido del movimiento de las sábanas, el revoltijo de cables en un proyecto de mesa de luz; enchufa el celular. Encuentra una punta tirada al lado del colchón, nicotina, alquitrán, catecol, marihuana, un respiro de algo ajeno, una pequeña salvada de cabeza, un buen comienzo; ahora a encontrar un fuego. Junta un resto de voluntad, casi un milagro considerando la noche anterior, se para, sale de la cama con el puntón de tabaco y tetrahidrocannabinol, en la boca. En el baño evita el espejo. No quiere ni verse todavía, pero es principalmente la necesidad de erosionar la losa que prima por sobre todo. Minuto, minuto y medio de potente chorro de urea, creatina, sodio, potasio, cloruro, alcohol. 

Ya son las cinco, se mira al espejo. Dino, de ojeras de anoche, de labios secos que sostienen sin dificultad el resto del pucho recién encontrado, se ve. Se siente morir, le explota la cabeza. Se insulta a sí mismo en reproche de anoche. Toma la punta de su boca entre los dedos, le sobra práctica. Abre la canilla de la pileta del baño y nada. Insulta a otros ahora. Va para la cocina, en la pileta corre H2O a suerte de Dino, se lava bien mal la cara. La heladera es un desierto, aunque ni tan frío, leche agria y un limón. Prende la hornalla con un encendedor viejo que solo hace chispa, seguido prende la punta. Combustión: primer contraataque verdadero de la fisura, del bajón. No se lamenta, pero no es placentero, un tabaco húmedo inmundo cubierto en morrugas de prensa peores, la punta tapada de chocolate casi no tira.

El celular cargó poco y nada y sin embargo suficiente para hacer el pedido del cóctel. Hoy es de nuevo fuerte. Necesita mucho más de nicotina y tetrahidrocannabinol como para arrancar a encarar la vida. Luego del intercambio de mensajes de texto precariamente codificados con su “agente” de confianza, se hacen las cinco y media. Está hecho el pedido.

Se viste, igual que anoche, solo para comprobar que es inviable, esa ropa huele a resaca y, peor aún, todavía está pegajosa y húmeda.  Dino recuerda el enchastre de una mezcla artesanal de cebada, agua, lúpulo y levadura sobre su persona. Vuelve a desnudarse, se quita el pantalón y revisa sus bolsillos, todos; su contenido es evidencia de la noche anterior y al mismo tiempo recurso para la que viene. Hay dinero en efectivo, aunque menos del esperado por Dino. Auriculares, un nudo gordiano como todas las veces. Un par de tarjetas, un llamado a la esperanza financiera. Sorbitol, goma base, maltitol, manitol, xilitol, glicerina, aromatizantes naturales y edulcorantes, en forma de chicles de menta que Dino inmediatamente consume. Papeles varios de mínima importancia a excepción de uno casi milagroso. Uno con restos de C17H21NO4 que no dan para el resfrío, pero que Dino hábilmente chupa y luego frota la lengua con el chicle en sus dientes.

Se vuelve a vestir, un poco más prolijo de lo que desearía, pero es de la poca ropa limpia que queda. Lentes de sol para esconder las ojeras, desenchufa el celular con menos de mitad de batería y sale a la calle. O2 de ciudad, manchado e impuro, pero O2, en definitiva. La primera parada es la farmacia. Ibuprofeno y paracetamol, vitales aliados en la lucha junto con un poquito de H2O para bajarlo. Son más de las seis y la segunda parada es en busca de cafeína para llevar.

Ya algo recuperado y sintiéndose más persona, la tercera parada es en la segunda “farmacia” a levantar el pedido. Saca del bolsillo su celular con cuarto de batería, son cerca de las siete y como siempre fiel al cliché, el “agente” se hace esperar. Tiempo para que Dino consuma un poco de nicotina, alquitrán, tabaco, amoniaco, monóxido de carbono, cianuro de hidrogeno y mercurio en forma de cigarrillo, regalo forzado de un peatón.

Dino lo ve llegar pasadas las siete y media, comparten un pequeño armado de tetrahidrocannabinol como es tradición para sellar la transacción y parten hasta nuevo aviso.

