abrazo de los peregrinos

A la llegada del lucero

dormimos en el valle, 

un hotel de mil estrellas.

El río lamía las heridas de guerra.

Amores pasados sonreían en lo alto.

Abajo la sinfonía nocturna

de luciérnagas vagabundas

y de hojas que sudan 

el verano en rocío.

Rodeados de testigos

hicimos el amor

mientras el río

con cristalino rumor

nos recordaba 

que el tiempo no espera

y aquella historia nuestra

un milagro del encuentro

entre dos almas humanas.

El recuerdo es un destello

en esta noche estrellada.

Por Sara de Barro

frustífero

Camina por el desierto sosteniendo únicamente una sombrilla que lo aleja del calor. Calmo en la pasividad de su muerte cercana. Sabe que el agua se acabó hace días. Que el sol secará su piel, y volverá su cráneo un horno, cocinando la mente que una vez fue libre de imaginar cosas más allá de la arena y la sal. Sumido en la peor de las prisiones, que genera en su inmensidad la ilusión de la libertad, espera pacientemente el final de sus músculos. Cuando sus piernas cansadas no puedan avanzar más allá del siguiente paso y la vida le deje de pesar. ¿Cuántas veces había caído? Con el viento borrando las huellas en las dunas. En un paseo sin rastros, su existencia entera deshecha por el pasar del tiempo y las fuerzas naturales.

Ya no puede mirar por encima de su hombro. No quiere verse a sí mismo en el suelo, arrastrándose, o incluso tieso, a merced del sol y los buitres. Decide poner la vista al frente. Sigue en su andar sin darse cuenta que la sombra había terminado por cubrir todo el vasto paisaje que lo rodea. No siente el cambio de temperatura, el frío que se cuela entre sus huesos congelando de a poco sus movimientos. Piensa, en su pobre y única protección, en el fervor del astro rey que busca acabarlo desde la altura. Con el parasol abierto ignora la belleza del cielo estrellado. Se pierde en su encierro, en la idea del amparo que él mismo creó y ahora le impide dejarse sorprender por la noche iluminada. No entiende que el fuego del día ya terminó y la noche lo acoge con su fresco manto. Sigue igual, con pasos cada vez más cortos. No es hasta el final, tendido y sin fuerzas que derrama una lágrima por las luciérnagas astrales que alegres y titilantes lo llaman a su compañía.

Por Elvis Boransky

todavía es tarde

Desperté al sueño sentado en el sillón viendo televisión en otro idioma, al lado de alguien que no conocía y, sin embargo, no temía.
Me levanté de golpe, al mismo tiempo que en un rincón se encendía una luz cenital, que iluminó una gran biblioteca.
Súbitamente fingí interés en la biblioteca, para que esa persona dura, a mi lado y frente al televisor, no sospechase de mi repentino y ahora inesperado impulso. No lo hizo.

Examiné de cerca los libros y encontré algunos que reconocía de mi propia biblioteca. Ahí estaba mi edición de la Divina Comedia, azul con letras rojas; mi Tótem y Tabú, con su máscara y el lomo rasgado; y un libro muy aburrido que amigos fugaces me regalaron.
Quise vomitar.

En ese momento pensé en escapar, y luego en mi casa. Ahí entendí que estaba en mi casa y que, por lo tanto, no tenía adónde ir.
Volví mi cabeza hacia la persona en el sillón. Estaba dura, iluminada por la luz del televisor.
Abrí la puerta y, sin cerrarla, me precipité por la escalera. Bajé mil pisos, todos iguales, interminables. Pensé en fotogramas de una película que de niño ví. Ya en la calle pensé: Otra vez tarde.

