caprichos

Vizconde de Tartas en Aquitania, al sur oeste de París. Hijo legítimo de la casa de Borbón, primo cercano de su majestad Luis XV. Disfrutaba de los excesos de vida en la corte del bien amado. Era joven, bien parecido y con la astucia veloz y voraz de una adolescencia intacta. Sus manos pálidas, frágiles, puras; desconocían por completo la rutina del trabajo innoble. No, su habitar era el palacio, los banquetes, lujuriosos bacanales inundados de pomposa abundancia. Los jardines reales, laberintos de prendas desvestidas usurpando prado, flores y frutos. Los sexos expuestos a la intemperie, correteando pudorosos mas impulsivos en un torbellino de inconciencia social; como si supieran que los errores no serían pagados sino por la próxima corona. 

Su arreglo matrimonial con Luisa María Adelaida de Borbón, conocida como Mademoiselle de Ivoy, existió lo suficiente como para construir la fachada de noble indudable. Ambos infantes y primos lejanos unieron lazos reacios, obligados por un desacuerdo que no les incumbía, por la simple excusa de no haber nacido. Mas los conspiradores, no contaron con el ingenio de la pubertad presionada a complacer; María Adelaida, cortóse detrás de una oreja y manchó de sangre las sábanas blancas. Así, el matrimonio jamás fue consumado. No, ambos escaparon a sus vidas separados, excepcionalmente jubilosos de no engendrar descendencia. Con su joven marido ya instalado en la corte parisina, Mademoiselle de Ivoy abandonó Aquitania dejando a Tartas sin su vizcondesa, para convertirse en Mademoiselle de Penthièvre, luego en duquesa de Chartres y más tarde cambiaría su piel nuevamente para morir en la de duquesa de Orleans.

Merecedor de elogios por su refinada etiqueta, las fechorías tras bambalinas del vizconde eran quizás más aclamadas. Educado para aparentar, como todos según su explícito mandato, presentaba su figura en los más respetables recintos y arruinaba sus exquisitos peluquines en los más deplorables burdeles. Gozaba entonces de los privilegios nobiliarios, mas no censuraba su paladar rechazando los placeres de los universos mundanos. No, visitó aposentos de baronesas y sus hijas, de madamas y golfas, de jóvenes príncipes y hasta procuró recibir en su lecho a un particular y robusto mosquetero real. Era por supuesto, partidario del buen vino, el queso y el pavo, de la repostería, de la sidra fría. Un dulce coñac junto a un fuego en ocasos invernales, todo festín apreció en justa medida, lubricando su lengua y su tripa para posteriores quehaceres. Pero como tantos hombres envenenados por la oscura mancha del vicio indecente, el demoniaco juego era su debilidad.

 Las apuestas, las cartas, los caballos, el azar. Su aliado o su enemigo condujo esa delgadísima línea entre el éxito y el fracaso. Lo cierto es que supo ser muy valiente para medir su suerte, un rasgo inmaduro propio de un corazón impulsivo; obviamente negativo para la tarea en mano. Pero jamás le interesó que las damas vencieran a los valets, ni mucho menos el metal derrochado. No, el envión adrenalínico en lo previo era su afán, la incertidumbre. Tantas noches preparó en su mente la pócima de la bebida espirituosa fusionada con la placentera endorfina del vencedor. Mas tantas otras deambuló borracho y desnudo por callejones parisinos evocando la misma peste que los rincones alojaban. Pronto el Vizconde de Tartas se encontró con una desconocida especie de limite, la bancarrota. 

Hábil para enmascarar su desdicha, contrajo puñados de mal intencionados favores, prestamos, pagarés; detrás del telón, la maraña de deuda se acumuló por sobre sus encantos. Resultó imposible descartar la prudencia de un alma desvergonzadamente desmesurada, simplemente por la carencia de un compás de sensatez. No, amparado por su reflejo en sociedad, logró enmarcar su honor con decoradas falacias. Mas los honores ajenos marchitaron con el cúmulo de deberes económicos. Incapaz de solventar su suerte, utilizó la etiqueta y su privilegio anatómico para abonar sus compromisos, batióse a duelo en reiterados saldos de honores y así consiguió postergar sus deudas. Aquellos rituales prohibidos por ley convinieron al joven al retraso clandestino de las culpas del azar divino. Con espadas era astuto y sagaz, capaz de lograr primera sangre y de ser necesario colocar su cuerpo para recibir heridas insignificantes. Con pistolas, procuraba cumplir el pacto, una formalidad para quienes en otro caso no contaran con la destreza que exigía la rapière.