En un local de comida rápida entre proteína, azúcar, masa y grasa, aprovecha a cargar un poco su celular y a revisar el botín recientemente obtenido. Diez gramos de C21H30O2, un gramo de C17H21NO4, una pastilla de C11H15NO2 y una C20H25N3O.

Son ocho y diez y hace frío. Dino sabe que tiene al menos una hora y media para llegar a la previa. Corta el pequeño cartoncito con cuidado y toma un cuarto. En la parada de autobuses, pide otro tubito de químicos para fumar, pero se lo niegan, alegando ser el último en el haber del consultado. Los cuarenta minutos de autobús se le hacen eternos. Vidrios empañados de CO2 ajeno y condenado a escuchar conversaciones taladrantes por tener poca batería en el celular. Y, por si fuera poco, la resaca sigue allí detrás, amenazante con cada curva del vehículo. Al bajar el O2 frío lo impacta positivamente, así como definitivamente el cuartito de C20H25N3O. camina lento pero contento lo que le parecen horas. Llega a la previa cerca de las diez.

Cerveza, marihuana, whisky, cocaína…amigos. Y todo más bien rápido porque la entrada a la fiesta se corta a la madrugada. Dino aprovecha el poco rato para cargar un poco su celular. Antes de salir otro cuartito de dietilamida de ácido lisérgico, por supuesto, y, de paso, uno de sus amigos está generoso con sus metanfetaminas en forma de cristales, aunque es más bien tacaño en su generosidad. Apenas vestigios de C11H15NO2 en el dedo meñique de Dino. Toman sus pertenencias, un par de litros de bebida fermentada de cebada y un armado de tabaco, marihuana y copos de cocaína, para el corto viaje a pie hasta la fiesta.

Dino y sus amigos llegan justo a tiempo a la entrada, un galpón gigantesco convertido en discoteca exótica. Un hormiguero humano entregado al disfrute de lo que posiblemente pueda ser denominado contaminación sonora. Luego de un largo trayecto de roces e intercambio de sudores a tiempo con la música, Dino logra ingresar en una sala VIP, donde sí existe O2 entre la gente. Una botella de champagne entre varios amigos se consume a altas velocidades. Dino mira su celular, todavía no son las dos, decide ir a la barra de la sala por una segunda botella. Pasa la tarjeta de crédito, sabe que no tiene sentido, pero la siente más liviana. Pide a la chica en la barra poner a cargar su celular y de paso que anote su número en él. Ella sonríe solamente mientras enchufa el aparato.

A mitad de la segunda botella de vid fermentada y gasificada, es tiempo de su pastilla de C11H15NO2.

El éxtasis lo invita a moverse. Sale de la sala a chocarse con el vulgo. Cloruro sódico y ácido láctico propio y ajeno se entremezclan en el desenfreno común. Al poco tiempo, Dino necesita H2O, consigue sin embargo unos tragos de un combinado de vodka y bebida energizante, alcohol, taurina, cafeína, sacarosa y sí, algo de H2O.

Apenas diez o quince minutos más tarde recuerda, en pleno goce extático, que en su bolsillo aún tiene medio cartoncito de C20H25N3O. Se propone entonces apartarse del entrevero de cuerpos hacia un rincón con sillones que parece designado para dichos honores. Se sienta junto a lo que parece un cadáver femenino, pero este despierta al sentir el contacto de Dino. Ella observa como él produce el diminuto cartón y, antes de que Dino lo consuma, lo detiene. Dino se sorprende, pero aprecia el contacto físico. Intrigado, acerca su perfil para escucharla. Ella le propone un trueque, su papel por un retazo de bolsa de nylon conteniendo un polvo blanco. Siendo casi las tres, Dino ya no conoce el “no” y comienza a abrir feliz la bolsa mientras la observa a ella perderse entre las hormigas. Toma su tarjeta de crédito y con un extremo recoge la C13H16NCIO en polvo. La inhala de una violenta aspirada. Segundos después colapsa en el sillón. Luego de un minuto sus pupilas se extravían detrás de su cabeza al tiempo que su boca tensa comienza a segregar espuma blanca. El cuerpo de Dino se retuerce velozmente unos segundos antes de detenerse definitivamente. Su celular en la sala VIP tiene carga completa. 

Tomado de las notas de Cándido Hefesto.

