veo gente pasar

Veo gente pasar.

Ella tiene 25, es morena, va, es negra. Discute todas las noches con su novio y por eso sale a fumar y a caminar.

Él tiene 26 y está yendo a coger con alguien que no conoce.

Él tiene 27 y está perdido. Tomó y fumó y camina con gente a su costado, aunque nunca los vuelva a ver.

Ella tiene 28 y tiene miedo. Camina apurada. Está cansada. Su mochila es pesada.

Él teme llegar.

Él piensa que es muy tarde.

Ella no recuerda qué hará mañana. Sabe que​ tiene que dormir. No dormirá lo suficiente.

Él tiene 30. Y está rompiendo mi corazón. Desde el futuro, él lleva mi corazón roto.

Yo aún no cumplí.

Por Arduo Servidor

soy un perdedor

Soy un perdedor. Me perdí en mi propia casa, perdí todos mis pares de lentes (uno de ellos nunca volvió a aparecer), he perdido la cordura, sobre todo pierdo los lunes y a fin de mes. Los demás se encuentran mejor, pero tampoco se estresan mucho. Si están perdidos, que lo dudo, ellos no lo saben. Capaz que siempre estuvieron cerca, cerca de todo, del dinero, de sus familias, de gente que los reconoce y reconoce que han sido siempre los mismos.
Yo no.
Yo me pierdo.

Por Arduo Servidor

la primera nota de cándido hefesto

¡Muerte a Clemente y muerte a Mocenigo!

¿Qué otro mensaje podría grabar en el plomo? Me sangran las manos de luchar con mi cincel, la columna de un pez, que todavía siento, me mira.

No existe la piedad, ya no existe en este, el mejor de los mundos posibles. Lo sé porque alguien más valiente que yo, y seguramente mejor equipado que con el cadáver de un pez que flota vigilante, se encargó de temporalizar este húmedo infierno. ¿Quién habrá sido el juglar, el genio o el loco? ¿Cuánto habrá resistido antes del inevitable delirio? Llevo catorce noches trepando a la pequeña plataforma sobre mi cabeza. Catorce días alimentando cangrejos con mis pies gangrenosos, mirando el pequeño haz de luz que da contra la pared mohosa de plomo. Y en la pared, otra vez la marca, esa pequeña marca escarbada en la pared que me cuenta una historia. Me cuenta quién estuvo aquí antes de mí, alguien que se encargó de temporalizar este húmedo infierno.

Los sonidos se vuelven insoportables. No quiero moverme porque el sonido de la cadena en mi brazo derecho, que me ata a la pared, es simplemente intolerable. Igualmente ya no tengo casi fuerzas para moverme. El dolor de permanecer acostado, de ser esta bolsa de piel sin más que huesos dentro, es suficiente. La piel está marchita de todos modos, no creo que sobreviva mucho tiempo más. Sigo viendo el relieve en la pared en donde pega la luz. Pero en el día los sonidos son más insoportables. Se drena la celda y el chapoteo de mi desayuno comienza a taladrar mis tímpanos, junto con la gotera constante, ¡ah, la sinfonía tortuosa! Sin dudas estoy delirando, ¿cuánto habrá soportado el mártir panteísta antes de cambiar el agua por el fuego?

Finalmente se extingue el haz de luz que marca las horas en la pared y el agua vuelve a inundar la prisión. Quince es entonces la cifra que ha de marcar mi final. Quince pasos por el puente de los suspiros, desde el palacio a la prisión. Quince marcas en la pared, bañadas por un inclemente haz de luz. Quince noches trepando la plataforma de la celda para no sucumbir ante la subida de la marea veneciana. Pero esta será la última noche, la última subida de la marea. En el año mil quinientos noventa y uno de nuestro señor, tomo la cadena que me ata a la pared por mi brazo derecho, la envuelvo en mi cuello y me arrojo de la plataforma hacia la celda inundada. Culpable únicamente de estar en el momento y lugar equivocado.

Tomado de las notas de Cándido Hefesto.