Con el pelo revuelto por el viento de la huida y la certeza de haber olvidado algo importante, me alejé.
Otra vez el mismo camino hacia el mismo lugar. Me dirigí a la parada de ómnibus más cercana y la pasé de largo.
Una voz me dijo que me gustaba sentir que mis piernas me podían dirigir. Que mi cuerpo, como un ente independiente, podía ir y venir sin necesitar de mí.
Me alejé de la avenida con largos pasos, como si mis piernas intentaran asegurarse de que no me arrepentiría, intuyendo que cuanto más rápido me alejara menos dudaría si volver.
Ya lejos del ruido, mis piernas enlentecieron el paso y, cada vez más largas, se movían por la vereda como si esta fuera la luna. Flotaba pegado al suelo.

Un bosque cerrado de edificios se erigió frente a mí. Con un poco de miedo y otro tanto de respeto evité mirar al cielo y el contacto con las copas de los edificios.
Tenía que llegar a Catorce y por esto caminé con precaución animal ignorando el ruido. Los gritos, el humo del incendio y el olor a quemado invadían el aire. Quería mirar pero no debía. No miré y salí airoso.

Abandoné la selva de frondosos edificios para adentrarme en un rosal de casas bajas, sin rejas y habitadas por insectos que murmuraban palabras ininteligibles en idiomas desconocidos.
Me gustaba este lenguaje animal porque demostraba que me estaba acercando a destino, me quitaba la prisa y ya no pensaba en lo que había olvidado.

Por Víctor Aguerre Quiró

mundo roto

Las nubes pasan raudas

sobre la plaza central,

tratando de ocultarte,

bella luna de cal.

Deslizó tu miel

la tormenta del tiempo

y desnudó el viento

nuestra pura soledad.

Oigo tu voz en la línea

y me parece mentira

tu tortura de placer.

Quiero olvidarte y no puedo,

heroína de mis sueños,

noche el frío amanecer.

Por Sara de Barro

2000

En la oscuridad de la noche sin luna el olor de su piel me recuerda alguien que nunca conocí

bajo un blanco rocío las fuentes nunca descansan estatuas infinitas posan flechas trensadas en oro reclaman perdón

En qué piensa la gorda mira ausente y ladina distraída de la incineración de sus horas

como en un sueño ve al futuro desde la vigilia de hoy inestable como el viento se desarma para volver

sin agotarse

a armarse, todo claro como el agua en deshielo

Cerca una reja y pensó

tras las rejas las palmeras se balancean al ritmo del viento así como el futuro

recuerdos de un sueño del país de ser atractivo como aquel con lagoas

Supo que en algún momento quiso ser tan sólo un mar que ve pasar pequeñas historias y en cada ola largar un suspiro de melancolía por lo que ya no volverá

Ahora recuerda haber leído esta mañana de nuevo que Onetti murió

el día de ayer no pudo dormir por la cita de hoy

recordó ver el cielo sabiendo que un día recordaría no haberlo visto bien o al menos lo suficiente

A vos lector de corazón roto el dolor no es tu amor sino la llaga emparchada como un enigma las erres se repiten en un eco que pierde fuerza por el olvido maldito olvido se miran y en segundos envejecen

Un bostezo resume el mundo

Por Pretexto Suárez

amapola

Flor de paleta fatal,

de tallo tostado

y pétalos de plástico rojo

que son para mi lengua como la sal.

Tu voz vibrante de oboe,

dulce y peligrosa,

encantadora de serpientes,

cadena de rapaces voladoras.

Tu voz sola, sobre los envidiosos violines.

No existe orquesta que la dome,

ni laberinto que le marque el rumbo.

Y no puede ser sujetada

para el consumo de los oscuros cines.

Por Sara de Barro

horóscopo

Diría que eres un tigre.

Mirándome con tus ojos,

como dos monedas brillando

al fondo de las gruesas hojas.

Y cuando el rumor líquido

te orientara al bajofondo del río,

se iría contigo mi peligro

mas yo te seguiría.

Eres un tigre hambriento

que se rehúsa a comer,

no es el hambre sino la gloria

para ti el amanecer.

Gloria.

Conmigo temes perderla

y con ella a tu memoria.

Yo como sea te sigo

corriendo palmas y espinos

sin faltar nunca tu vista.