Por Ojo Rojo

noches discretas

«Cuando la comida se mete entre las rejillas me da un asco terrible», exclamó Ethel a regañadientes. «Estos plásticos de ahora, qué poca confianza me dan…», se murmuraba a sí misma mientras fregaba un colador blanco en una poblada pileta, iluminada tenuemente por la luz de una vela. El sonido de la esponja rozando el plástico retumbaba en los confines metálicos del fregadero y se apoderaba por momentos de la habitación.  La espalda de Ethel se encorvaba sobre la pila de trastes haciendo difícil la distinción entre joroba y mala postura. La frágil luz de la vela le teñía de fuego las canas y se reflejaba en el borde dorado de sus lentes cuadrados. Intermitentemente dejaba salir de su boca un suspiro, como una queja ahogada en la soledad.

No fue sino hasta que terminó de lavar la olla, el sartén, el solitario plato con un juego de cubiertos desgastado, que notó el movimiento de la vela y emocionada avanzó hacia la habitación contigua, con las manos todavía mojadas y chorreando. Ya conocía el orden de los sonidos, primero el distintivo silbido del viento entrando por la ventana del zaguán. Al Nene le encantaba entrar por ahí. Después la puerta del corredor, que crujía si se la abría lentamente, y a pesar de habérselo explicado varias veces, sospechaba que al Nene le gustaba el sonido, y por eso jugaba de esa forma con ella. De la misma forma que se divertía, ciertamente, con las cadenitas del candelabro que sonaban a continuación, seguramente agitadas por un salto juguetón que las movía levemente, dejando salir un campaneo etéreo. Finalmente llegaría a la sala, donde la puerta siempre estaba abierta y el último sonido que escucharía Ethel antes de recibirlo sería el de la mecedora oscilando vaporosamente en la esquina de la habitación.

Con movimientos que rozaban la emoción infantil, Ethel se dispuso a hacer su camino desde la cocina hasta la sala. Al llegar sintió el silbido de la ventana, y apresurada puso la tetera de hierro fundido a hervir sobre la salamandra que ya estaba encendida calentando la habitación. Acomodó los almohadones de la poltrona y posó la vela sobre el asiento de la mecedora justo a tiempo para escuchar el candelabro del otro lado de la puerta entreabierta. Traviesa, se volteó de espaldas a la puerta, y se dispuso a servirse el té mientras hacía de cuenta que ignoraba al Nene que ya se encontraba cerca de la mecedora.

No se dijeron nada, se salteaban los saludos innecesarios al ser viejos conocidos. La sombra del Nene danzaba silenciosamente en las paredes, reflejada por la vela que ahora se mecía pacíficamente en la silla. Eran noches tranquilas como ésta las que llenaban a Ethel de sentimientos de profunda armonía. Al sentarse en su poltrona, con la taza de té en el regazo y el vapor empañándole levemente los lentes, sonrió mientras seguía con la vista los sigilosos movimientos de la sombra en la pared. Se deleitaba disfrutando de una compañía que rompiera con el silencio sosegado de su vida nocturna.

«Y al no estar vivo, el Nene no deja un desorden, como mis nietos cuando venían a visitar», pensó mientras se le dibujaba una apacible sonrisa en el rostro.

Por Elvis Boransky

inventario

Veredas, muchas veredas.

Cuadras largas y cansadoras.

Suelas chatas y piedras. 

Los perros son personas que aman.

Chimeneas. Estaciones.

El ruido constante de motores en la avenida.

Gatos exploradores. Gatos que se asoman desde las altas ventanas de los apartamentos. 

Casas. Casas nuevas, casas viejas. Edificios nuevos. Potencialmente feos.

Casas. Casas viejas, abandonadas, ideas vencidas de otro tiempo. Obsoletas. Despreciadas. Destruidas. Bellas. Las casas viejas son personas que aman. Las personas no suelen amar en estos tiempos. Las personas suelen construir casas nuevas, casas sin alma, y ni siquiera respetar a las casas viejas, sino construirles encima. Un acto simbólico de territorialidad, injusto y prepotente.

Gente que camina sonriente. Gente que arrastra las piernas. Gente que llora mientras camina. Gente que baila mientras camina. Mucha gente y muy distinta todos los días. Ramificaciones de historias y experiencias y universos que coexisten en estas calles.

