cronos

Centenares de estrellas buscan asilo en cielos desiertos. Y brillan o brillaron, sin
propósito final. Tan efímeras como eternas, escapan así de las garras del titan.
Danzan en la sombra como chispas en el aire. Son pasajeras a simple vista.
Vestigios de llamas que como granos de un reloj de arena se despliegan fugaces, en la
oscuridad del tiempo. Quiero volver a verle y saber que está bien. Necesito deshacer
aquellos nudos que se enredaron en mi andar. ¿Cuánto de lo que era fue destruido por el
nuevo yo?
Se toma, de la división de las partículas, la esencia misma de la vida, y en ella
encontramos también el vacío que es parte del todo. ¿Cómo se siente tu cuerpo hoy?
Son olas constantes que rompen y colapsan sobre sí mismas. Y la destrucción del yo no
es más que muda de piel de una serpiente, seca, trabajosa, pero tan necesaria como
natural. Creer en el tiempo nos vuelve a todos esclavos del mismo. Me lleva a la
pregunta de si acaso no habrá sido la mentira original. De ahí los males que nos aquejan
desde la ansiedad.
No existiría proyección demandante sin futuro. Y por muy inciertos que sean, la
seguridad de su llegada, convencernos de que el próximo segundo va a llegar nos llena
de esperanza. Rara vez el cambio es perceptible. El segundo, como momento es
insignificante. Está en la suma de sus acciones colectivas, minutos, horas, días, años,
décadas, la percepción real de su movimiento. Sin embargo, al pensar hacia atrás, la
trascendencia del segundo se incrementa. Así que apreciamos por demás el instante
perdido, pero a costa de un desprecio por el futuro. ¿Cuánto pesa un cambio de
paradigma minuto a minuto?
La incertidumbre provocada por esta fuerza incontrolable y en perpetua
transformación, nos genera en simultáneo una necesidad inexplicable de entenderla.
Somos esclavos, no solo de las manecillas del reloj y lo que representan, sino también,
de la amenaza constante que presenta su despótico comportamiento. Hemos construido
barreras y salvaguardas para hacerle frente a casi todos los fenómenos naturales
reconocidos. Y, sin embargo, frente a él, no podemos más que sentir de brazos
cruzados, cómo los granos caen como regalos del cielo y mueren inmóviles en el suelo.

Por Elvis Boransky

noches discretas

«Cuando la comida se mete entre las rejillas me da un asco terrible», exclamó Ethel a regañadientes. «Estos plásticos de ahora, qué poca confianza me dan…», se murmuraba a sí misma mientras fregaba un colador blanco en una poblada pileta, iluminada tenuemente por la luz de una vela. El sonido de la esponja rozando el plástico retumbaba en los confines metálicos del fregadero y se apoderaba por momentos de la habitación.  La espalda de Ethel se encorvaba sobre la pila de trastes haciendo difícil la distinción entre joroba y mala postura. La frágil luz de la vela le teñía de fuego las canas y se reflejaba en el borde dorado de sus lentes cuadrados. Intermitentemente dejaba salir de su boca un suspiro, como una queja ahogada en la soledad.

No fue sino hasta que terminó de lavar la olla, el sartén, el solitario plato con un juego de cubiertos desgastado, que notó el movimiento de la vela y emocionada avanzó hacia la habitación contigua, con las manos todavía mojadas y chorreando. Ya conocía el orden de los sonidos, primero el distintivo silbido del viento entrando por la ventana del zaguán. Al Nene le encantaba entrar por ahí. Después la puerta del corredor, que crujía si se la abría lentamente, y a pesar de habérselo explicado varias veces, sospechaba que al Nene le gustaba el sonido, y por eso jugaba de esa forma con ella. De la misma forma que se divertía, ciertamente, con las cadenitas del candelabro que sonaban a continuación, seguramente agitadas por un salto juguetón que las movía levemente, dejando salir un campaneo etéreo. Finalmente llegaría a la sala, donde la puerta siempre estaba abierta y el último sonido que escucharía Ethel antes de recibirlo sería el de la mecedora oscilando vaporosamente en la esquina de la habitación.

Con movimientos que rozaban la emoción infantil, Ethel se dispuso a hacer su camino desde la cocina hasta la sala. Al llegar sintió el silbido de la ventana, y apresurada puso la tetera de hierro fundido a hervir sobre la salamandra que ya estaba encendida calentando la habitación. Acomodó los almohadones de la poltrona y posó la vela sobre el asiento de la mecedora justo a tiempo para escuchar el candelabro del otro lado de la puerta entreabierta. Traviesa, se volteó de espaldas a la puerta, y se dispuso a servirse el té mientras hacía de cuenta que ignoraba al Nene que ya se encontraba cerca de la mecedora.

No se dijeron nada, se salteaban los saludos innecesarios al ser viejos conocidos. La sombra del Nene danzaba silenciosamente en las paredes, reflejada por la vela que ahora se mecía pacíficamente en la silla. Eran noches tranquilas como ésta las que llenaban a Ethel de sentimientos de profunda armonía. Al sentarse en su poltrona, con la taza de té en el regazo y el vapor empañándole levemente los lentes, sonrió mientras seguía con la vista los sigilosos movimientos de la sombra en la pared. Se deleitaba disfrutando de una compañía que rompiera con el silencio sosegado de su vida nocturna.

«Y al no estar vivo, el Nene no deja un desorden, como mis nietos cuando venían a visitar», pensó mientras se le dibujaba una apacible sonrisa en el rostro.

