Me desperté incómodo por la sensación del pelo en la cara, pero no era real, solo era el ocaso del sueño que se escapaba. Me levanté a oscuras y busqué la libreta, una lapicera, la luz del patio que se filtraba entre la parra. Anoté a tientas unos garabatos y volví a acostarme, a sumergirme de nuevo, a bucear en busca del sueño que tenía que contarte.
Soñé con dos medias hermanas, una era la mitad izquierda y la otra derecha, como en El vizconde demediado de Ítalo Calvino. Dos mitades que de fundían en una sola persona para cantar en un gran teatro. Mi abuela me hacía un overol donde cada una de ellas calzaba para salir al escenario. Yo era el soporte y no veía el público gracias a que quedaba detrás de la unión de sus medias cabezas. La escena era en sí la prueba del overol y el revisar que estuvieran cómodas, que ambas mitades llegaran a quedar juntas y no se notara la unión. Pero luego de la prueba cada una era una hermana entera. Cuando finalmente íbamos a actuar la mitad izquierda no podía por temas de agenda. Entonces la mitad derecha me pedía que yo la acompañara en el escenario, tenía que pintar en vivo un mural en colores verdes. Todo esto era parte de un acto feminista. La hermana izquierda me pedía que llevara medias naranjas. Me costaba encontrarlas. El edificio donde estábamos estaba en obra, los ascensores apenas si funcionaban, lo operarios que estaban instalando los equipos me miraban de mal manera. Finalmente, baja y ellas me esperaban en un Mercedes Benz celeste. Subí en le asiento de atrás. Acelerábamos y sus pelos me golpeaban la cara y ellas lentamente parecían fundirse en una.
Y ahí me desperté, los garabatos de la agenda que escribí eran incomprensibles.
Por Anónimo