Centenares de estrellas buscan asilo en cielos desiertos. Y brillan o brillaron, sin
propósito final. Tan efímeras como eternas, escapan así de las garras del titan.
Danzan en la sombra como chispas en el aire. Son pasajeras a simple vista.
Vestigios de llamas que como granos de un reloj de arena se despliegan fugaces, en la
oscuridad del tiempo. Quiero volver a verle y saber que está bien. Necesito deshacer
aquellos nudos que se enredaron en mi andar. ¿Cuánto de lo que era fue destruido por el
nuevo yo?
Se toma, de la división de las partículas, la esencia misma de la vida, y en ella
encontramos también el vacío que es parte del todo. ¿Cómo se siente tu cuerpo hoy?
Son olas constantes que rompen y colapsan sobre sí mismas. Y la destrucción del yo no
es más que muda de piel de una serpiente, seca, trabajosa, pero tan necesaria como
natural. Creer en el tiempo nos vuelve a todos esclavos del mismo. Me lleva a la
pregunta de si acaso no habrá sido la mentira original. De ahí los males que nos aquejan
desde la ansiedad.
No existiría proyección demandante sin futuro. Y por muy inciertos que sean, la
seguridad de su llegada, convencernos de que el próximo segundo va a llegar nos llena
de esperanza. Rara vez el cambio es perceptible. El segundo, como momento es
insignificante. Está en la suma de sus acciones colectivas, minutos, horas, días, años,
décadas, la percepción real de su movimiento. Sin embargo, al pensar hacia atrás, la
trascendencia del segundo se incrementa. Así que apreciamos por demás el instante
perdido, pero a costa de un desprecio por el futuro. ¿Cuánto pesa un cambio de
paradigma minuto a minuto?
La incertidumbre provocada por esta fuerza incontrolable y en perpetua
transformación, nos genera en simultáneo una necesidad inexplicable de entenderla.
Somos esclavos, no solo de las manecillas del reloj y lo que representan, sino también,
de la amenaza constante que presenta su despótico comportamiento. Hemos construido
barreras y salvaguardas para hacerle frente a casi todos los fenómenos naturales
reconocidos. Y, sin embargo, frente a él, no podemos más que sentir de brazos
cruzados, cómo los granos caen como regalos del cielo y mueren inmóviles en el suelo.
Por Elvis Boransky