Por Ojo Rojo

apuntes taquigráficos [curso de economía del Mtro. Massa]

De alguna forma nos tenemos que ganar el sueldo. Podés verlo como un juego. Lo que importa es que podemos entender a la interpretación como un juego.
Es la contradicción propia del anarco individualismo. No lo voy a explicar ahora sino después para los héroes que se queden en clase este viernes previo a las vacaciones.
Lo ideal se trasunta en valores intrínsecos al arte.
¿Está bien?
Parece muy obvio. Desmonta la idea del arte. Es un terrorista porque destruye. Explota. Destroza todo.
Ellas sacan apuntes. El despegue viene con el renacimiento.
El esclavo es un objeto, un producto de la fuerza laboral. También puede prestar sus servicios a terceros. El arte era elitista en la Grecia antigua.
¿Esopo no era esclavo?
Ah bueno, eso es una excepción. Pero en la etapa previa al gótico construían arte de forma comunitaria. A veces firmaban su trabajo con signos en rincones no visibles del cuadro. El profesor P. Albano decía que se trataba de un tipo de arte federativo donde todos trabajaban pero el jefe, ¿cómo se dice?, el maestro firmaba. Los copistas medievales firmaban la copia, incluso escribían unas coplas para afirmar su autoría. Había antecedentes, por supuesto.
No más arte de elites, basta de burguesía, el arte es otra cosa.
En este autor hay guiñadas. Trovador del pueblo.
Yo pienso ese es un egocéntrico.
Yo escribo en octavillas lo que veo.
Otra de las formas es el anonimato. ¿Se entiende? Tolstoi y algún otro decían que todos somos artistas, toda persona es capaz mientras se pueda atener a la claridad, la sencillez y la sobriedad. La estética tolstoiana no puede ser sublime e inexplicable sino el pueblo se quedaría por fuera.
Lo que yo les digo no es exclusivamente esto. Hay una estética anarquista y una estética militante. Existe también una estética admitida en el circuito anarquista que no es estética ni militante. Esa forma de dramaturgia fue rechazada por una más culta. Lo criollo tradicional se filtra por las décimas de los payadores, de esta forma se inyectaron de anarquismo.
Otro elemento a tener en cuenta es el humor, los anarquistas no querían bailes ni comedias, aunque de vez en cuando montaban una comedia italiana. Lo popular igual se filtra.
En la biblioteca anarquista de la plata, un investigador, comprobó que los anarcos leían ficción.
¿A qué te referís con biblioteca anarquista?
El nombre es muy largo. La cosa es que el estudio de los ficheros demostró que leer a Verne no es leer anarquismo, pero forma parte del consumo placentero y marciano. Fuera de ese esquema, ¿Qué sucede?, el circuito está infectado por cosas que desbordan lo ideológico. El sujeto es incontrolable. Ese conflicto existe hoy y existió siempre. Si vos tenés un libro que dice lo contrario a tu ideología, ¿se lo mostrás a tus lectores?
Y yo creo que no. Es como cada uno maneja la identidad y sus recursos. Si vos decís: lees de todo, si lo mostrás vas a contaminar de forma radiactiva la identidad de la institución.
Entonces ahí no hay libertad.
¿Cómo formo un vegetariano si le hablo todo el tiempo de carne? Los centros sociales eligen un recorte. Cuando elijo el recorte no puedo emitir discursos ambiguos.
Salgan del discurso individual para ver cómo se establecen los grandes discursos. No es tan banal y no es nada sutil. Andá al centro judío a hacer una obra sobre palestina, te van a sacar carpiendo, pero no por xenofóbicos sino por defensores de su discurso.

Por Byron Pereyra

crítica cítrica

Las yemas no peinan el terciopelo
Una fina película de aire siempre separa las cosas.
Desde mi butaca veo las luces bajando del cielo.
En las iluminadas tablas, cuerdas y dedos no se tocan.
Los mensajeros divinos bajo la mirada de Ella
Yo en la penumbra, como la muerte los observo
Una jueza invisible con el poder supremo
De acabar con todo como una diosa en su templo.

