El cuerpo se mueve en unas sábanas que antes parecían muertas, se mueven y huelen horrible, a muerte. CO2 mezclado con C9H16O2. Pasado de hora, son más de las cuatro, son las cinco menos cuarto. Ayer salió, fue fuerte, se vislumbra la víspera de un bajón insostenible. Supone que se tiene que levantar, busca su celular. Sin batería. Le duele hasta escuchar el sonido del movimiento de las sábanas, el revoltijo de cables en un proyecto de mesa de luz; enchufa el celular. Encuentra una punta tirada al lado del colchón, nicotina, alquitrán, catecol, marihuana, un respiro de algo ajeno, una pequeña salvada de cabeza, un buen comienzo; ahora a encontrar un fuego. Junta un resto de voluntad, casi un milagro considerando la noche anterior, se para, sale de la cama con el puntón de tabaco y tetrahidrocannabinol, en la boca. En el baño evita el espejo. No quiere ni verse todavía, pero es principalmente la necesidad de erosionar la losa que prima por sobre todo. Minuto, minuto y medio de potente chorro de urea, creatina, sodio, potasio, cloruro, alcohol.
Ya son las cinco, se mira al espejo. Dino, de ojeras de anoche, de labios secos que sostienen sin dificultad el resto del pucho recién encontrado, se ve. Se siente morir, le explota la cabeza. Se insulta a sí mismo en reproche de anoche. Toma la punta de su boca entre los dedos, le sobra práctica. Abre la canilla de la pileta del baño y nada. Insulta a otros ahora. Va para la cocina, en la pileta corre H2O a suerte de Dino, se lava bien mal la cara. La heladera es un desierto, aunque ni tan frío, leche agria y un limón. Prende la hornalla con un encendedor viejo que solo hace chispa, seguido prende la punta. Combustión: primer contraataque verdadero de la fisura, del bajón. No se lamenta, pero no es placentero, un tabaco húmedo inmundo cubierto en morrugas de prensa peores, la punta tapada de chocolate casi no tira.
El celular cargó poco y nada y sin embargo suficiente para hacer el pedido del cóctel. Hoy es de nuevo fuerte. Necesita mucho más de nicotina y tetrahidrocannabinol como para arrancar a encarar la vida. Luego del intercambio de mensajes de texto precariamente codificados con su “agente” de confianza, se hacen las cinco y media. Está hecho el pedido.
Se viste, igual que anoche, solo para comprobar que es inviable, esa ropa huele a resaca y, peor aún, todavía está pegajosa y húmeda. Dino recuerda el enchastre de una mezcla artesanal de cebada, agua, lúpulo y levadura sobre su persona. Vuelve a desnudarse, se quita el pantalón y revisa sus bolsillos, todos; su contenido es evidencia de la noche anterior y al mismo tiempo recurso para la que viene. Hay dinero en efectivo, aunque menos del esperado por Dino. Auriculares, un nudo gordiano como todas las veces. Un par de tarjetas, un llamado a la esperanza financiera. Sorbitol, goma base, maltitol, manitol, xilitol, glicerina, aromatizantes naturales y edulcorantes, en forma de chicles de menta que Dino inmediatamente consume. Papeles varios de mínima importancia a excepción de uno casi milagroso. Uno con restos de C17H21NO4 que no dan para el resfrío, pero que Dino hábilmente chupa y luego frota la lengua con el chicle en sus dientes.
Se vuelve a vestir, un poco más prolijo de lo que desearía, pero es de la poca ropa limpia que queda. Lentes de sol para esconder las ojeras, desenchufa el celular con menos de mitad de batería y sale a la calle. O2 de ciudad, manchado e impuro, pero O2, en definitiva. La primera parada es la farmacia. Ibuprofeno y paracetamol, vitales aliados en la lucha junto con un poquito de H2O para bajarlo. Son más de las seis y la segunda parada es en busca de cafeína para llevar.
Ya algo recuperado y sintiéndose más persona, la tercera parada es en la segunda “farmacia” a levantar el pedido. Saca del bolsillo su celular con cuarto de batería, son cerca de las siete y como siempre fiel al cliché, el “agente” se hace esperar. Tiempo para que Dino consuma un poco de nicotina, alquitrán, tabaco, amoniaco, monóxido de carbono, cianuro de hidrogeno y mercurio en forma de cigarrillo, regalo forzado de un peatón.