Un veintisiete de marzo de mil setecientos setenta y cuatro, el joven Vizconde de Tartas de nombre Julian, se enfrentó a duelo con pistolas a las afueras de Paris. Su oponente era un obeso y rico mercader oriundo del puerto de Le Havre. Intercambiaron bofetadas junto a cuidadosos insultos luego de una partida de naipes; y, así sellaron sus suertes formalmente, coordinando restituir honores. Al final fueron sino meras formalidades, diez pasos de distancia a cada lado, apuntar, disparar. Uno ileso y el otro recibió un impacto en la ingle. Los segundos padrinos del duelo tan solo intercambiaron injurias. Restauraron sus reputaciones y bebieron forzando un brindis, el coñac más refinado del mercader.

El resto de plomo alojado en la ingle del joven infectó su pierna, su vejiga y testículos. Caminar se sintió un recuerdo lejano apenas una semana después del duelo. Orinar la tortura diaria cual castigo de Prometeo. El sudor frío y la fiebre hirviente terminaron por devastar su cuerpo que ya no comía, que ya no bebía. Murió un diez de mayo ignorado, solo. No, el inolvidable funeral ese mismo día fue sino para su primo, el rey, quien fue victima de su tiempo y tomado por la viruela.

Tomado de las notas de Cándido Hefesto.

Por ojoRojo

cóctel

El cuerpo se mueve en unas sábanas que antes parecían muertas, se mueven y huelen horrible, a muerte. CO2 mezclado con C9H16O2. Pasado de hora, son más de las cuatro, son las cinco menos cuarto. Ayer salió, fue fuerte, se vislumbra la víspera de un bajón insostenible. Supone que se tiene que levantar, busca su celular. Sin batería. Le duele hasta escuchar el sonido del movimiento de las sábanas, el revoltijo de cables en un proyecto de mesa de luz; enchufa el celular. Encuentra una punta tirada al lado del colchón, nicotina, alquitrán, catecol, marihuana, un respiro de algo ajeno, una pequeña salvada de cabeza, un buen comienzo; ahora a encontrar un fuego. Junta un resto de voluntad, casi un milagro considerando la noche anterior, se para, sale de la cama con el puntón de tabaco y tetrahidrocannabinol, en la boca. En el baño evita el espejo. No quiere ni verse todavía, pero es principalmente la necesidad de erosionar la losa que prima por sobre todo. Minuto, minuto y medio de potente chorro de urea, creatina, sodio, potasio, cloruro, alcohol. 

Ya son las cinco, se mira al espejo. Dino, de ojeras de anoche, de labios secos que sostienen sin dificultad el resto del pucho recién encontrado, se ve. Se siente morir, le explota la cabeza. Se insulta a sí mismo en reproche de anoche. Toma la punta de su boca entre los dedos, le sobra práctica. Abre la canilla de la pileta del baño y nada. Insulta a otros ahora. Va para la cocina, en la pileta corre H2O a suerte de Dino, se lava bien mal la cara. La heladera es un desierto, aunque ni tan frío, leche agria y un limón. Prende la hornalla con un encendedor viejo que solo hace chispa, seguido prende la punta. Combustión: primer contraataque verdadero de la fisura, del bajón. No se lamenta, pero no es placentero, un tabaco húmedo inmundo cubierto en morrugas de prensa peores, la punta tapada de chocolate casi no tira.

El celular cargó poco y nada y sin embargo suficiente para hacer el pedido del cóctel. Hoy es de nuevo fuerte. Necesita mucho más de nicotina y tetrahidrocannabinol como para arrancar a encarar la vida. Luego del intercambio de mensajes de texto precariamente codificados con su “agente” de confianza, se hacen las cinco y media. Está hecho el pedido.