Olores. A comida amorosa, a pichí amargo, a hollín asesino, a néctar dulce en la primavera frondosa. 

Monumentos, recuerdos, visiones de otro tiempo. A la ciudad le pasa el tiempo como a las personas. Hay ciudades que aman y otras que no. Las ciudades tienen un espíritu, ¿cómo es el de la mía?

Una ciudad de contrastes. Con cicatrices que delimitan zonas. Extensa, enorme. Con gente por todas sus partes. 

Árboles, flores, arena, mar, cantegriles, shoppings, arroyos. Cantegriles de algunos kilómetros cuadrados, atravesados por rutas. Cantegriles de una veintena de casas, al borde de un arroyo, en un parque arbolado, muy lejos del Centro. Las lucecitas colgando al viento. Shoppings que apagan el alma, aunque sea por un rato. Un cerro y un cerrito que se miran cómplices.

Casas. Casas con patios, con árboles, huertos. Perros. Perros en casa, perros en apartamento, perros en calle. Personas en calle. Muchas, revolviendo la basura, buscando algo para comer. Miseria, problemas, dificultades, burocracia, resentimiento. Personas abandonadas por las demás. Otras que se abandonan a sí mismas. Como las casas viejas, recicladas o derrumbadas. 

El aire salobre atravesado por pensamientos y ondas de radio. Los cuartos viciados de internet. La gente que no sabe qué hacer. Qué hacer con su tiempo, qué está bien y que está mal. La gente somos unos ignorantes. Qué le vamos a hacer.

Un mar vasto, muchas plantas y mucho caos. Estaciones muy definidas pero sin nieve. Geografía ondulada y con arroyos. Toda construida tal cual un prodigioso hormiguero, que penetra en el mar tímidamente, con sus puntas de rocas.

Y gente, todo el tiempo gente, que prefiere no mirarse. 

Por Sara de Barro

visita incómoda

Las motos alumbran las fachadas del damero oscuro de la ciudad. Desde el apartamento la observo, se extiende al infinito, desde la entrada del edificio hasta donde alcanza la vista. No tengo los lentes: veo manchas oscuras con sus lucecitas anaranjadas y algunas ventanas iluminadas en los edificios del Cordón.

Me cebo un mate aunque son las diez. Escruto seria el horizonte mientras pienso en cualquier boludez. Pienso que la vida es una locura mientras me cebo otro mate y le doy una pitada al porro que se me había apagado.

De pronto, el timbrazo me saca del estupor. El gato huye al cuarto donde la abuela duerme. A esta hora es imposible que sea para ella. Insisten mientras yo me mantengo inmóvil, a la abuela no la van a despertar, si no oye nada, qué problema hay.

A la quinta vez que tocan dejo el balcón a las puteadas. Asomo un ojo a la mirilla de la puerta. Un repartidor de comida y dos prostitutas mantienen una calma profesional del otro lado de la puerta. Lo veo acercar el dedo al timbre. Vuelve a sonar. No comprendo de qué se trata. Decido aprovechar mi única ventaja: el factor sorpresa. Abro la puerta repentinamente y el efecto es el deseado: quedan espantados ante mi bombacha agujereada y la vieja bata celeste abierta, con chorretes de helado triple. El delivery carraspea y luego dice: “Ehhh, disculpe, señora, nos confundimos”.
Dale, no pasa nada.

Por Laura Ivanovic

eolo

Reclamo tu patria eólica
anhelo tu tensa calma
dame paz donde no encuentro
come mi plegaria del viento
haz de mí tu sagrado cuento
tu liturgia, mi lamento
mi paz del aire en el alma
tu furia tensa me salva
todo el aire ingresa dentro
hace de esta madrugada un día entero.

