todo lo recuerdo

¿Por qué escriben ustedes?
Yo no sé
del incontenible flujo
sólo actúo en el momento justo
como zambullirse en el mar
para salir y mirar
a la poesía ancha como él
mirarla
con igual respeto.

Muchos le temen
otros viven
en su borde sin miedo
a la marea
poesía luna
sin miedo los cielos
se mueven
las mareas te invaden
puta poesía
tan queriendo nacer
tan buscando la luz
como la ola que rompe
como la huella
que nunca será borrada
firme como una palabra
manifiesta
evidente
y secreta.

Todo lo recuerdo
como atrás del cielo
no encerrado
libre
no situado
libre
libre la vida
la poesía libre
la puta poesía no es otra cosa
que la vida
libre.

Por Sara de Barro

fuga de gracia

Mujeres de hombros redondeados
con el pelo lloviendo hasta el ombligo
con manos huesudas
duermen en cabañas de madera
en medio de bosques
y es verano,
cuando el aire huele a limón
y a ciprés.

Hombres usan sus hombros en autos
que los llevan a lo que no quisieron
pero quieren creer que sí
y quieren convencerte a ti
de que quisieron
y no tienen vergüenza del miedo
pero ése es el color de su vida.
Cuidado. Son peligrosos.
Quieren atropellarte.

Pero, ¿quién habla?
La voz de farol
una estrella en la niebla
que empaña tu ventana.

Una visita milagrosa
que no viste venir
igual que tu nacimiento.

Un destello inútil
tan bello
que pasa desapercibido.

Un río de palabras
tan fresco
que podrías renacer
y vivirlo todo de nuevo.

Mujeres. Hombres. Estrellas. Ríos.
Nos extraño en un recuerdo
que no me pertenece.

Por Sara de Barro

¿qué?

Y la música es el aire,
mi imaginación desmaya.
El amor cambia tu vida,
los mundos toman forma.
El vacío donde las cosas ocurren
de la eternidad pasada,
de ese lugar. Los ecos casi inaudibles.
El polvo todavía flotando en el aire
de pasar melancólico del tiempo.
Ajenas. En las paredes despintadas,
en los párpados y en las pupilas
que vuelve en los lugares,
que vuelve en fotos
donde con ella tropecé.
Recordamos juntos el camino
y veo su sombra al atardecer
y ese día anda conmigo
y dejo que me acaricie la cara.
Que subo al cielo.
A veces sueño que me acerco,
siempre sobre mí.
Como una estrella
y así llegué hasta aquí.
Quise seguir adelante,
lo más brillante que vi.
Ese amor como una estrella
siempre sobre mí.

Por Sara de Barro

inventario

Veredas, muchas veredas.

Cuadras largas y cansadoras.

Suelas chatas y piedras. 

Los perros son personas que aman.

Chimeneas. Estaciones.

El ruido constante de motores en la avenida.

Gatos exploradores. Gatos que se asoman desde las altas ventanas de los apartamentos. 

Casas. Casas nuevas, casas viejas. Edificios nuevos. Potencialmente feos.

Casas. Casas viejas, abandonadas, ideas vencidas de otro tiempo. Obsoletas. Despreciadas. Destruidas. Bellas. Las casas viejas son personas que aman. Las personas no suelen amar en estos tiempos. Las personas suelen construir casas nuevas, casas sin alma, y ni siquiera respetar a las casas viejas, sino construirles encima. Un acto simbólico de territorialidad, injusto y prepotente.

Gente que camina sonriente. Gente que arrastra las piernas. Gente que llora mientras camina. Gente que baila mientras camina. Mucha gente y muy distinta todos los días. Ramificaciones de historias y experiencias y universos que coexisten en estas calles.

Olores. A comida amorosa, a pichí amargo, a hollín asesino, a néctar dulce en la primavera frondosa. 

Monumentos, recuerdos, visiones de otro tiempo. A la ciudad le pasa el tiempo como a las personas. Hay ciudades que aman y otras que no. Las ciudades tienen un espíritu, ¿cómo es el de la mía?

Una ciudad de contrastes. Con cicatrices que delimitan zonas. Extensa, enorme. Con gente por todas sus partes. 

Árboles, flores, arena, mar, cantegriles, shoppings, arroyos. Cantegriles de algunos kilómetros cuadrados, atravesados por rutas. Cantegriles de una veintena de casas, al borde de un arroyo, en un parque arbolado, muy lejos del Centro. Las lucecitas colgando al viento. Shoppings que apagan el alma, aunque sea por un rato. Un cerro y un cerrito que se miran cómplices.