Se viste, igual que anoche, solo para comprobar que es inviable, esa ropa huele a resaca y, peor aún, todavía está pegajosa y húmeda.  Dino recuerda el enchastre de una mezcla artesanal de cebada, agua, lúpulo y levadura sobre su persona. Vuelve a desnudarse, se quita el pantalón y revisa sus bolsillos, todos; su contenido es evidencia de la noche anterior y al mismo tiempo recurso para la que viene. Hay dinero en efectivo, aunque menos del esperado por Dino. Auriculares, un nudo gordiano como todas las veces. Un par de tarjetas, un llamado a la esperanza financiera. Sorbitol, goma base, maltitol, manitol, xilitol, glicerina, aromatizantes naturales y edulcorantes, en forma de chicles de menta que Dino inmediatamente consume. Papeles varios de mínima importancia a excepción de uno casi milagroso. Uno con restos de C17H21NO4 que no dan para el resfrío, pero que Dino hábilmente chupa y luego frota la lengua con el chicle en sus dientes.

Se vuelve a vestir, un poco más prolijo de lo que desearía, pero es de la poca ropa limpia que queda. Lentes de sol para esconder las ojeras, desenchufa el celular con menos de mitad de batería y sale a la calle. O2 de ciudad, manchado e impuro, pero O2, en definitiva. La primera parada es la farmacia. Ibuprofeno y paracetamol, vitales aliados en la lucha junto con un poquito de H2O para bajarlo. Son más de las seis y la segunda parada es en busca de cafeína para llevar.

Ya algo recuperado y sintiéndose más persona, la tercera parada es en la segunda “farmacia” a levantar el pedido. Saca del bolsillo su celular con cuarto de batería, son cerca de las siete y como siempre fiel al cliché, el “agente” se hace esperar. Tiempo para que Dino consuma un poco de nicotina, alquitrán, tabaco, amoniaco, monóxido de carbono, cianuro de hidrogeno y mercurio en forma de cigarrillo, regalo forzado de un peatón.

Dino lo ve llegar pasadas las siete y media, comparten un pequeño armado de tetrahidrocannabinol como es tradición para sellar la transacción y parten hasta nuevo aviso.

En un local de comida rápida entre proteína, azúcar, masa y grasa, aprovecha a cargar un poco su celular y a revisar el botín recientemente obtenido. Diez gramos de C21H30O2, un gramo de C17H21NO4, una pastilla de C11H15NO2 y una C20H25N3O.

Son ocho y diez y hace frío. Dino sabe que tiene al menos una hora y media para llegar a la previa. Corta el pequeño cartoncito con cuidado y toma un cuarto. En la parada de autobuses, pide otro tubito de químicos para fumar, pero se lo niegan, alegando ser el último en el haber del consultado. Los cuarenta minutos de autobús se le hacen eternos. Vidrios empañados de CO2 ajeno y condenado a escuchar conversaciones taladrantes por tener poca batería en el celular. Y, por si fuera poco, la resaca sigue allí detrás, amenazante con cada curva del vehículo. Al bajar el O2 frío lo impacta positivamente, así como definitivamente el cuartito de C20H25N3O. camina lento pero contento lo que le parecen horas. Llega a la previa cerca de las diez.

Cerveza, marihuana, whisky, cocaína…amigos. Y todo más bien rápido porque la entrada a la fiesta se corta a la madrugada. Dino aprovecha el poco rato para cargar un poco su celular. Antes de salir otro cuartito de dietilamida de ácido lisérgico, por supuesto, y, de paso, uno de sus amigos está generoso con sus metanfetaminas en forma de cristales, aunque es más bien tacaño en su generosidad. Apenas vestigios de C11H15NO2 en el dedo meñique de Dino. Toman sus pertenencias, un par de litros de bebida fermentada de cebada y un armado de tabaco, marihuana y copos de cocaína, para el corto viaje a pie hasta la fiesta.

Dino y sus amigos llegan justo a tiempo a la entrada, un galpón gigantesco convertido en discoteca exótica. Un hormiguero humano entregado al disfrute de lo que posiblemente pueda ser denominado contaminación sonora. Luego de un largo trayecto de roces e intercambio de sudores a tiempo con la música, Dino logra ingresar en una sala VIP, donde sí existe O2 entre la gente. Una botella de champagne entre varios amigos se consume a altas velocidades. Dino mira su celular, todavía no son las dos, decide ir a la barra de la sala por una segunda botella. Pasa la tarjeta de crédito, sabe que no tiene sentido, pero la siente más liviana. Pide a la chica en la barra poner a cargar su celular y de paso que anote su número en él. Ella sonríe solamente mientras enchufa el aparato.

