(A proscenio) De pie sobre un mismo punto en las tierras de mi memoria nos miramos, tan cerca, que su aliento humedece mi naríz. En un consenso silencioso volteamos lentamente y apoyamos espalda con espalda, como tantas veces antes de dormir. Sentí al aire empujar sus costillas contra mí. Él debe haber sentido lo mismo porque, sin despedirnos, comenzamos a andar.
(A foro) Quisiera mostrarte el rocío congelado justo antes de caer sobre el suelo seco de La Pampa que me hizo pensar en tu rostro difuso sobre la playa de Costa Negra esa mañana después de la lluvia.
(A proscenio) El muchacho que sirve café al borde de la noche esboza una sonrisa humilde, llena de resignación convertida en amabilidad. Con el ascenso del día la bruma se disipa y puedo ver con claridad las palabras que usé.
(A foro) Pienso en lo que podría haber hecho en tu lugar.
(A proscenio) Entiendo que sumergidos en el aire diáfano no recordemos la densidad de la bruma que solía ocupar este lugar. Agua en el cielo y en el suelo. El sol al borde de la muerte confunde los límites y, entonces, estamos juntos en el territorio donde conviven nuestros recuerdos.
(A foro) Este mismo sol se mete por la ventana de ese avión en el que estás a punto de atravesar la noche, inundando rostros inquietos por tener que volar.
(A Proscenio) En la frontera de mi memoria me pregunto dónde viven estas personas que trabajan en este lugar en medio de la nada, rodeado de vacas convulsas que saltan alambrados y cultivos de sorgo esporádicos.
Por Pretexto Suárez