Vizconde de Tartas en Aquitania, al sur oeste de París. Hijo legítimo de la casa de Borbón, primo cercano de su majestad Luis XV. Disfrutaba de los excesos de vida en la corte del bien amado. Era joven, bien parecido y con la astucia veloz y voraz de una adolescencia intacta. Sus manos pálidas, frágiles, puras; desconocían por completo la rutina del trabajo innoble. No, su habitar era el palacio, los banquetes, lujuriosos bacanales inundados de pomposa abundancia. Los jardines reales, laberintos de prendas desvestidas usurpando prado, flores y frutos. Los sexos expuestos a la intemperie, correteando pudorosos mas impulsivos en un torbellino de inconciencia social; como si supieran que los errores no serían pagados sino por la próxima corona.
Su arreglo matrimonial con Luisa María Adelaida de Borbón, conocida como Mademoiselle de Ivoy, existió lo suficiente como para construir la fachada de noble indudable. Ambos infantes y primos lejanos unieron lazos reacios, obligados por un desacuerdo que no les incumbía, por la simple excusa de no haber nacido. Mas los conspiradores, no contaron con el ingenio de la pubertad presionada a complacer; María Adelaida, cortóse detrás de una oreja y manchó de sangre las sábanas blancas. Así, el matrimonio jamás fue consumado. No, ambos escaparon a sus vidas separados, excepcionalmente jubilosos de no engendrar descendencia. Con su joven marido ya instalado en la corte parisina, Mademoiselle de Ivoy abandonó Aquitania dejando a Tartas sin su vizcondesa, para convertirse en Mademoiselle de Penthièvre, luego en duquesa de Chartres y más tarde cambiaría su piel nuevamente para morir en la de duquesa de Orleans.
Merecedor de elogios por su refinada etiqueta, las fechorías tras bambalinas del vizconde eran quizás más aclamadas. Educado para aparentar, como todos según su explícito mandato, presentaba su figura en los más respetables recintos y arruinaba sus exquisitos peluquines en los más deplorables burdeles. Gozaba entonces de los privilegios nobiliarios, mas no censuraba su paladar rechazando los placeres de los universos mundanos. No, visitó aposentos de baronesas y sus hijas, de madamas y golfas, de jóvenes príncipes y hasta procuró recibir en su lecho a un particular y robusto mosquetero real. Era por supuesto, partidario del buen vino, el queso y el pavo, de la repostería, de la sidra fría. Un dulce coñac junto a un fuego en ocasos invernales, todo festín apreció en justa medida, lubricando su lengua y su tripa para posteriores quehaceres. Pero como tantos hombres envenenados por la oscura mancha del vicio indecente, el demoniaco juego era su debilidad.
Las apuestas, las cartas, los caballos, el azar. Su aliado o su enemigo condujo esa delgadísima línea entre el éxito y el fracaso. Lo cierto es que supo ser muy valiente para medir su suerte, un rasgo inmaduro propio de un corazón impulsivo; obviamente negativo para la tarea en mano. Pero jamás le interesó que las damas vencieran a los valets, ni mucho menos el metal derrochado. No, el envión adrenalínico en lo previo era su afán, la incertidumbre. Tantas noches preparó en su mente la pócima de la bebida espirituosa fusionada con la placentera endorfina del vencedor. Mas tantas otras deambuló borracho y desnudo por callejones parisinos evocando la misma peste que los rincones alojaban. Pronto el Vizconde de Tartas se encontró con una desconocida especie de limite, la bancarrota.
Hábil para enmascarar su desdicha, contrajo puñados de mal intencionados favores, prestamos, pagarés; detrás del telón, la maraña de deuda se acumuló por sobre sus encantos. Resultó imposible descartar la prudencia de un alma desvergonzadamente desmesurada, simplemente por la carencia de un compás de sensatez. No, amparado por su reflejo en sociedad, logró enmarcar su honor con decoradas falacias. Mas los honores ajenos marchitaron con el cúmulo de deberes económicos. Incapaz de solventar su suerte, utilizó la etiqueta y su privilegio anatómico para abonar sus compromisos, batióse a duelo en reiterados saldos de honores y así consiguió postergar sus deudas. Aquellos rituales prohibidos por ley convinieron al joven al retraso clandestino de las culpas del azar divino. Con espadas era astuto y sagaz, capaz de lograr primera sangre y de ser necesario colocar su cuerpo para recibir heridas insignificantes. Con pistolas, procuraba cumplir el pacto, una formalidad para quienes en otro caso no contaran con la destreza que exigía la rapière.
Un veintisiete de marzo de mil setecientos setenta y cuatro, el joven Vizconde de Tartas de nombre Julian, se enfrentó a duelo con pistolas a las afueras de Paris. Su oponente era un obeso y rico mercader oriundo del puerto de Le Havre. Intercambiaron bofetadas junto a cuidadosos insultos luego de una partida de naipes; y, así sellaron sus suertes formalmente, coordinando restituir honores. Al final fueron sino meras formalidades, diez pasos de distancia a cada lado, apuntar, disparar. Uno ileso y el otro recibió un impacto en la ingle. Los segundos padrinos del duelo tan solo intercambiaron injurias. Restauraron sus reputaciones y bebieron forzando un brindis, el coñac más refinado del mercader.
El resto de plomo alojado en la ingle del joven infectó su pierna, su vejiga y testículos. Caminar se sintió un recuerdo lejano apenas una semana después del duelo. Orinar la tortura diaria cual castigo de Prometeo. El sudor frío y la fiebre hirviente terminaron por devastar su cuerpo que ya no comía, que ya no bebía. Murió un diez de mayo ignorado, solo. No, el inolvidable funeral ese mismo día fue sino para su primo, el rey, quien fue victima de su tiempo y tomado por la viruela.
Tomado de las notas de Cándido Hefesto.
Por ojoRojo