En el árido paisaje de un continente austero,
Sólo las tablas y yo, las luces, los mensajeros,
Las hambrientas arpías se preguntaban cuándo
Daría mi veredicto para al fin verlos marchando
A encontrarse con la irreversible en el paraje lejano
Bajo la vaporosa luz del teatro extraño,
Levantado del aire en algún rincón del llano.

Ni se miraban ya, sudorosos como estaban.
Agitados y mojados, vieron a su tierra y a su casa.
Y yo que me aburría, impaciente y ya cansada
Nunca tuve compasión, di la orden esperada.
Como del cielo una espada, cayó la maldición
Y sin entrar en razón, tumbáronse como manzanas,
Con la mirada perdida en algún mar de la luna.

Tras un chasquido de mis dedos, de repente no había nada.

Por Sara de Barro

en lo de garengo

Buenas noches, amigo lector. Para mí es un orgullo colaborar con esta revista, con un nombre raro y que edita mi querido amigo Víctor Aguerre Quiró, personaje de la vida si los hay. Lo que voy a tratar de comunicarle son historias reales, vividas por mí y con testigos vivos. Pues hoy les comentaré un caso que a mí me pareció bizarro, en fin…

Antes debo de aclararles que soy un hombre ya entrado en años y mi memoria no anda muy bien, (tampoco la de Vázquez anda bien). Ustedes pueden creer que ya pasaron algunos años desde 1981, después les contaré por qué me acuerdo de la fecha, porque yo no soy un simple mortal, pienso vivir toda la vida, y los que pensamos vivir toda la vida no llevamos registros de años, ni de meses, ni fechas de cumpleaños, ni tiempo de internación en el psiquiátrico. Yo tenía una novia muy fea, tan fea que no me gustaba despedirme de ella y un día me dijo desde el 19 de setiembre que no me das un beso. Ahí aproveché a terminar con ella porque era una simple mortal. Me sentí liberado, pero lo cierto es que me acuerdo que fue durante el año 1981 porque recién habían salido las camionetas Chevrolet, esas grandes que usaban los estancieros en campaña, y tener una de esas era señal de opulencia, de que las cositas andaban bien.

La anécdota fue en un bar de campaña, más precisamente en lo de Garengo, en la intersección de las rutas 6 y 56, en el departamento de Florida. Hasta estos días se conserva la estructura del Bar y Almacén, ahora creo existe otro tipo de negocio.
Tal vez usted no sepa cómo era ese tipo de almacén y bar pero trataré de contarle brevemente. Consistía en un mostrador largo donde una parte era almacén, en la que podías comprar todo suelto, y la otra parte del mostrador era bar. Allí también había un billar, infaltable por aquellos tiempos, donde la gente de campaña mataba su ocio y su tiempo, sobre todo los fines de semana. Esto que quiero relatarles pasó un día entre semana, solamente estábamos el Jacinto, un peoncito de estancia que le gustaba más matar su tiempo en el bar que en el trabajo, y yo. Jacinto era más bien chiquito, flaco, usaba gorra de vasco, bombachas gastadas, zapatillas rueda (creo que ya no vienen más), y tenía toda la picardía que sólo te da el boliche y la campaña. Estaba sentado en un banquito que también se usaba para jugar al truco, tomaba un vino, el vaso medio vacío (y no es la teoría del pesimista y el optimista) sí, medio vacío el vaso de vino.

En ese momento en que habíamos entablado una amable charla con Jacinto, en la que también intervenía el dueño de casa, frena de golpe una Chevrolet último modelo y se baja una mujer de unos 30 y pico de años, más bien corpulenta. No estoy en condiciones de dar más detalles de sus senos ni otras partes porque no vienen al caso. Se baja, botas, bombachas nuevas, bien lavadas y planchadas, e irrumpe como una ráfaga en el tranquilo boliche y dice bolichero deme una caña y mirando al Jacinto le dice yo soy Dolores, soy ingeniera agrónoma, me gusta tomar caña, jugar al truco y me gustan las mujeres. Sí, soy lesbiana. Y le pregunta al Jacinto, que a esa altura estaba cada vez más chiquito, ¿y usted qué es? Jacinto, con su habitual rapidez y picardía le responde, yo… lesbiano.