A mitad de la segunda botella de vid fermentada y gasificada, es tiempo de su pastilla de C11H15NO2.

El éxtasis lo invita a moverse. Sale de la sala a chocarse con el vulgo. Cloruro sódico y ácido láctico propio y ajeno se entremezclan en el desenfreno común. Al poco tiempo, Dino necesita H2O, consigue sin embargo unos tragos de un combinado de vodka y bebida energizante, alcohol, taurina, cafeína, sacarosa y sí, algo de H2O.

Apenas diez o quince minutos más tarde recuerda, en pleno goce extático, que en su bolsillo aún tiene medio cartoncito de C20H25N3O. Se propone entonces apartarse del entrevero de cuerpos hacia un rincón con sillones que parece designado para dichos honores. Se sienta junto a lo que parece un cadáver femenino, pero este despierta al sentir el contacto de Dino. Ella observa como él produce el diminuto cartón y, antes de que Dino lo consuma, lo detiene. Dino se sorprende, pero aprecia el contacto físico. Intrigado, acerca su perfil para escucharla. Ella le propone un trueque, su papel por un retazo de bolsa de nylon conteniendo un polvo blanco. Siendo casi las tres, Dino ya no conoce el “no” y comienza a abrir feliz la bolsa mientras la observa a ella perderse entre las hormigas. Toma su tarjeta de crédito y con un extremo recoge la C13H16NCIO en polvo. La inhala de una violenta aspirada. Segundos después colapsa en el sillón. Luego de un minuto sus pupilas se extravían detrás de su cabeza al tiempo que su boca tensa comienza a segregar espuma blanca. El cuerpo de Dino se retuerce velozmente unos segundos antes de detenerse definitivamente. Su celular en la sala VIP tiene carga completa. 

Tomado de las notas de Cándido Hefesto.

Por Ojo Rojo

los otros

Los otros reían cuando se escondía para evacuar. Pero claro que tenía sentidos, y dejaron de reír luego de que exclusivamente la persona que orinaba en cuclillas regresara al campamento. Unos cuantos silbidos entre ramas y lianas y caer desplomado al barro extranjero, aún con el pene en las manos, vaya forma de morir para los otros. Quizás el precio de visitar voluntariamente el infierno.

Años antes la risa y la burla eran combustible, una forma de justificar más la lucha. La inmadurez desafiante de intentar ser lo que no se es, tal vez. La rebeldía corría en ser par, terminar antes que el resto el entrenamiento, correr más, invocar de forma implícita un juicio por logros.

Igualmente, la historia que se repite en espirales habla de cientos de casos similares. Las reglas de pertenencia enmascaran las de apariencia y así, cabello y busto asumieron con gusto la forma de los otros.

Los otros, de frágiles egos y tosco proceder, embistieron, reacios, de honores a quien paradójicamente sentía el deber como ninguno de ellos. Y si de deber se trata esta historia, aparte de misterios apenas planteados, orgullosamente pidió voluntariamente visitar el infierno.

Pero en este no mundo, todo aquello ya no importaba. No era la primera en la lucha, ni sería la última. Desde lejos reinaba el sentir, el honor, el deber. Todo cambiaría con meses y meses de agua. La humedad, el calor y Charlie corroerían todo deber y todo honor.

Por supuesto que la mente de los otros se cuestionaba los motivos, la juventud de la carne entregada al azar, todo por razón de transformar el pensar de Charlie, esos verdaderos otros. Otros que sin embargo no distinguían la lucha de sus practicantes. Eran todos y no eran nadie, como fantasmas en verde o campesinos inocentes, quien sabe.

Junto al monzón y los sueños de Saigón, fluía el arrepentimiento. Los otros, atrincherados en el barro, cubiertos en su propia peste, buscaban cualquier escape. Sustancias que disfrazaran el infierno terrenal, convirtiéndolos en blanco fácil para Charlie. Y luego dolor, calor y lluvia y humedad.

Terminada la temporada, con fuertes bajas en su haber, comenzarían el escape camuflado de avanzada. El olor espantoso del fuego químico les abriría paso entre naturaleza y humanidad chamuscada, pegajosa. Miedo vomitado y más guerra ensuciada de olor a napalm, darían a entender a los otros presentes en aquel entonces, que ellos y ella y Charlie.

