–Te cuento esto porque a menudo me duele el pecho.
Es un latir punzante y profundo que con el tiempo he aprendido a reconocer. Logré desentrañar el misterio de ese extraño dolor, y ahora lo llevo conmigo como un viejo compañero que me recuerda quien soy en realidad. Me he acostumbrado; cuando aparece, me susurra su presencia y en ese instante pienso en él. Su recuerdo se vuelve cercano, cálido, casi tangible, y me envuelve una calma inesperada. Entonces, como si entendiera, el dolor se detiene.
–Te lo cuento así porque sé que tú me entenderás.
Qué extraño es habitar un cuerpo anclado mientras la mente vaga lejos, en un lugar que no alcanzo con las manos. Lo llaman disociación, pero para mí es más bien un estado vital, un tránsito sin destino ni cura aparente. O tal vez sí tenga remedio, aunque prefiero no buscarlo. Si emprendo esa búsqueda, la del antídoto que me reconcilie conmigo misma, sé que lo hallaré muy lejos, al otro lado de un océano inmenso. Galones de agua nos separan, una distancia que no sé si estoy preparada para cruzar.
Y así pasan los meses, y a ratos me siento vacía, como un eco en la ciudad más grande del mundo, esa ciudad inmensa y desquiciada que me abraza y me consume. Quizá esta locura que me atraviesa, efímera pero feroz, sea el reflejo perfecto del lugar al que, sin razón alguna, decidí mudarme un día cualquiera. ¿Qué hago acá? Me pregunto, y me contesto en un susurro: acá, no aquí. Porque el aquí lo abandoné. Yo estoy acá, tú estás allá, en algún rincón donde el tiempo se detuvo.
–Ahora le hablo a él. Sí, a ti.
Los días pasan y yo vivo mientras espero. Espero noticias tuyas, esas señales tontas y secretas que solo nosotros comprendemos. Y cuando llegan, el pecho me duele otra vez, ese dolor punzante y familiar que me calma tanto como me hiere. Porque aunque ahora seas solo un espejismo, alguna vez fuiste real. No sé si lo serás otra vez. Y entonces, como siempre, vuelve el dolor.
–Debes estar pensando que estoy loca, que pare ya todo esto. Te entiendo.
Siempre he creído en las señales, en las piezas de un destino que juega con nosotros desde lo alto, como si los planetas se divirtieran manejando nuestras vidas mientras yo, incapaz de planear nada, dejo que ellos lo hagan por mí. Lo nuestro no fue azar; tenía que suceder. Yo debía regresar a ese lugar y tú estabas destinado a descubrirlo de mi mano. Reconócelo: te hice reír, te llevé por rincones que nunca habrías encontrado, te mostré la ciudad más hermosa que he conocido. Nuestro pequeño refugio era un oasis neutro y sin palmeras, una tierra apartada del mundo, una habitación con vistas al mar donde aprendí todo lo que necesitaba saber de ti. Juro que en ese momento no quería saber más.
Lo que no sabía entonces era que estábamos abriendo una puerta, una que no se cerraría tan fácilmente. No era sólo el deseo acumulado entre miradas furtivas y risas contenidas durante esos ajetreados días bajo el sol ardiente. Lo supe desde el principio, aunque no imaginé que volveríamos a tropezar, ni que ese encuentro plantaría en mí esta necesidad constante que arrastro desde hace un año.
–Si yo sólo quería salir una noche a bailar.
Entonces, al aterrizar —alunizar— en nuestra rutinaria realidad, mantener la compostura era casi un acto de malabarismo, y esos mensajes inocuos, llenos de silencios entre líneas, escondían un torbellino de emociones que nunca dijimos en voz alta. Después llegó el vacío, la espera, lo que creí que sería el final de una historia de amor para recordar con nostalgia cuando los años me hicieran más sabia. Pero no. La puerta seguía abierta, entreabierta, su oscuridad esperándonos, siempre lista para nosotros.
Cada tanto, una ráfaga de viento húmedo la empuja y la abre de nuevo. Y volvimos allí, al lugar donde todo empezó. Sin movernos de nuestro escondite, hicimos viajes que desdibujaron las fronteras del mundo. Nada malo hicimos, ¿verdad?
Te digo. Y ahora estoy de nuevo aquí, en este lado del planeta donde una vez te conocí, mientras tú sigues allá, en tu particular escenario que nada se parece al mio. ¿Qué hacemos? Me lo pregunto mientras la espera se convierte en mi única certeza. Te pienso, te extraño, te siento. Pero ya no existes. Sólo sobrevives en mis recuerdos, en mensajes bonitos olvidados en cajones cerrados. Me prometiste la luna, me pediste que me casara contigo y fantaseamos con un futuro juntos; y aún así, aquí estamos, separados por la vida que no compartimos.
Mi llave quedó allá, la que usarás sin reparo si hiciera falta. No te preocupes, no sé cerrar esa puerta. Pero, ¿quién puso esa puerta? ¿Por qué sigue abierta? El cuarto permanece oscuro, como si aguardara por nosotros.
–¿Sabes que hizo una copia de la llave y todo?
Abrimos una puerta que no sabemos cerrar.
Por Sara Mars