testigo al sol

Aunque porfíe lo contrario, Monti no tiene idea si lo que vio aquel día hubiera ocurrido de todas formas a pesar de su eventual o supuesta ausencia, o si fueron su contemplación muda, su desidia y su inmortal negligencia en la tarde fresca de finales de invierno, las que provocaron la desgracia colocándolo en el centro del tablero de los humillados, como a un testigo involuntario y doliente (el espectador que todo teatro necesita), como quien por sus múltiples y consecutivos errores se hace merecedor del desprecio más atroz. La única certeza que el tipo tiene es la de haber visto lo que vio.


Persiste luego de todo desastre y de toda situación indeseable la imagen del momento inmediatamente precedente. El lamento nos empuja hacia el instante anterior al dolor, como si al recordarlo cobrara vida la ilusión de que todo era evitable, hundiéndonos en la impotencia. Monti, leal a la especie y a sus melodramáticas tradiciones, fija en su cabeza la mirada última previa al desengaño: el brillo tibio de sus ojos gozando la privacidad dulzona de saberse solo entre la multitud, los dientes asomando por su propia voluntad, sin necesidad de forzar la sonrisa, sin necesidad de fingir nada. La última sonrisa sin farsa de Monti. El aire frío de Madrid no acobardaba ese día, más bien daba ganas de sentir la cara como quemada y esto también era una bendición; los jóvenes bebían cervezas y los viejos caminaban del brazo como si el amor existiera de verdad, como si no fuera un invento de la Coca-Cola para vender más litros. Durante aquel momento exacto y fugaz en que la vio, sus ojos y su sonrisa hablaron el mismo idioma.


En lo culposo de su torturada psicología, al recordar, Monti suele detenerse especialmente en el detalle de sus gafas oscuras. Sin ponerlo en palabras, sin atreverse a detenerse demasiado tiempo en detalles supersticiosos como este -evidencias claras de su creciente histeria-, está convencido de que los cristales interrumpieron el flujo energético que iba y venía de sus pupilas a la chica y de la chica a sus pupilas, y que de no haberlas llevado, ella hubiera sentido su presencia, su mirada como una caricia. Pero entonces Monti pasa siempre a un segundo pensamiento, a otra serie de imágenes inquietas y relativamente confusas, relacionadas con el ruido del carnaval y con su propia confusión, la que lo invadió al ver lo que tuvo que ver. Más que pasar voluntariamente como quien pasa de página, sus deliberaciones se empapan poco a poco y de una forma misteriosa pero inevitable, del recuerdo vertiginoso de la música y la danza, de los grupos folclóricos agitando su identidad como si fuera una bendición y no una vergüenza, paseando con un orgullo ridículo los colores de sus trajes típicos, los colores de sus sonrisas sumisas.


Entre tambores y mp3, Monti miraba a la chica desde lejos, y ella no lo sabía. Esta excitante comodidad, este voyeurismo celebrado por el calor del sol que lo agasajaba (ella estaba sentada en la sombra) le trajo al pobre y sucio Monti un subidón de felicidad. El moño sencillo, la mirada fresca y limpia, las piernas flacas cruzadas, la gracia del pelo movido por el viento frío de la tarde sobre su rostro blanco y rosado. Durante esos fugaces segundos, ella vivía en su esfera de cristal, en su recinto de decisión y autonomía, y la mirada de él violaba esa intimidad sin reparos ni remordimiento, como si de un juego nomás se tratara, como si no fuera peligroso o indecente hurgar en los secretos de los otros. Y a pesar de la belleza indiscutible de la chica, de una seguridad y un carácter tan notorios que prescindían del cigarrillo en los labios, en Monti no se fijó tanto la imagen de ella como la suya propia: de perfil, en ángulo levemente inclinado desde arriba, se ve a sí mismo en aquella plaza, aquella tarde, con aquella sonrisa, la última que sus dientes no necesitaron pedir prestada. Desde la plácida incomodidad de una silla de plástico del club, Monti espía al Monti incauto del pasado entre los vasos de ginebra y las barajas.