Lluvia golpea mis raíces de papel.
Entra en mi cabello como humo de tabaco,
húmedo.
La cortina delata mis designios.
Libera aquello que permanecía quieto, desata su furia acuosa sin recelo.
Penetra su enfermiza furia
en mi balcón despojado…

Por Quique Toscano

yo sólo habito en el desierto

un sueño monótono 

e intermitente

quiere olvidar

esa conversación 

para poder

escribir

sobre el verso 

y el sonido

sobre la ausencia de frecuencias

las palabras

y la ceniza

los pies

que se mueven

a un ritmo 

que no puedo

como la intención

de matar la sed

los bordes echan raíces

ese margen, latente,

siempre solemne

que no distingue 

quién soy hoy

y que

nunca supo dejar

de ir a ese mismo lugar

que le encanta estar

sin prudencia colgó

de la puerta

un cartel y en

la pared

un tapiz

atemporal

como Víctor Hugo

uno y otro

antes y ahora

yo sólo en él habito

Por Pretexto Suárez

otra entrevista laboral exitosa como siempre

Soy un fiasco y una mentira, útil sólo para los lagrimones que gotean automáticos, a veces más ásperos, siempre vacíos. Ya pasó el estrés de enero, de muchos eventos y ningún pago. Sin rédito pero con la fricción del verano, del tiempo malgastado y los viajes circulares a las playas enfriadas bajo los rayos de un sol vengativo. Sin acompañantes, con un perro guía, con un novio que solo trabaja y una familia que se arrastra.

Pasan las horas y soy un fiasco, no consigo descifrar LinkedIn. No consigo ser mi marketing, my friend, cowork, cogida por el ámbito laboral pero qué bien la billetera, qué bulto tan lucrativo el tuye.

Mi marketing es la mentira construida, la mentira es que ya no sé servir. Me encuentro desparramando lágrimas, con dolor en el pecho. Virtualmente, deshecho. Pero ya pasó, ya puedo viajar, ir a Europa, mamar.

Ir y volver, porque allá no está mi lugar. Mi lugar es atornillarme acá. A mis amigas divinas de Dinamarca, un beso francés y dos costillas, apoyado en ellas y teñida de rubio voy a descender la montaña, como quien baja de las canteras del Parque Rodó, susurrando que acá en Uruguay todo es chate y aburride y nada me deja ser.

Mentira a todo esto, mentira a la ambición, juro mentira a la depresión también. Abominación. Termino este texto diciendo: sean felices. No escapen de sí mismes. No tengan miedo ni vergüenza. Odio ese barrio con toda mi alma.

Por Arduo Servidor

la rosada

Tiempos de lapicera rosada con aires de contar cosas con ansias de cantar quesos agro no tan distantes nos esperan para correr para pescar para cagar mirando la luna menguante saliente doliente como la rosada que canta las veinte las treinta aceita tus circunvoluciones de andrajos pasados de rosca hosca y me mira con imaginado estrabismo en un mismo istmo y amo este lugar tranquilo y tengo suerte de tenerte cerca hermano mío yo te necesito vos sabías como agua que sale fuerte de la fuente.

Por Quique Toscano

despertares

Amanecía afuera, pero seguía colmado por los pensamientos de una noche de insomnio. Turbado, cargaba con el peso de los días pasados. Cada hora pareciéndose a la anterior. En ese limbo entre lo real y lo onírico se pasaba la vida mirando al mundo desde afuera, a través de la ventana de un refugio que construyó para sí.

La gente se movía como hormigas, siguiendo los caminos ya trazados por años de disciplina y condescendencia. ¿Era esto todo lo que existía en la vida? Hubo un tiempo en el que los sueños saturaban sus noches. Las vidas pasadas, presentes y futuras, se mostraban esperanzadoras en los campos elíseos. Pero ya no más, el sueño no se lograba conciliar, y la realidad parecía invadirlo día tras día.

Se preguntó si fue el desvío, salirse de la senda trazada, llenarse de sueños imposibles y metas inalcanzables. Se dejó ir y, por un momento, quiso traer a su vida aquellos paisajes que se mostraban sólo cuando dormía. Pero por mucho que se esforzaba, un pequeño tropezón, el más mínimo cambio rompía el hechizo, se esfumaba su concentración y perdía las ansias.

Al verse inmiscuido en las consecuencias del aleteo de aquella mariposa desconocida, cedía el control y con él las herramientas que había formulado para sobreponerse a la realidad impuesta. Necesitaba de un golpe más, del sabor amargo de una derrota contundente, que lo motivara una vez más a ejercer su poder. Necesitaba encontrar de nuevo las ganas de manifestarse.

