visita incómoda

Las motos alumbran las fachadas del damero oscuro de la ciudad. Desde el apartamento la observo, se extiende al infinito, desde la entrada del edificio hasta donde alcanza la vista. No tengo los lentes: veo manchas oscuras con sus lucecitas anaranjadas y algunas ventanas iluminadas en los edificios del Cordón.

Me cebo un mate aunque son las diez. Escruto seria el horizonte mientras pienso en cualquier boludez. Pienso que la vida es una locura mientras me cebo otro mate y le doy una pitada al porro que se me había apagado.

De pronto, el timbrazo me saca del estupor. El gato huye al cuarto donde la abuela duerme. A esta hora es imposible que sea para ella. Insisten mientras yo me mantengo inmóvil, a la abuela no la van a despertar, si no oye nada, qué problema hay.

A la quinta vez que tocan dejo el balcón a las puteadas. Asomo un ojo a la mirilla de la puerta. Un repartidor de comida y dos prostitutas mantienen una calma profesional del otro lado de la puerta. Lo veo acercar el dedo al timbre. Vuelve a sonar. No comprendo de qué se trata. Decido aprovechar mi única ventaja: el factor sorpresa. Abro la puerta repentinamente y el efecto es el deseado: quedan espantados ante mi bombacha agujereada y la vieja bata celeste abierta, con chorretes de helado triple. El delivery carraspea y luego dice: “Ehhh, disculpe, señora, nos confundimos”.
Dale, no pasa nada.

Por Laura Ivanovic

in mueble

Tomamos el teatro abandonado y los cristales rieron. Alarmadas despertaron las palomas y sacudieron con sus alas la negrura. Desde afuera el centro rebasaba los altos muros con luz y risas y guitarras. Llegamos a una salita de proyección y salimos al palco, desde donde saltamos a la platea. Detrás del escenario, alguien encontró el camino al ático.

Subimos e hicimos de un telón una bandera, que atamos a las bisagras de una ventana. El terciopelo pesado se desperezaba colgando sobre la fachada y cosquilleaba a los entes. Desde aquella lucerna alcanzamos la azotea, sin poder contener una mirada a la peatonal que allá tan abajo estaba viva y nos ignoraba, por una escalera de hierro podrido que se sostenía por un milagro chirriante. Arriba, recuperamos el aire y nos miramos entre nosotros.

Edificios cuadrados y negros y algunas cúpulas, más o menos filosas, emergían como pacíficas criaturas sombrías desde un mar de luces anaranjadas. Nuestros aullidos vibraban en los cristales rotos, un acorde de bocinas y también una trompeta tan dulce que la luna fue de miel. La saboreamos acurrucados en el techo del viejo teatro. Y así fue nuestro.

Por Laura Ivanovic

mito eslavo

Heredé este texto de mi padre, muerto hace décadas. Permaneció en los cajones del sótano y recuerdo haberlo leído cuando niña, fascinada de su fantasía. En su momento no comprendí su importancia. En una carpeta estaban un pergamino de piel escrito en ruso primitivo y los papeles redactados por papá, que lo poco que me enseñó de ruso fueron los monosilábicos insultos que se le escapaban. Había traído el pergamino desde su pueblo, en su equipaje, tras haberlo robado de la iglesia, en el oscuro hormiguero de 1942; probablemente temía que fuera destruido. Lo tradujo cuando nuestra casa todavía no tenía teléfono. Estaba preocupado por que se degradara el original y escribió copias en ruso y en español. Poco sé del pasado de mi familia, me imagino que quizá algún barbado tatarabuelo, un verdadero matusalén, escribiera estas líneas a la luz de la vela a orillas del Mar Negro. Sin más, quisiera compartir esta traducción de Igor Ivanovic con ustedes.

«En el valle de arena, llegaron las caravanas y sus semilleros. Solo arena entre las montañas y el mar. Aún no temíamos el fuego del húmedo dragón. Plantaron árboles y de mí nacieron. Raíces de cosquillas, de mi carne mamaron y nos hicimos familia. Los hombres borraban sus huellas en la arena, temerosos del páramo. Nada bueno, decían. Los primeros murieron y los árboles ya eran altos. Los niños pintaban en ellos su magia protectora y la gente era feliz. Los espíritus de la tierra prestan su mano a los justos y se dejan ver en la sublime llama. Hombres de fuego. Los árboles caídos fueron leña y el frío era tal, que la llama ardía sin pausa. Ejércitos de perros derrotados con astucia y devorados con gloria. Pero el oscuro cielo salado esconde sus estrellas. Espejo precioso del éter. De su densa entraña emanaron las criaturas, las criaturas viscosas, acuosas, asquerosas. Los hombres de arena, aterrados, se subieron a los árboles, donde fue la tierra nueva, entre las ramas. Los acuosos se comieron a los perros, viven en el encuentro del aceitoso mar y la tierra de hielo. Los temerosos hombres de arena y fuego atrapados en los árboles se devoraron entre sí, y al llegar el tiempo frío hicieron arder sus casas y murieron helados cuando fueron ceniza. Las blandas criaturas húmedas los engullían cuando caían como frutos. Los árboles se hicieron ceniza y otra vez la arena. Harta de danzas, la divina mar hizo suyo el valle y en un nudo de tiempo lo sepultó bajo sus negras aguas. Los viscosos y blanduzcos escalaron mi cumbre desesperados y no encontraron nada. Encima de la seca piedra se devoraron a ellos mismos y de su excremento nació el hombre nuevo.»

Anónimo (Siglo III a.C. – Siglo V d.C).

                   Por Laura Ivanovic