Hasta la próxima.

Por Menecucho

solidez líquida

Desperté al sueño en un lugar que no conocía pero me era familiar. Desperté al sueño en una estación de tren, no había nadie. Estaba oscuro y eso me hizo pensar que pronto iba a amanecer. Estaba solo y eso, de alguna forma extraña, me gustaba. Caminé por la estación y me entretuve con las columnas de madera talladas y los mosaicos de la pared que formaban una sobria batalla yugoslava. Salí por la puerta contraria a la que entré, en la que supongo algún tiempo atrás me bajé de un tren. Hacía frío pero yo no lo sentía, recién lo vi cuando enfrente mío apareció una estatua de hierro sólida e inmensa. Para sentir hay que ver. La vi helada y tuve frío.
Alrededor apareció un lago congelado y tuve más frío. Empecé a temblar y parecía que mis dientes se iban a romper en el tiriteo de mis mandíbulas. Eché a correr sobre el lago congelado. Estaba amaneciendo y a mitad del lago supe que la capa de hielo se iba a romper. Me detuve en el lugar, ya no tenía frío y un sudor caliente me corría por la espalda: la certeza de la condición irreversible del deseo.

Una parte de mí recordó que me encontraba dentro de un sueño y todo fue miedo. Sabía que todas las ideas se hacían realidad. Pensé en volver a pensar lo contrario, creer que ya no se trataba de una fina capa de hielo sino de una piedra de hielo sólido y contenido. Lo pensé y de nuevo la certeza hirviendo me hizo saber que estaba intentando engañarme a mí y al oráculo de los sueños. En ese momento la tijera de Átropos cortó la fina capa de hielo y caí al agua fría como la muerte.

Por Víctor Aguerre Quiró

¿cuánto tiempo?

¿Cuánto tiempo de tu vida estuviste drogado? Sin realmente estar ahí. Evadiéndote. En un lugar mejor.

¿Estabas muy drogado? ¿Te acordás qué sentías? Sí viajabas. Sí volabas. Sí te hundías y se iba tu identidad. ¿Y eras todo?

¿Cuántas veces deseaste escapar? ¿Y cuántas veces volviste? Volvés a estudiar. Volvés a la rutina. Y la rutina, como la droga, te asegura.

Hay personas que se dedican a juzgar y ajusticiar a los demás. Te dicen “vos estás bien”. “Lo hiciste bien”. “A vos te falta”. “Vos te vas, te vas y volvés, vas de vuelta”. A esa gente hay que matarla. Porque esa gente te mata. Y te vas, a la droga, a buscar otra gente, o a buscar mentiras. Algunas mentiras van contigo, otras te contradicen. Y así, rápidamente, ya es lunes y tenés que despertar.

Por Arduo Servidor

domingo

1.

Olí oxidadas lanzas en sueños
Y desperté bajo el enfermo olivo
En el desierto hediondo de hierro
Contra sol arena y árbol espejismo.

Ascendió un solitario guerrero
De azaroso y cruel instinto.
Viéndome inmóvil del veneno
Se acercó y me hundió un cuchillo.

En mi garganta el helado filo
El flujo tibio, el agua en vino,
La arena en agua, el rayo en trueno.

Entre risas huyó el asesino,
Pero de mi puño un bronce pulido
Fue a dar en su lomo y así culminó el sueño.