Voy cautivada en el albor anaranjado

que refleja nuestros pelajes helados.

El mundo cabe en un pensamiento.

Pisadas tibias en el barro denso.

Me agacho a beber y te miro

sin simulacros ni tensión.

Arrogante y cruel,

culpable de tu sino.

La terrible violencia de esos ojos.

Estoy preparada para todo.

Por despiadados que sean los embistes,

desde el abismo de los tiempos resisto.

Duermo tranquila bajo llorones cielos tristes

porque fueron tus huesos los que reclamó el río.

Por Sara de Barro

canción de uppland

Se sentó en la nieve. Miró los pasos que lo habían llevado a ese lugar. Miró el rastro rojo que acompañó a esos pasos y entendió: Valhalla.

Respiró ansioso y con cada exhalación echó vapor, que descongeló unos pocos puntos blancos en la maraña de cobre, rodeando su rostro. Parado como un toro en un diminuto corral a punto de ser abierto, se movió en el lugar. Esquizofrénico, preparó su cuerpo. Golpeó el metal con el filo. De nuevo ansioso, miró al bosque hablándole al helado viento y entonces lo escuchó: Krig fue todo, el estridente grave que retumbó. Y la estampida no se hizo esperar. Paso a paso al frente salvaje, golpeando al unísono el hacha con el escudo. De nuevo escuchó el cuerno y sin pensarlo echó a correr. Feroz, el bosque tembló.

Los vio, pero antes del choque sintió silbidos en el bosque. Justo en ese segundo previo, una de las flechas tumbó a alguien a su derecha. No alcanzó a verlo. Otra rozó su muslo, blanco y rosado, y ahora rojo. Puso todo su cuerpo contra el escudo en el salto. El impacto fue tal que descolocó su clavícula. Siguió con su vecino antes de incorporarse. Cortó de un hachazo cinco dedos de dos pies. Sintió el aullido de dolor y supo que no sería problema, se paró, acomodó su clavícula. Sintió dolor al alzar su rodela y lo recibió con gracia.

Su hacha, extensión de la decisión de su mente, partió el cráneo de quien lloraba sus dedos perdidos. Y pasó el tercero y el cuarto y el quinto y volvió a blandir con euforia el peso del yunque.

Avanzó hasta un estrecho del bosque que muere a los pies de un gran claro de nieve: la burbuja congelada del Torneträsk antes de convertirse en lago macizo. Su cuerpo, vapor y barro y sangre, avanzó de más, pues cruzó las líneas de un enemigo ya cansado de caer en el bosque. Por detrás y montando una bestia, la única bestia más grande que él, fue emboscado. El caballo pateó su espalda, seco, duro. Cayó en la nieve y, boca abajo, quedó un momento inmóvil. Un joven se arrojó de rodillas junto a él, lo apuñaló en el vientre, en un costado, justo debajo de las costillas. Su último acierto, su último error. Chilló de dolor al tiempo que tomó al joven del cuello y lo estranguló violentamente. Tomó el puñal de las manos rojas del quinceañero y le perforó el cuello por debajo de la mano que lo estrangulaba.

Pudo con dos más antes de sentir helado el aire al respirar, como otro puñal en el mismo lugar donde entró el del muchacho. Caminó hacia el claro, dejó caer el escudo, ya inútil, pesado. Tapó la herida con su mano. Al presionarla, el dolor nubló su visión. Se sentó en la nieve. Miró los pasos que lo habían llevado a ese lugar. Miró el rastro rojo que acompañó a esos pasos; y entendió: Valhalla.

Dejó caer el hacha. Cayó junto a él, de canto primero, e hizo crujir el hielo bajo el manto blanco. Logró apenas entender, justo antes del segundo impacto, que terminó de quebrar el hielo. Suspiró. Al caer, el agua helada paralizó completamente su carne, su espíritu, sus huesos. Intentó filtrar un último grito, un último sonido, pero sus pulmones colapsaron por el frio, dando lugar a la realización de su inminente destino, un silencioso final.