Se oiría un “click” y prácticamente en simultaneo sucedería la sinapsis pertinente. Desde el fémur casi a punto de llegar a la ingle, todo desaparecería. Y el sonido de una explosión la dejaría desangrándose en la jungla.

Tomado de las notas de Cándido Hefesto

Por ojoRojo

canción de uppland

Se sentó en la nieve. Miró los pasos que lo habían llevado a ese lugar. Miró el rastro rojo que acompañó a esos pasos y entendió: Valhalla.

Respiró ansioso y con cada exhalación echó vapor, que descongeló unos pocos puntos blancos en la maraña de cobre, rodeando su rostro. Parado como un toro en un diminuto corral a punto de ser abierto, se movió en el lugar. Esquizofrénico, preparó su cuerpo. Golpeó el metal con el filo. De nuevo ansioso, miró al bosque hablándole al helado viento y entonces lo escuchó: Krig fue todo, el estridente grave que retumbó. Y la estampida no se hizo esperar. Paso a paso al frente salvaje, golpeando al unísono el hacha con el escudo. De nuevo escuchó el cuerno y sin pensarlo echó a correr. Feroz, el bosque tembló.

Los vio, pero antes del choque sintió silbidos en el bosque. Justo en ese segundo previo, una de las flechas tumbó a alguien a su derecha. No alcanzó a verlo. Otra rozó su muslo, blanco y rosado, y ahora rojo. Puso todo su cuerpo contra el escudo en el salto. El impacto fue tal que descolocó su clavícula. Siguió con su vecino antes de incorporarse. Cortó de un hachazo cinco dedos de dos pies. Sintió el aullido de dolor y supo que no sería problema, se paró, acomodó su clavícula. Sintió dolor al alzar su rodela y lo recibió con gracia.

Su hacha, extensión de la decisión de su mente, partió el cráneo de quien lloraba sus dedos perdidos. Y pasó el tercero y el cuarto y el quinto y volvió a blandir con euforia el peso del yunque.

Avanzó hasta un estrecho del bosque que muere a los pies de un gran claro de nieve: la burbuja congelada del Torneträsk antes de convertirse en lago macizo. Su cuerpo, vapor y barro y sangre, avanzó de más, pues cruzó las líneas de un enemigo ya cansado de caer en el bosque. Por detrás y montando una bestia, la única bestia más grande que él, fue emboscado. El caballo pateó su espalda, seco, duro. Cayó en la nieve y, boca abajo, quedó un momento inmóvil. Un joven se arrojó de rodillas junto a él, lo apuñaló en el vientre, en un costado, justo debajo de las costillas. Su último acierto, su último error. Chilló de dolor al tiempo que tomó al joven del cuello y lo estranguló violentamente. Tomó el puñal de las manos rojas del quinceañero y le perforó el cuello por debajo de la mano que lo estrangulaba.

Pudo con dos más antes de sentir helado el aire al respirar, como otro puñal en el mismo lugar donde entró el del muchacho. Caminó hacia el claro, dejó caer el escudo, ya inútil, pesado. Tapó la herida con su mano. Al presionarla, el dolor nubló su visión. Se sentó en la nieve. Miró los pasos que lo habían llevado a ese lugar. Miró el rastro rojo que acompañó a esos pasos; y entendió: Valhalla.

Dejó caer el hacha. Cayó junto a él, de canto primero, e hizo crujir el hielo bajo el manto blanco. Logró apenas entender, justo antes del segundo impacto, que terminó de quebrar el hielo. Suspiró. Al caer, el agua helada paralizó completamente su carne, su espíritu, sus huesos. Intentó filtrar un último grito, un último sonido, pero sus pulmones colapsaron por el frio, dando lugar a la realización de su inminente destino, un silencioso final.

Murió de ojos abiertos, repleto de agua, repleto de miedo. De la luz a lo oscuro por debajo del hielo lo recibió el lago. Su hacha descendió antes que él.

Tomado de las notas de Cándido Hefesto.

Por Ojo Rojo

noche de ratas

Un monótono ringtone de un cabezón Motorola C115, levanta a Diego Mario Soler, alias “el Solar”, apodo ganado por su apellido y por llevar su cabello crespo mal teñido con agua oxigenada. Son apenas pasadas las tres de la madrugada y, en Noviembre, se respira un ambiente espeso, de esos en que se puede cortar el aire con cuchillo: calor, humedad, cielo de alquitrán. Se avecina una tormenta.