Por Elvis Boransky

despertares

Amanecía afuera, pero seguía colmado por los pensamientos de una noche de insomnio. Turbado, cargaba con el peso de los días pasados. Cada hora pareciéndose a la anterior. En ese limbo entre lo real y lo onírico se pasaba la vida mirando al mundo desde afuera, a través de la ventana de un refugio que construyó para sí.

La gente se movía como hormigas, siguiendo los caminos ya trazados por años de disciplina y condescendencia. ¿Era esto todo lo que existía en la vida? Hubo un tiempo en el que los sueños saturaban sus noches. Las vidas pasadas, presentes y futuras, se mostraban esperanzadoras en los campos elíseos. Pero ya no más, el sueño no se lograba conciliar, y la realidad parecía invadirlo día tras día.

Se preguntó si fue el desvío, salirse de la senda trazada, llenarse de sueños imposibles y metas inalcanzables. Se dejó ir y, por un momento, quiso traer a su vida aquellos paisajes que se mostraban sólo cuando dormía. Pero por mucho que se esforzaba, un pequeño tropezón, el más mínimo cambio rompía el hechizo, se esfumaba su concentración y perdía las ansias.

Al verse inmiscuido en las consecuencias del aleteo de aquella mariposa desconocida, cedía el control y con él las herramientas que había formulado para sobreponerse a la realidad impuesta. Necesitaba de un golpe más, del sabor amargo de una derrota contundente, que lo motivara una vez más a ejercer su poder. Necesitaba encontrar de nuevo las ganas de manifestarse.

Por Elvis Boransky

big o’s

Es importante precisar en este punto que no todo es cuestión de coincidencias. Existen ciertos hechos aislados que, a pesar de querer ser atribuídos a una sutil casualidad, se viven y sienten como parte de algo mayor, un plan o camino. Es a partir de esta concepción que asignamos los valores del bien y del mal, lo correcto o incorrecto. Siguiendo esa intuición o separándose de ella.

    Apartándose de estos conceptos unos instantes, sin embargo, rescatamos de los vestigios de sanidad mental remanentes, pensamientos de puro placer. Sensaciones de cuerpos enroscados en hélices helicoidales, que se funden en gemidos ahogados. Un único pilar de chakras, alzándose infinitamente mientras irradia el más claro brillo. Palpita con espasmos de consecuencias interplanetarias, supernovas de la mente que encienden el cuerpo elevándolo. Y en el centro del mismo, hallamos la semilla del poder. Allí se encuentran todas las respuestas, todas las preguntas; el camino, principio y final.

    En ese dionisíaco caos de tumultuosa temperosidad flotan labios desenfrenados que buscan la respuesta de la piel vecina. El universo no existe por fuera de aquello que se alcanza con el tacto. Buscan a tientas en el vacío satisfacer su lujuria, su goce, su ser. Se vuelven una pulsante masa de dedos, lenguas, piernas y labios, que alcanzan poco a poco una estructura primordial. La forma perfecta de la unión que replica todas las uniones. De la vista se prescinde, para expandir en la oscuridad los confines de aquello que quieren volver infinito. Son cuerpos astrales en el principio de los tiempos. Masas de energía pura que flotan en el éter de lo desconocido. No existe un tiempo ni una forma constantes, y redescubren una y otra vez su topografía que cambia constantemente. Con cada caricia, la yema del dedo mapea la geografía a la vez que la cambia y moldea. De la misma manera que un alfarero ciego reconoce dentro de la arcilla la estructura de su obra, y utiliza sus manos para conocer y transformar la masa amorfa que es en un principio.

    Si las mentes, junto con los sentidos, son los artesanos, y el cuerpo o la carne es la arcilla, la semilla contiene entonces el último elemento. Uno nacido de ciclos de fricción, distancia, pulsión, deseos, consumaciones y desenlaces. Los cuerpos ahora conectados generan el objeto mismo de su deseo, anhelando así el calor abrazador que irradian desde su propio centro.

Por Elvis Boransky

frustífero

Camina por el desierto sosteniendo únicamente una sombrilla que lo aleja del calor. Calmo en la pasividad de su muerte cercana. Sabe que el agua se acabó hace días. Que el sol secará su piel, y volverá su cráneo un horno, cocinando la mente que una vez fue libre de imaginar cosas más allá de la arena y la sal. Sumido en la peor de las prisiones, que genera en su inmensidad la ilusión de la libertad, espera pacientemente el final de sus músculos. Cuando sus piernas cansadas no puedan avanzar más allá del siguiente paso y la vida le deje de pesar. ¿Cuántas veces había caído? Con el viento borrando las huellas en las dunas. En un paseo sin rastros, su existencia entera deshecha por el pasar del tiempo y las fuerzas naturales.

Ya no puede mirar por encima de su hombro. No quiere verse a sí mismo en el suelo, arrastrándose, o incluso tieso, a merced del sol y los buitres. Decide poner la vista al frente. Sigue en su andar sin darse cuenta que la sombra había terminado por cubrir todo el vasto paisaje que lo rodea. No siente el cambio de temperatura, el frío que se cuela entre sus huesos congelando de a poco sus movimientos. Piensa, en su pobre y única protección, en el fervor del astro rey que busca acabarlo desde la altura. Con el parasol abierto ignora la belleza del cielo estrellado. Se pierde en su encierro, en la idea del amparo que él mismo creó y ahora le impide dejarse sorprender por la noche iluminada. No entiende que el fuego del día ya terminó y la noche lo acoge con su fresco manto. Sigue igual, con pasos cada vez más cortos. No es hasta el final, tendido y sin fuerzas que derrama una lágrima por las luciérnagas astrales que alegres y titilantes lo llaman a su compañía.

Por Elvis Boransky