Es que al fin de cuentas el error estuvo en su presencia no acordada, en su indiscreción. Y su nuevo error es no entender la falta de garantías para contrastar lo que sucedió con lo que podría haber sucedido de no ser él un cerdo y un obsceno. Hoy, acá en Montevideo, donde también es un extranjero, estas conjeturas lo arrastran en espiral hacia la desesperación y entonces mira a un lado y a otro abombado, se levanta, camina en círculos a ninguna parte, escupe desde adentro de la cantina hacia el patio diminuto y vuelve a sentarse. Nadie parece notarlo, acostumbrados los parroquianos, los pocos viejos borrachos que siguen viniendo a timbear y a mamarse. Soy el único que de alguna manera imprecisa lo entiende. Será por lo que me pasó a mí -tres insultos frente al niño, la furia desatada con la tormenta, un auto caro a toda velocidad y un ramo de flores tirado por la ventana bajo la lluvia en la más rencorosa de las venganzas (como si fueran las flores sucias al costado de la línea de cal de la carretera lo único que manifestara un sentido ahora…). Y en esta comprensión muda quedamos mirándonos como dos niños bobos que recién se conocen, que reconocen en los ojos del otro la misma falta de confianza y de personalidad.


Monti se abandona, y mientras mastica excusas cobardes y decide su próxima jugada desinteresado de lo que pasa en el juego y en su cuenta (debe varias timbas, Monti, ya no se ríe como al principio el petiso cabezón que agarró la cantina hace unos meses), en lugar de aceptar se destruye. Se empecina en la nociva costumbre de volver día a día, en un rito funesto, a repasar aquella estafa. Y entonces se le llena la cabeza de carnaval, del apestoso carnaval de indios y negros sucios, con sus ruidos de tambores mezclados con altavoces saturados en su panfletario afán de protagonismo político. Para él todo eso es doblemente doloroso porque también le recuerda su condición de inmigrante, el desprecio de ciertas miradas y el rechazo de tantas mujeres. Dice que los hombres nunca lo discriminaron. Pero con qué asco lo miraban las jóvenes y no tan jóvenes de ciertos barrios, con qué superioridad.


Hasta que llegaron los ojos curiosos y atentos, las manos frágiles que tanto daban como escondían, que dejaban ver la ternura de una mujer que también despertaba el apetito. Los acercaron las circunstancias: un amigo conversador, el vermouth, el aburrimiento de la ciudad, que es bien distinto al del campo, al que Monti conocía de su infancia en Guatemala. Monti no llegaba aún a los cuarenta, pero con ella comenzó a sentirse más vivo que nunca, más vigoroso que a los veinte. “Esa es la responsabilidad mayor, el pecado mortal”, se repite Monti sin hablar, negando con la cabeza inclinada hacia abajo como los muertos, los ojos cerrados, las manos colgando como racimos de frutas feas… “Era viejo para ella”.


De estas sentencias está llena la vida de Monti, o lo que queda de ella -rutina, pan con fiambre a la mañana, mate, desidia, más mate. Esperar la noche el resto del día como el que espera la salvación-. Yo le digo que era experimentado, no viejo. Que sus intenciones eran buenas, que valía la pena. Le miento. Hay una fracción minúscula de segundo en que por nuestras miradas ambos sabemos que le miento. El resto se lo cree. Pero, terco Monti, al siguiente vaso de ginebra se le olvida. Y se hunde de nuevo en la densidad de una angustia renovada pero antigua, la mirada perdida, suspiros hondos como el cadáver de un búho. Una carcajada me explota en la boca y lo miro burlón, con verdadero asco, siento las ganas de golpearlo en la cara arremolinadas en mis manos. Me controlo. Lo quedo mirando y me mira como un perro manso. Se me pasa todo y el asco lo siento por mí mismo, se torna lástima y ganas de morirme. Se prende un pucho, Monti.


Le vuelvo a pedir que me cuente qué fue lo que vio exactamente, intento al pedo hacerle entender que en verdad no vio nada, que nos está cagando la vida a todos con su imaginación de delirante, con esa cobardía tan parecida a la mala leche. Se levanta decidido, serio por primera vez en el día, y con voz vibrante y exageradamente baja me habla mirando a la nada, casi en un susurro: “Lo que vi en sí mismo no importa. Lo que importa es lo que me imaginé. Lo que intuí, mejor dicho, a partir de lo que vi. Lo que emanaba el sobre entregado como en un secreto, el tipo de espaldas, la campera de aviador con pelos en la capucha, la nuca rapada del asqueroso. Ella salió de su silencio inocente, como si rompiera un hechizo, lo miró, y ya en su sonrisa vi el beso que aún no se habían dado. Los labios de él apretando los suyos, la mano en el cuello, siempre el sobre entre los dos… siempre el sobre…”. Entonces las piernas le tiemblan y necesita sentarse. El petiso le arrima un whisky de la casa, yo le voy prendiendo otro cigarrillo y él se derrumba en la silla, con ojos de anciano, a fumar y a tranquilizarse en cada exhalación de humo caliente, en cada confirmación de su decrepitud irreversible.

Por El Iluso

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