El Solar camina por “la calle de la basura”. La calle principal de Noviembre, una curva sin asfaltar que toman los camiones que sacan la basura de Buenos Aires.

Exactamente en el medio de la curva está “el peaje”, el negocio de Noviembre, bueno, uno de ellos. “El peaje” es simplemente un espacio delimitado con yantas, gomas de camión y basura. Por presión del barrio, los camiones que pasan diariamente cargados de basura, deben detenerse en “el peaje” antes de continuar al vertedero. La parte trasera del peaje es obviamente una montaña de basura.

El Solar levanta viaje a la capital con uno de los camiones haciendo la vuelta. Un camionero de confianza a cambio de una bolsita por mes. He aquí otro de los negocios de Noviembre. Y el Solar es el capitán del barco en este negocio.

Ya son las cinco de la tarde y el Motorola cabezón picó varias veces. Palanca que va, palanca que viene, hoy es un buen día. <Un muy buen día> piensa el Solar preocupado.

<Y fue nomás pensarlo para que me cambiara la leche>, piensa el Solar. Ya bajó el sol y no vendió nada desde las cinco. Perdió la vuelta en el camión por quedarse a esperar la fisura y nada. Camina por la ruta re quemado pateando una lata, haciendo dedo por si se da un milagro. Por suerte bajó el sol, pero está calor, se está encapotando. <Va a llover>. piensa el Solar, <noche de ratas en Noviembre>.

Entrando por «la calle de la basura», le cae uno con el cuento: que tengo tanto, que dame y te quedo debiendo, que después te pago, que si somo amigo...
<Arrancá>, le dice el Solar, <hoy no estoy pa esta>. Ya tuvo suficiente por hoy como para andar fumándose giles. Pega la curva y pasa “el peaje” saludando al paso a “los profesionales”. De botas y guantes de goma, trepan los camiones que paran en “el peaje”, “los profesionales”. Clasifican, determinan qué basura no es basura para Noviembre. Te depuran el camión, más ahora en 2002.

El Solar llega a su rancho, son las ocho de la noche y está muerto, se acuesta pensando que mañana será otro día.

Un monótono ringtone de un cabezón Motorola, levanta al Solar. Son apenas pasadas las tres de la madrugada y en Noviembre se respira un ambiente espeso, de esos en que se puede cortar el aire con cuchillo: calor, humedad, cielo de alquitrán. Se avecina una tormenta.

<Traé 5. Tengo la $. Atrás del peaje> el Solar vuelve a guardar el celular en su bolsillo. Arrancó a llover, arrancó a llover fuerte. El Solar de brazos cruzados y capucha, ensopado, cagándose en toda la familia de este hijo de puta. Pero 5 es muuuucha guita, <llueva o truene> dice esperando que el clima responda y, esta vez, nada… detrás del Solar, una montaña de basura.

El chaparrón es insostenible, Noviembre palpita al sonido de las gotas gigantes que caen en las chapas de los ranchos, ríos de agua escurren de la montaña de basura, las ratas escapan de sus madrigueras inundadas, hay cierto caos en el montículo en descomposición. El Solar malviajando, no puede ver más de dos metros por la cortina de agua que cae violentamente y, sin embargo, logra ver una sombra empapada que se le acerca. <No, ¡pará!> Llega a decir antes de que el sonido de dos balazos se camufle casi perfectamente con la sinfonía de la tormenta y las chapas de los ranchos. Ríos caen de la montaña de basura, pero un río interesa en particular a las ratas: el que escurre del Solar.

Tomado de las notas de Cándido Hefesto.

Por ojoRojo

el espejo de jade

Desde las arcas del distrito de Tawang, apenas un grano del Himalaya que comparten India y Bután, llega un relato inconcluso. Un rompecabezas con piezas faltantes, un rastro en peligro de extinción, como la misma lengua Dakpa que le da origen.

Un grupo de soldados de la Compañía Británica de las Indias Orientales, encontró refugio en un pequeño pueblo de montaña a las afueras del distrito, luego de firmada la “falsa paz” en 1730. Al menos así lo cuenta el diario de Dorian Mirren, un soldado desertor luego de reanudado el conflicto. Mirren quedó encantado, según cuenta él mismo en sus pasajes, con el aire, con la montaña, con el valle, con la lengua, pero sobre todo con el reflejo.