Casas. Casas con patios, con árboles, huertos. Perros. Perros en casa, perros en apartamento, perros en calle. Personas en calle. Muchas, revolviendo la basura, buscando algo para comer. Miseria, problemas, dificultades, burocracia, resentimiento. Personas abandonadas por las demás. Otras que se abandonan a sí mismas. Como las casas viejas, recicladas o derrumbadas. 

El aire salobre atravesado por pensamientos y ondas de radio. Los cuartos viciados de internet. La gente que no sabe qué hacer. Qué hacer con su tiempo, qué está bien y que está mal. La gente somos unos ignorantes. Qué le vamos a hacer.

Un mar vasto, muchas plantas y mucho caos. Estaciones muy definidas pero sin nieve. Geografía ondulada y con arroyos. Toda construida tal cual un prodigioso hormiguero, que penetra en el mar tímidamente, con sus puntas de rocas.

Y gente, todo el tiempo gente, que prefiere no mirarse. 

Por Sara de Barro

abrazo de los peregrinos

A la llegada del lucero

dormimos en el valle, 

un hotel de mil estrellas.

El río lamía las heridas de guerra.

Amores pasados sonreían en lo alto.

Abajo la sinfonía nocturna

de luciérnagas vagabundas

y de hojas que sudan 

el verano en rocío.

Rodeados de testigos

hicimos el amor

mientras el río

con cristalino rumor

nos recordaba 

que el tiempo no espera

y aquella historia nuestra

un milagro del encuentro

entre dos almas humanas.

El recuerdo es un destello

en esta noche estrellada.

Por Sara de Barro

mundo roto

Las nubes pasan raudas

sobre la plaza central,

tratando de ocultarte,

bella luna de cal.

Deslizó tu miel

la tormenta del tiempo

y desnudó el viento

nuestra pura soledad.

Oigo tu voz en la línea

y me parece mentira

tu tortura de placer.

Quiero olvidarte y no puedo,

heroína de mis sueños,

noche el frío amanecer.

Por Sara de Barro

amapola

Flor de paleta fatal,

de tallo tostado

y pétalos de plástico rojo

que son para mi lengua como la sal.

Tu voz vibrante de oboe,

dulce y peligrosa,

encantadora de serpientes,

cadena de rapaces voladoras.

Tu voz sola, sobre los envidiosos violines.

No existe orquesta que la dome,

ni laberinto que le marque el rumbo.

Y no puede ser sujetada

para el consumo de los oscuros cines.

Por Sara de Barro

horóscopo

Diría que eres un tigre.

Mirándome con tus ojos,

como dos monedas brillando

al fondo de las gruesas hojas.

Y cuando el rumor líquido

te orientara al bajofondo del río,

se iría contigo mi peligro

mas yo te seguiría.

Eres un tigre hambriento

que se rehúsa a comer,

no es el hambre sino la gloria

para ti el amanecer.

Gloria.

Conmigo temes perderla

y con ella a tu memoria.

Yo como sea te sigo

corriendo palmas y espinos

sin faltar nunca tu vista.

Voy cautivada en el albor anaranjado

que refleja nuestros pelajes helados.

El mundo cabe en un pensamiento.

Pisadas tibias en el barro denso.

Me agacho a beber y te miro

sin simulacros ni tensión.

Arrogante y cruel,

culpable de tu sino.

La terrible violencia de esos ojos.

Estoy preparada para todo.

Por despiadados que sean los embistes,

desde el abismo de los tiempos resisto.

Duermo tranquila bajo llorones cielos tristes

porque fueron tus huesos los que reclamó el río.

Por Sara de Barro

breve rutina matinal

Nubes bajas en las plazas anunciando el día.
Esferas brillantes de los faroles, constelación eléctrica
que proyecta mis ocho sombras en las estatuas y esquinas.

Apuro el paso hacia la oscura galería,
infestada de putrefacción nocturna.
Me arrojo sobre la puerta y esquivo
al graso portero de turno.
Llego a la escalera.
Huelo sangre bajo el sobretodo negro.

En la alta cumbre entro a mi guarida
poseída de su silencio eterno.
Las luces de la ciudad se atomizan de humedad.
Me sereno a esperar otra noche de soledad.

Por Sara de Barro

candela portuaria

Llegué al continente nuevo,

procuré un guía ciego.