Murió de ojos abiertos, repleto de agua, repleto de miedo. De la luz a lo oscuro por debajo del hielo lo recibió el lago. Su hacha descendió antes que él.

Tomado de las notas de Cándido Hefesto.

Por Ojo Rojo

breve rutina matinal

Nubes bajas en las plazas anunciando el día.
Esferas brillantes de los faroles, constelación eléctrica
que proyecta mis ocho sombras en las estatuas y esquinas.

Apuro el paso hacia la oscura galería,
infestada de putrefacción nocturna.
Me arrojo sobre la puerta y esquivo
al graso portero de turno.
Llego a la escalera.
Huelo sangre bajo el sobretodo negro.

En la alta cumbre entro a mi guarida
poseída de su silencio eterno.
Las luces de la ciudad se atomizan de humedad.
Me sereno a esperar otra noche de soledad.

Por Sara de Barro

candela portuaria

Llegué al continente nuevo,

procuré un guía ciego.

Yo redactaba epitafios.

Tropezamos por los desiertos.

Me sublevé a tu boca y partí.

La Isla de Flores, leviatán de roca,

sólida sombra purpúrea

al fondo del horizonte carmesí.

Poetas de la muerte en el río mar negro.

Amanecer nebuloso en el agua espejada.

Dejamos atrás ciudades doradas,

y habitaciones aterciopeladas.

Demoré una mirada en el último campanario.

Cuando me di cuenta ya no había nada.

El río mar y el alba ruborizada.

Por Sara de Barro

sobre la alteridad

Ser griego significa ser

estar sin culpa

hacer la lista del super con hambre y olvidarla sobre la mesa

¡mirá, un gato!

lo dejaron crecer como es, ¿sacás?

parece que estuviera en el medio del campo

quisiera estar en el medio del campo

 

en los dibujitos aparece la mona lisa.

también recuerdo haber soñado que se la robaban.

al momento intenté retener el movimiento del pensamiento, intenté encontrar una forma de disuadir la idea inmanente, siempre presente, de desaparecer.

ahora empaquetar para la posteridad

 

vos tenés que pensar que escribir es como hablar

si me estuvieras viendo

me habrías visto cambiar el cigarro de mano

para poder escribir

y, como cuando hablás, no importa lo que decís

¿viste la música que están pasando?

los tacos de las viejas jóvenes se alejan, lejos, del callejón

es Wagner, ¿no?

un trago de vino y se seca los labios

retomá lo que estabas

 

Por Pretexto Suárez

despojos

los ojos perdidos de todos los otros que no son yo
pero
que yo podría haber sido
se alejan sin fijarse en los míos
un par de ojos me ven pero se giran
al momento
veo bocas esbozar sonrisas a sus teléfonos
los mismos ojos se acercan otra vez
desde atrás
me vuelven a ver
me alejo y veo su espalda adelantarme
esta vez sin voltearse
voy más lento y todos también
aunque tenemos tiempo no nos miramos creemos que ya tendremos tiempo
un par de ojos fijos en movimiento
por un instante
se ponen sobre los míos sin verme
¿pueden no verme?
otro par un tanto confundido
buscando otra cosa
se encuentra con los míos
con miedo natural y esquivo
¡qué profundo ese par de ojos!
temo perderme
una mano rasca una oreja
sobre esa imagen
una boca busca su reflejo
en un espejo
una cara redonda se sostiene sobre un brazo
¡qué sería de esa cara sin el brazo que la sostiene!
ya nadie alrededor
no más ojos
mis ojos los buscan y sólo encuentran bocas tragando
una casa sola en el horizonte sobre el fin del sol
el tiempo
aunque constante
se desplaza inquieto
esas son las veces mejores
otras veces
el tiempo, perverso,
pretende ser estático
esas son las veces que más te extraño
tus ojos tranquilos desafían el tiempo

