sueño

Me desperté incómodo por la sensación del pelo en la cara, pero no era real, solo era el ocaso del sueño que se escapaba. Me levanté a oscuras y busqué la libreta, una lapicera, la luz del patio que se filtraba entre la parra. Anoté a tientas unos garabatos y volví a acostarme, a sumergirme de nuevo, a bucear en busca del sueño que tenía que contarte.

Soñé con dos medias hermanas, una era la mitad izquierda y la otra derecha, como en El vizconde demediado de Ítalo Calvino. Dos mitades que de fundían en una sola persona para cantar en un gran teatro. Mi abuela me hacía un overol donde cada una de ellas calzaba para salir al escenario. Yo era el soporte y no veía el público gracias a que quedaba detrás de la unión de sus medias cabezas. La escena era en sí la prueba del overol y el revisar que estuvieran cómodas, que ambas mitades llegaran a quedar juntas y no se notara la unión.  Pero luego de la prueba cada una era una hermana entera. Cuando finalmente íbamos a actuar la mitad izquierda no podía por temas de agenda. Entonces la mitad derecha me pedía que yo la acompañara en el escenario, tenía que pintar en vivo un mural en colores verdes. Todo esto era parte de un acto feminista. La hermana izquierda me pedía que llevara medias naranjas. Me costaba encontrarlas. El edificio donde estábamos estaba en obra, los ascensores apenas si funcionaban, lo operarios que estaban instalando los equipos me miraban de mal manera. Finalmente, baja y ellas me esperaban en un Mercedes Benz celeste. Subí en le asiento de atrás. Acelerábamos y sus pelos me golpeaban la cara y ellas lentamente parecían fundirse en una.

Y ahí me desperté, los garabatos de la agenda que escribí eran incomprensibles.

Por Anónimo

en blanco

Caminaba sobre el hielo del océano congelado, me apuraba pues sabía que la ballena estaba cerca, justo debajo de mí. No era mala, pero hacía cosas malas pensando en protegerme. Llegué a una choza y, en ese momento, ví a través del hielo el ojo del gigante animal. Ya era tarde. Tomaba al niño en mis brazos y me apuraba. Al mirar hacia atrás, veía a los jinetes que me perseguían acercarse. Era inútil intentar avisarles que se alejaran, me querían capturar, venían por todo lo de la aldea.

Entonces, con un gigantesco trueno, el hielo se partió justo detrás de los jinetes que, desconcertados, interrumpieron su persecución. Ya era tarde para ellos, la ballena los odiaba por perseguirme.
Le expliqué al niño, mientras lo vestía con cajas de espumaplast, que la ballena veía a los humanos como peces, que yo veía a través de la ballena y que podía sentir lo que pensaba, pero nada podía hacer para controlarla. Hubo unos segundos de silencio. El hielo apenas roto generó una cicatríz en el océano congelado y algunas astillas blancas asomaron. 

Los jinetes comenzaron de nuevo la persecución. Yo ya no corría, los miraba con el niño en brazos, evitando que él viera lo que iba a pasar. 
Otro estruendo y la ballena atravesó el hielo y cayó sobre los insignificantes jinetes y sus caballos. La ballena era blanca y estaba cubierta de cicatrices violetas y naranjas. Tomó aire y con un pequeño movimiento destrozó el hielo bajo ella. En un imponente chapuzón, desapareció. Pero la grieta comenzó a expandirse tragando parte de la aldea.
Bajo mis pies el hielo vibró. En cuestión de segundos yo me hundiría en el agua helada pero sabía que la ballena me rescataría una vez más.

Por Anónimo