Por Elvis Boransky

hoy empecé este paquete de pastillas

este lugar y quiero escribir que 

sus páginas y 

verlas llenarse

el olor de la tienda del té

saber que te voy a ver

enumerar las cosas que 

como el frío después del calor y los pensamientos compartidos 

el miedo y también las formas

el color de la noche y la tibieza del pasto durante el día 

que me pique para poder rascarme. antes 

ver películas y ahora 

ver barcos turistear por el canal 

escribir porque extraño leer. 

los saludos de los pueblerinos y las miradas fugaces de la ciudad 

hablar idiomas que no sé y dar indicaciones también sin saber

las puertas rojas y a él también

sentir lo que piensa

las estrellas y también recordar

imaginar lo que podría haber pasado

mirarme cuando no lo veo porque

mirar con atención 

cómo hablan los gallegos y las caras de los perros feos

los sonidos que no son

Por Pretexto Suárez

los otros

Los otros reían cuando se escondía para evacuar. Pero claro que tenía sentidos, y dejaron de reír luego de que exclusivamente la persona que orinaba en cuclillas regresara al campamento. Unos cuantos silbidos entre ramas y lianas y caer desplomado al barro extranjero, aún con el pene en las manos, vaya forma de morir para los otros. Quizás el precio de visitar voluntariamente el infierno.

Años antes la risa y la burla eran combustible, una forma de justificar más la lucha. La inmadurez desafiante de intentar ser lo que no se es, tal vez. La rebeldía corría en ser par, terminar antes que el resto el entrenamiento, correr más, invocar de forma implícita un juicio por logros.

Igualmente, la historia que se repite en espirales habla de cientos de casos similares. Las reglas de pertenencia enmascaran las de apariencia y así, cabello y busto asumieron con gusto la forma de los otros.

Los otros, de frágiles egos y tosco proceder, embistieron, reacios, de honores a quien paradójicamente sentía el deber como ninguno de ellos. Y si de deber se trata esta historia, aparte de misterios apenas planteados, orgullosamente pidió voluntariamente visitar el infierno.

Pero en este no mundo, todo aquello ya no importaba. No era la primera en la lucha, ni sería la última. Desde lejos reinaba el sentir, el honor, el deber. Todo cambiaría con meses y meses de agua. La humedad, el calor y Charlie corroerían todo deber y todo honor.

Por supuesto que la mente de los otros se cuestionaba los motivos, la juventud de la carne entregada al azar, todo por razón de transformar el pensar de Charlie, esos verdaderos otros. Otros que sin embargo no distinguían la lucha de sus practicantes. Eran todos y no eran nadie, como fantasmas en verde o campesinos inocentes, quien sabe.

Junto al monzón y los sueños de Saigón, fluía el arrepentimiento. Los otros, atrincherados en el barro, cubiertos en su propia peste, buscaban cualquier escape. Sustancias que disfrazaran el infierno terrenal, convirtiéndolos en blanco fácil para Charlie. Y luego dolor, calor y lluvia y humedad.

Terminada la temporada, con fuertes bajas en su haber, comenzarían el escape camuflado de avanzada. El olor espantoso del fuego químico les abriría paso entre naturaleza y humanidad chamuscada, pegajosa. Miedo vomitado y más guerra ensuciada de olor a napalm, darían a entender a los otros presentes en aquel entonces, que ellos y ella y Charlie.

Se oiría un “click” y prácticamente en simultaneo sucedería la sinapsis pertinente. Desde el fémur casi a punto de llegar a la ingle, todo desaparecería. Y el sonido de una explosión la dejaría desangrándose en la jungla.

Tomado de las notas de Cándido Hefesto

Por ojoRojo

ignominia del tiempo

Desperté al sueño en medio de la calle, entre dos semáforos con luz verde. Todo se veía igual a como lo recordaba, excepto por cómo me sentía. Había algo extraño con el movimiento de la tierra, de repente era perceptible. A mi alrededor nadie parecía notarlo, ni siquiera mi acompañante silencioso y malvado. Mis ojos buscaban en los suyos una respuesta y sólo encontraban secretos. Mi acompañante sabía. Ni bien terminé de cruzar la calle el suelo se empezó a mover, vertiginosamente. La tierra comenzó a girar como recién suelta de su amarra, pasando el día y la noche varias veces muy rápido. Este movimiento me hizo descomponer y me tomé del semáforo para sostenerme. En ese instante comenzaron a aparecer en el cielo carteles de neón con publicidades de marcas y redes sociales, seguidas de emoticonos disparados como misiles virtuales desde otros planetas. El cielo se llenó de estas publicidades que cambiaban vertiginosamente como el cielo. En un momento la tierra se detuvo, pero los carteles permanecieron allí.