Por Pretexto Suárez

podría comer

Podría hablar

Sobre aquel día

en que te vi pasar

Sobre el color de mi mierda

durante la enfermedad

Sobre el viento helado

sobre mi cara mojada

Sobre una montaña

ladera al mar

Podría hablar

de los sueños que soñé

en el momento más oscuro

ese en que la noche

sabe que va a morir

Podría hablar

del rostro de mamá

en el primer encuentro

mudo

de la mañana

Podría hablar de aquella vez

que me caí frente al tren

y de todas las veces que me caí

y de todas las veces que quise caer

Podría hablar

de la angustia

de ver al tiempo pasar

Del miedo al mañana

Del miedo al presente

Y de la sesgada

comodidad del pasado

Podría hablar

de los ojos de mis perros

Del ladrido que me pone alerta

Del ladrido que ignoro

y vuelvo a dormir

Podría hablar de aquella ruta

que tanto tiempo atravesé

Los libros que leí

Los lugares donde reí

Podría hablar

sobre los consejos vitales

y la esperanza de vivir.

En estos tiempos fatales

la evasión de la soledad

Prefiero comer

Por Pretexto Suárez

febrero familiar

Era tarde para mi hermano,
iris fundido en un sueño africano.
La fiebre es púrpura, hirviente fibra,
las tablas temblaron, la quietud viva
fue la pausa de los vivos y, animada,
la ignorada materia vibró afanada.

Noche de luna
arábiga duna,
obra del viento y de la bruma.
La desciendo y deformo.
La arena de huellas adorno.
Mis pies son los de un viejo
que camina solo los cerros de oro.

Mi hermano vuela y es tarde.
Lo arrullan sábanas que arden.
Sumerge un pie en el arroyo,
El agua oscura, el monte criollo.

¿Olvidaste, hermana, aquellos juegos primitivos?

Miro furtiva sus ojos hondos,
recuerdo el profundo azul redondo.
Implacable arruga, como un río,
Hija de un deseo oscuro y frío.
Apenas chispas en las ventanas,
también azul es su estela helada.

Consume ya esa tristeza y abandona el gris abrigo.

Por Sara de Barro

miau

Negro pantano, alta montaña.

Bajo tu sombra durmieron

los anarquistas de España.

Oh, montaña, negro pantano.

Aún devuelves el eco

de perseguidos yugoslavos.

Echado en una roca, junto al mar amarronado.

Miro fijo al horizonte, a donde se fue mi humano.

Las nubes como heridas en el mar atigrado

semejan mi pelaje, negro, gris y anaranjado.

Hace soles que lo espero,

Con el creer sincero

De que por ahí ríe.

Me sumerjo en el recuerdo

Claro y profundo

Y mi humano ríe,

A pesar del mundo.

Quieto y sereno, parpadeando lento,

Pienso en mi humano, que era un niño.

Extasiado y rabioso en el vapor violento.

Golfo tropical,

la muerte no está mal,

si me lleva a tu dulce aullido irreal.

Valle divino,

la muerte sobrevino

en el crepúsculo rodeado de asesinos.

Llanura desnuda,

y en la sorda tierra dura,

mi divino hermano en su eterna tumba.

Por Sara de Barro

la soledad

Mis nuevos amigos de la revista me han invitado a escribir sobre la mía forma de ver al país.
El primero impresión que tuve cuando llegué a Uruguay fue algo muy amable ya que los truck drivers me compartían mate y cigarrillos, y a veces cerveza. El campo es algo muy bonito también, con el frío me recuerda a Alemania como también los bares y las personas fumando y hablando en la puerta.
No soy muy feliz porque mi bicicleta hoy tampoco había sido reparada cuando la fui a buscar. El sábado fui, me dijo a la noche, y luego que fuera hoy lunes. Me hizo esperar tal vez 60 minutos. En llegar demoré 40 minutos.

Me gusta Uruguay pero es caro: el queso filadelfia en Berlín es 20 pesos y aquí son 4 euros. También con el pan, es muy caro. Es bonita la costa pero la idioma es muy difícil. La soledad existe en todas partes.

por Hans Fischer

fluidos

Un libro de Roma en Roma

Hemos vuelto a la escuela

Un ejercicio práctico de los griegos y los romanos

¡Calla, calla!