Yo redactaba epitafios.

Tropezamos por los desiertos.

Me sublevé a tu boca y partí.

La Isla de Flores, leviatán de roca,

sólida sombra purpúrea

al fondo del horizonte carmesí.

Poetas de la muerte en el río mar negro.

Amanecer nebuloso en el agua espejada.

Dejamos atrás ciudades doradas,

y habitaciones aterciopeladas.

Demoré una mirada en el último campanario.

Cuando me di cuenta ya no había nada.

El río mar y el alba ruborizada.

Por Sara de Barro

febrero familiar

Era tarde para mi hermano,
iris fundido en un sueño africano.
La fiebre es púrpura, hirviente fibra,
las tablas temblaron, la quietud viva
fue la pausa de los vivos y, animada,
la ignorada materia vibró afanada.

Noche de luna
arábiga duna,
obra del viento y de la bruma.
La desciendo y deformo.
La arena de huellas adorno.
Mis pies son los de un viejo
que camina solo los cerros de oro.

Mi hermano vuela y es tarde.
Lo arrullan sábanas que arden.
Sumerge un pie en el arroyo,
El agua oscura, el monte criollo.

¿Olvidaste, hermana, aquellos juegos primitivos?

Miro furtiva sus ojos hondos,
recuerdo el profundo azul redondo.
Implacable arruga, como un río,
Hija de un deseo oscuro y frío.
Apenas chispas en las ventanas,
también azul es su estela helada.

Consume ya esa tristeza y abandona el gris abrigo.

Por Sara de Barro

miau

Negro pantano, alta montaña.

Bajo tu sombra durmieron

los anarquistas de España.

Oh, montaña, negro pantano.

Aún devuelves el eco

de perseguidos yugoslavos.

Echado en una roca, junto al mar amarronado.

Miro fijo al horizonte, a donde se fue mi humano.

Las nubes como heridas en el mar atigrado

semejan mi pelaje, negro, gris y anaranjado.

Hace soles que lo espero,

Con el creer sincero

De que por ahí ríe.

Me sumerjo en el recuerdo

Claro y profundo

Y mi humano ríe,

A pesar del mundo.

Quieto y sereno, parpadeando lento,

Pienso en mi humano, que era un niño.

Extasiado y rabioso en el vapor violento.

Golfo tropical,

la muerte no está mal,

si me lleva a tu dulce aullido irreal.

Valle divino,

la muerte sobrevino

en el crepúsculo rodeado de asesinos.

Llanura desnuda,

y en la sorda tierra dura,

mi divino hermano en su eterna tumba.

Por Sara de Barro

crítica cítrica

Las yemas no peinan el terciopelo
Una fina película de aire siempre separa las cosas.
Desde mi butaca veo las luces bajando del cielo.
En las iluminadas tablas, cuerdas y dedos no se tocan.
Los mensajeros divinos bajo la mirada de Ella
Yo en la penumbra, como la muerte los observo
Una jueza invisible con el poder supremo
De acabar con todo como una diosa en su templo.

En el árido paisaje de un continente austero,
Sólo las tablas y yo, las luces, los mensajeros,
Las hambrientas arpías se preguntaban cuándo
Daría mi veredicto para al fin verlos marchando
A encontrarse con la irreversible en el paraje lejano
Bajo la vaporosa luz del teatro extraño,
Levantado del aire en algún rincón del llano.

Ni se miraban ya, sudorosos como estaban.
Agitados y mojados, vieron a su tierra y a su casa.
Y yo que me aburría, impaciente y ya cansada
Nunca tuve compasión, di la orden esperada.
Como del cielo una espada, cayó la maldición
Y sin entrar en razón, tumbáronse como manzanas,
Con la mirada perdida en algún mar de la luna.

Tras un chasquido de mis dedos, de repente no había nada.

Por Sara de Barro

domingo

1.

Olí oxidadas lanzas en sueños
Y desperté bajo el enfermo olivo
En el desierto hediondo de hierro
Contra sol arena y árbol espejismo.

Ascendió un solitario guerrero
De azaroso y cruel instinto.
Viéndome inmóvil del veneno
Se acercó y me hundió un cuchillo.

En mi garganta el helado filo
El flujo tibio, el agua en vino,
La arena en agua, el rayo en trueno.

Entre risas huyó el asesino,
Pero de mi puño un bronce pulido
Fue a dar en su lomo y así culminó el sueño.

Por Sara de Barro