En el universo los planetas se mueven lento, como canicas mi planeta se acercaba a otros y, cuando se iban a estrellar yo cerraba mis ojos, aguardando el impacto, pero algo los repelía. Al abrirlos podía divisar los techos de otras casas, incluso los rostros asustados de los habitantes de ese mundo. Allí todos se parecían a mí.

Al instante era de día, y yo tenía que ir a trabajar. Solté la columna del semáforo y volví a cruzar la calle que un tiempo antes había cruzado, pero al mover mis piernas noté que faltaba un poco de gravedad. Cada paso que daba demoraba en volver el pie al suelo, sin embargo me apuraba, no tenía reloj pero sabía que estaba llegando tarde.

Al llegar a mi trabajo me sorprendí: era un edificio de color gris cemento, a diferencia de toda la ciudad que era de madera. Al entrar caminé por un pasillo y, de repente, ya no llegaba a trabajar sino a investigar. Me buscaban y la única forma de poder escapar era descubriéndolos.

Por los pasillos me deslicé casi flotando, habían muchas puertas, una al lado de la otra, todas entre abiertas y tras ellas se escuchaba el sonido del sexo apagado.

Al doblar por el inevitable pasillo, una puerta inmensa se irguió frente a mí, con hojas pesadas de madera robusta, empujé una de ellas y al abrirla ví la nada y entendí que ese andar no llevaba a ningún lugar.

Por Víctor Aguerre Quiró

big o’s

Es importante precisar en este punto que no todo es cuestión de coincidencias. Existen ciertos hechos aislados que, a pesar de querer ser atribuídos a una sutil casualidad, se viven y sienten como parte de algo mayor, un plan o camino. Es a partir de esta concepción que asignamos los valores del bien y del mal, lo correcto o incorrecto. Siguiendo esa intuición o separándose de ella.

    Apartándose de estos conceptos unos instantes, sin embargo, rescatamos de los vestigios de sanidad mental remanentes, pensamientos de puro placer. Sensaciones de cuerpos enroscados en hélices helicoidales, que se funden en gemidos ahogados. Un único pilar de chakras, alzándose infinitamente mientras irradia el más claro brillo. Palpita con espasmos de consecuencias interplanetarias, supernovas de la mente que encienden el cuerpo elevándolo. Y en el centro del mismo, hallamos la semilla del poder. Allí se encuentran todas las respuestas, todas las preguntas; el camino, principio y final.

    En ese dionisíaco caos de tumultuosa temperosidad flotan labios desenfrenados que buscan la respuesta de la piel vecina. El universo no existe por fuera de aquello que se alcanza con el tacto. Buscan a tientas en el vacío satisfacer su lujuria, su goce, su ser. Se vuelven una pulsante masa de dedos, lenguas, piernas y labios, que alcanzan poco a poco una estructura primordial. La forma perfecta de la unión que replica todas las uniones. De la vista se prescinde, para expandir en la oscuridad los confines de aquello que quieren volver infinito. Son cuerpos astrales en el principio de los tiempos. Masas de energía pura que flotan en el éter de lo desconocido. No existe un tiempo ni una forma constantes, y redescubren una y otra vez su topografía que cambia constantemente. Con cada caricia, la yema del dedo mapea la geografía a la vez que la cambia y moldea. De la misma manera que un alfarero ciego reconoce dentro de la arcilla la estructura de su obra, y utiliza sus manos para conocer y transformar la masa amorfa que es en un principio.

    Si las mentes, junto con los sentidos, son los artesanos, y el cuerpo o la carne es la arcilla, la semilla contiene entonces el último elemento. Uno nacido de ciclos de fricción, distancia, pulsión, deseos, consumaciones y desenlaces. Los cuerpos ahora conectados generan el objeto mismo de su deseo, anhelando así el calor abrazador que irradian desde su propio centro.

Por Elvis Boransky