Pero poco se sabe con certeza de él o de su cordura. Es que pasados dos años, se ve una mutación en el diario de Mirren; y es aquí donde comienza el misterio. Del cálido Mirren del idioma ingles a uno tosco y turbulento, por momentos incomprensible en su Dakpa. Quizás una de las lenguas no conjuga conceptos de igual forma que la otra, quizás Mirren no haya alcanzado un buen manejo del Dakpa. Lo cierto es que el hombre dejó atrás su vida de soldado británico, dejó atrás su pedacito de tierra en Sussex, a una mujer y a dos niñas de apellido Mirren. Dejó atrás su lengua.

“Soy pero no soy. Me muevo igual pero no me veo igual. Le temo a mi reflejo, me atrapa, no puedo escapar la tentación de verme en verde. Todos los días, días de corrido, noches y más noches veo a quien me ve. Todo se ve igual, yo no me veo igual, nadie quiere acompañar. Le temen al jade, saben pero no saben, no quieren saber. Soy pero no soy.”

Las traducciones mejor logradas del diario de Mirren en sus ultimas paginas en Dakpa, revelan retazos de alucinaciones algo poéticas, con una preocupación recurrente, su reflejo. Es probable que el pobre Dorian Mirren haya contraído la “fiebre tibetana”, enfermedad común y muchas veces letal para los europeos de la época que visitaban el Himalaya.

Tomado de las notas de Cándido Hefesto.

Por Ojo Rojo

la primera nota de cándido hefesto

¡Muerte a Clemente y muerte a Mocenigo!

¿Qué otro mensaje podría grabar en el plomo? Me sangran las manos de luchar con mi cincel, la columna de un pez, que todavía siento, me mira.

No existe la piedad, ya no existe en este, el mejor de los mundos posibles. Lo sé porque alguien más valiente que yo, y seguramente mejor equipado que con el cadáver de un pez que flota vigilante, se encargó de temporalizar este húmedo infierno. ¿Quién habrá sido el juglar, el genio o el loco? ¿Cuánto habrá resistido antes del inevitable delirio? Llevo catorce noches trepando a la pequeña plataforma sobre mi cabeza. Catorce días alimentando cangrejos con mis pies gangrenosos, mirando el pequeño haz de luz que da contra la pared mohosa de plomo. Y en la pared, otra vez la marca, esa pequeña marca escarbada en la pared que me cuenta una historia. Me cuenta quién estuvo aquí antes de mí, alguien que se encargó de temporalizar este húmedo infierno.

Los sonidos se vuelven insoportables. No quiero moverme porque el sonido de la cadena en mi brazo derecho, que me ata a la pared, es simplemente intolerable. Igualmente ya no tengo casi fuerzas para moverme. El dolor de permanecer acostado, de ser esta bolsa de piel sin más que huesos dentro, es suficiente. La piel está marchita de todos modos, no creo que sobreviva mucho tiempo más. Sigo viendo el relieve en la pared en donde pega la luz. Pero en el día los sonidos son más insoportables. Se drena la celda y el chapoteo de mi desayuno comienza a taladrar mis tímpanos, junto con la gotera constante, ¡ah, la sinfonía tortuosa! Sin dudas estoy delirando, ¿cuánto habrá soportado el mártir panteísta antes de cambiar el agua por el fuego?

Finalmente se extingue el haz de luz que marca las horas en la pared y el agua vuelve a inundar la prisión. Quince es entonces la cifra que ha de marcar mi final. Quince pasos por el puente de los suspiros, desde el palacio a la prisión. Quince marcas en la pared, bañadas por un inclemente haz de luz. Quince noches trepando la plataforma de la celda para no sucumbir ante la subida de la marea veneciana. Pero esta será la última noche, la última subida de la marea. En el año mil quinientos noventa y uno de nuestro señor, tomo la cadena que me ata a la pared por mi brazo derecho, la envuelvo en mi cuello y me arrojo de la plataforma hacia la celda inundada. Culpable únicamente de estar en el momento y lugar equivocado.

Tomado de las notas de Cándido Hefesto.

Por Ojo Rojo