No lo repitas ya.

Haz de la calificación un recto

y de la historia un cuento

Quisiera ver más cosas en profundidad

explorar por qué estoy acá.

Para ser profesor es menester

un recto gelatinoso poseer

prefiero el intestino seco del papel:

El eco.

No se si la gente se divierte o sufre

 

Por: Pretexto Suárez

noche de ratas

Un monótono ringtone de un cabezón Motorola C115, levanta a Diego Mario Soler, alias “el Solar”, apodo ganado por su apellido y por llevar su cabello crespo mal teñido con agua oxigenada. Son apenas pasadas las tres de la madrugada y, en Noviembre, se respira un ambiente espeso, de esos en que se puede cortar el aire con cuchillo: calor, humedad, cielo de alquitrán. Se avecina una tormenta.

El Solar camina por “la calle de la basura”. La calle principal de Noviembre, una curva sin asfaltar que toman los camiones que sacan la basura de Buenos Aires.

Exactamente en el medio de la curva está “el peaje”, el negocio de Noviembre, bueno, uno de ellos. “El peaje” es simplemente un espacio delimitado con yantas, gomas de camión y basura. Por presión del barrio, los camiones que pasan diariamente cargados de basura, deben detenerse en “el peaje” antes de continuar al vertedero. La parte trasera del peaje es obviamente una montaña de basura.

El Solar levanta viaje a la capital con uno de los camiones haciendo la vuelta. Un camionero de confianza a cambio de una bolsita por mes. He aquí otro de los negocios de Noviembre. Y el Solar es el capitán del barco en este negocio.

Ya son las cinco de la tarde y el Motorola cabezón picó varias veces. Palanca que va, palanca que viene, hoy es un buen día. <Un muy buen día> piensa el Solar preocupado.

<Y fue nomás pensarlo para que me cambiara la leche>, piensa el Solar. Ya bajó el sol y no vendió nada desde las cinco. Perdió la vuelta en el camión por quedarse a esperar la fisura y nada. Camina por la ruta re quemado pateando una lata, haciendo dedo por si se da un milagro. Por suerte bajó el sol, pero está calor, se está encapotando. <Va a llover>. piensa el Solar, <noche de ratas en Noviembre>.

Entrando por «la calle de la basura», le cae uno con el cuento: que tengo tanto, que dame y te quedo debiendo, que después te pago, que si somo amigo...
<Arrancá>, le dice el Solar, <hoy no estoy pa esta>. Ya tuvo suficiente por hoy como para andar fumándose giles. Pega la curva y pasa “el peaje” saludando al paso a “los profesionales”. De botas y guantes de goma, trepan los camiones que paran en “el peaje”, “los profesionales”. Clasifican, determinan qué basura no es basura para Noviembre. Te depuran el camión, más ahora en 2002.

El Solar llega a su rancho, son las ocho de la noche y está muerto, se acuesta pensando que mañana será otro día.

Un monótono ringtone de un cabezón Motorola, levanta al Solar. Son apenas pasadas las tres de la madrugada y en Noviembre se respira un ambiente espeso, de esos en que se puede cortar el aire con cuchillo: calor, humedad, cielo de alquitrán. Se avecina una tormenta.

<Traé 5. Tengo la $. Atrás del peaje> el Solar vuelve a guardar el celular en su bolsillo. Arrancó a llover, arrancó a llover fuerte. El Solar de brazos cruzados y capucha, ensopado, cagándose en toda la familia de este hijo de puta. Pero 5 es muuuucha guita, <llueva o truene> dice esperando que el clima responda y, esta vez, nada… detrás del Solar, una montaña de basura.