Dino lo ve llegar pasadas las siete y media, comparten un pequeño armado de tetrahidrocannabinol como es tradición para sellar la transacción y parten hasta nuevo aviso.
En un local de comida rápida entre proteína, azúcar, masa y grasa, aprovecha a cargar un poco su celular y a revisar el botín recientemente obtenido. Diez gramos de C21H30O2, un gramo de C17H21NO4, una pastilla de C11H15NO2 y una C20H25N3O.
Son ocho y diez y hace frío. Dino sabe que tiene al menos una hora y media para llegar a la previa. Corta el pequeño cartoncito con cuidado y toma un cuarto. En la parada de autobuses, pide otro tubito de químicos para fumar, pero se lo niegan, alegando ser el último en el haber del consultado. Los cuarenta minutos de autobús se le hacen eternos. Vidrios empañados de CO2 ajeno y condenado a escuchar conversaciones taladrantes por tener poca batería en el celular. Y, por si fuera poco, la resaca sigue allí detrás, amenazante con cada curva del vehículo. Al bajar el O2 frío lo impacta positivamente, así como definitivamente el cuartito de C20H25N3O. camina lento pero contento lo que le parecen horas. Llega a la previa cerca de las diez.
Cerveza, marihuana, whisky, cocaína…amigos. Y todo más bien rápido porque la entrada a la fiesta se corta a la madrugada. Dino aprovecha el poco rato para cargar un poco su celular. Antes de salir otro cuartito de dietilamida de ácido lisérgico, por supuesto, y, de paso, uno de sus amigos está generoso con sus metanfetaminas en forma de cristales, aunque es más bien tacaño en su generosidad. Apenas vestigios de C11H15NO2 en el dedo meñique de Dino. Toman sus pertenencias, un par de litros de bebida fermentada de cebada y un armado de tabaco, marihuana y copos de cocaína, para el corto viaje a pie hasta la fiesta.
Dino y sus amigos llegan justo a tiempo a la entrada, un galpón gigantesco convertido en discoteca exótica. Un hormiguero humano entregado al disfrute de lo que posiblemente pueda ser denominado contaminación sonora. Luego de un largo trayecto de roces e intercambio de sudores a tiempo con la música, Dino logra ingresar en una sala VIP, donde sí existe O2 entre la gente. Una botella de champagne entre varios amigos se consume a altas velocidades. Dino mira su celular, todavía no son las dos, decide ir a la barra de la sala por una segunda botella. Pasa la tarjeta de crédito, sabe que no tiene sentido, pero la siente más liviana. Pide a la chica en la barra poner a cargar su celular y de paso que anote su número en él. Ella sonríe solamente mientras enchufa el aparato.
A mitad de la segunda botella de vid fermentada y gasificada, es tiempo de su pastilla de C11H15NO2.
El éxtasis lo invita a moverse. Sale de la sala a chocarse con el vulgo. Cloruro sódico y ácido láctico propio y ajeno se entremezclan en el desenfreno común. Al poco tiempo, Dino necesita H2O, consigue sin embargo unos tragos de un combinado de vodka y bebida energizante, alcohol, taurina, cafeína, sacarosa y sí, algo de H2O.
Apenas diez o quince minutos más tarde recuerda, en pleno goce extático, que en su bolsillo aún tiene medio cartoncito de C20H25N3O. Se propone entonces apartarse del entrevero de cuerpos hacia un rincón con sillones que parece designado para dichos honores. Se sienta junto a lo que parece un cadáver femenino, pero este despierta al sentir el contacto de Dino. Ella observa como él produce el diminuto cartón y, antes de que Dino lo consuma, lo detiene. Dino se sorprende, pero aprecia el contacto físico. Intrigado, acerca su perfil para escucharla. Ella le propone un trueque, su papel por un retazo de bolsa de nylon conteniendo un polvo blanco. Siendo casi las tres, Dino ya no conoce el “no” y comienza a abrir feliz la bolsa mientras la observa a ella perderse entre las hormigas. Toma su tarjeta de crédito y con un extremo recoge la C13H16NCIO en polvo. La inhala de una violenta aspirada. Segundos después colapsa en el sillón. Luego de un minuto sus pupilas se extravían detrás de su cabeza al tiempo que su boca tensa comienza a segregar espuma blanca. El cuerpo de Dino se retuerce velozmente unos segundos antes de detenerse definitivamente. Su celular en la sala VIP tiene carga completa.
Tomado de las notas de Cándido Hefesto.
Por Ojo Rojo