Por Sara de Barro

mito eslavo

Heredé este texto de mi padre, muerto hace décadas. Permaneció en los cajones del sótano y recuerdo haberlo leído cuando niña, fascinada de su fantasía. En su momento no comprendí su importancia. En una carpeta estaban un pergamino de piel escrito en ruso primitivo y los papeles redactados por papá, que lo poco que me enseñó de ruso fueron los monosilábicos insultos que se le escapaban. Había traído el pergamino desde su pueblo, en su equipaje, tras haberlo robado de la iglesia, en el oscuro hormiguero de 1942; probablemente temía que fuera destruido. Lo tradujo cuando nuestra casa todavía no tenía teléfono. Estaba preocupado por que se degradara el original y escribió copias en ruso y en español. Poco sé del pasado de mi familia, me imagino que quizá algún barbado tatarabuelo, un verdadero matusalén, escribiera estas líneas a la luz de la vela a orillas del Mar Negro. Sin más, quisiera compartir esta traducción de Igor Ivanovic con ustedes.

«En el valle de arena, llegaron las caravanas y sus semilleros. Solo arena entre las montañas y el mar. Aún no temíamos el fuego del húmedo dragón. Plantaron árboles y de mí nacieron. Raíces de cosquillas, de mi carne mamaron y nos hicimos familia. Los hombres borraban sus huellas en la arena, temerosos del páramo. Nada bueno, decían. Los primeros murieron y los árboles ya eran altos. Los niños pintaban en ellos su magia protectora y la gente era feliz. Los espíritus de la tierra prestan su mano a los justos y se dejan ver en la sublime llama. Hombres de fuego. Los árboles caídos fueron leña y el frío era tal, que la llama ardía sin pausa. Ejércitos de perros derrotados con astucia y devorados con gloria. Pero el oscuro cielo salado esconde sus estrellas. Espejo precioso del éter. De su densa entraña emanaron las criaturas, las criaturas viscosas, acuosas, asquerosas. Los hombres de arena, aterrados, se subieron a los árboles, donde fue la tierra nueva, entre las ramas. Los acuosos se comieron a los perros, viven en el encuentro del aceitoso mar y la tierra de hielo. Los temerosos hombres de arena y fuego atrapados en los árboles se devoraron entre sí, y al llegar el tiempo frío hicieron arder sus casas y murieron helados cuando fueron ceniza. Las blandas criaturas húmedas los engullían cuando caían como frutos. Los árboles se hicieron ceniza y otra vez la arena. Harta de danzas, la divina mar hizo suyo el valle y en un nudo de tiempo lo sepultó bajo sus negras aguas. Los viscosos y blanduzcos escalaron mi cumbre desesperados y no encontraron nada. Encima de la seca piedra se devoraron a ellos mismos y de su excremento nació el hombre nuevo.»

Anónimo (Siglo III a.C. – Siglo V d.C).

                   Por Laura Ivanovic

un país de viru viru

Bien y mal, presente de la subjetividad, territorio de la experiencia y la pasividad.

Viru Viru: dícese del bla bla bla.
A veces, no muy a menudo, el pensamiento va a alguna parte.
El resto es viru viru.
Insisto: el objeto, para ser viru viru, debe necesariamente ser oral, o irreversible de alguna otra manera,
es decir,
el viru viru va delante de nosotros y, apurados por alcanzarlo, nos damos de lleno la cara contra él.
¿Es un conjunto de promesas? ¿Una interacción?
¿A quién le preguntás, salame?
A nadie, esto es viru viru.
No sólo no pide permiso, sino que exige y obtiene a cambio una disculpa por su retahíla de agravios.
El muy astuto te deja fuera de foco, jadeando y preso de tu propio viru viru.
Si en algo estamos de acuerdo es que uno es responsable de su propio viru viru.
¿Cómo uno? ¿Y la interacción?
Vos dejá de preguntar.
El viru viru, vacío de preguntas,
no es sino una cadena de afirmaciones. Es irreversible y ante todo, insisto, es oral.
Fin de la discusión.
Es decir, esto es una definición de viru viru,
es decir, una imposibilidad en sí misma,
es decir, ya que la producción de viru viru es incompatible con cualquier tipo de catálogo o cualquier…
¿Por qué?
Cortala.

La revista es mareada y está grosera y tiene como objetivo persuadir, a veces más otras menos, únicamente para confundir al lector e invitarlo, desde la confusión, a construir una nueva realidad.

VIRU VIRU
revista libre