El chaparrón es insostenible, Noviembre palpita al sonido de las gotas gigantes que caen en las chapas de los ranchos, ríos de agua escurren de la montaña de basura, las ratas escapan de sus madrigueras inundadas, hay cierto caos en el montículo en descomposición. El Solar malviajando, no puede ver más de dos metros por la cortina de agua que cae violentamente y, sin embargo, logra ver una sombra empapada que se le acerca. <No, ¡pará!> Llega a decir antes de que el sonido de dos balazos se camufle casi perfectamente con la sinfonía de la tormenta y las chapas de los ranchos. Ríos caen de la montaña de basura, pero un río interesa en particular a las ratas: el que escurre del Solar.

Tomado de las notas de Cándido Hefesto.

Por ojoRojo

in mueble

Tomamos el teatro abandonado y los cristales rieron. Alarmadas despertaron las palomas y sacudieron con sus alas la negrura. Desde afuera el centro rebasaba los altos muros con luz y risas y guitarras. Llegamos a una salita de proyección y salimos al palco, desde donde saltamos a la platea. Detrás del escenario, alguien encontró el camino al ático.

Subimos e hicimos de un telón una bandera, que atamos a las bisagras de una ventana. El terciopelo pesado se desperezaba colgando sobre la fachada y cosquilleaba a los entes. Desde aquella lucerna alcanzamos la azotea, sin poder contener una mirada a la peatonal que allá tan abajo estaba viva y nos ignoraba, por una escalera de hierro podrido que se sostenía por un milagro chirriante. Arriba, recuperamos el aire y nos miramos entre nosotros.

Edificios cuadrados y negros y algunas cúpulas, más o menos filosas, emergían como pacíficas criaturas sombrías desde un mar de luces anaranjadas. Nuestros aullidos vibraban en los cristales rotos, un acorde de bocinas y también una trompeta tan dulce que la luna fue de miel. La saboreamos acurrucados en el techo del viejo teatro. Y así fue nuestro.

Por Laura Ivanovic

el espejo de jade

Desde las arcas del distrito de Tawang, apenas un grano del Himalaya que comparten India y Bután, llega un relato inconcluso. Un rompecabezas con piezas faltantes, un rastro en peligro de extinción, como la misma lengua Dakpa que le da origen.

Un grupo de soldados de la Compañía Británica de las Indias Orientales, encontró refugio en un pequeño pueblo de montaña a las afueras del distrito, luego de firmada la “falsa paz” en 1730. Al menos así lo cuenta el diario de Dorian Mirren, un soldado desertor luego de reanudado el conflicto. Mirren quedó encantado, según cuenta él mismo en sus pasajes, con el aire, con la montaña, con el valle, con la lengua, pero sobre todo con el reflejo.

Pero poco se sabe con certeza de él o de su cordura. Es que pasados dos años, se ve una mutación en el diario de Mirren; y es aquí donde comienza el misterio. Del cálido Mirren del idioma ingles a uno tosco y turbulento, por momentos incomprensible en su Dakpa. Quizás una de las lenguas no conjuga conceptos de igual forma que la otra, quizás Mirren no haya alcanzado un buen manejo del Dakpa. Lo cierto es que el hombre dejó atrás su vida de soldado británico, dejó atrás su pedacito de tierra en Sussex, a una mujer y a dos niñas de apellido Mirren. Dejó atrás su lengua.

“Soy pero no soy. Me muevo igual pero no me veo igual. Le temo a mi reflejo, me atrapa, no puedo escapar la tentación de verme en verde. Todos los días, días de corrido, noches y más noches veo a quien me ve. Todo se ve igual, yo no me veo igual, nadie quiere acompañar. Le temen al jade, saben pero no saben, no quieren saber. Soy pero no soy.”

Las traducciones mejor logradas del diario de Mirren en sus ultimas paginas en Dakpa, revelan retazos de alucinaciones algo poéticas, con una preocupación recurrente, su reflejo. Es probable que el pobre Dorian Mirren haya contraído la “fiebre tibetana”, enfermedad común y muchas veces letal para los europeos de la época que visitaban el Himalaya.

Tomado de las notas de Cándido Hefesto.

Por Ojo Rojo