sin título

Desperté al sueño siendo viejo. Al otro lado envejecí, no sé con exactitud cuánto, pero mucho. Me encontré de pie y en el centro de una habitación hexagonal sin muebles.
Las seis paredes, el piso y el techo eran superficies espejadas. Al principio, creí que se trataba de otra persona y, que los múltiples reflejos, pertenecían a otro cuerpo y no al mío que yo no podía ver por estar dentro de él.

Me acerqué a una pared y a mi reflejo. Me estudié de cerca, cuidadosamente. El reflejo había vivido medio siglo más que yo y me sorprendió reconocerme en la brecha. Igual que antes, mi nariz como una cordillera que se extendía desde la línea superior de los labios finos hasta las arrugas en el entrecejo. Intenté recordar mi reflejo anterior y no pude imaginarme sin las arrugas alrededor de los ojos, de la boca y en la frente. Un pelo cegador me caía sobre los hombros, largo y liviano. Lo corrí hacia mi espalda para poder ver mi cuello. De nuevo, la misma piel. Esa piel, que me era familiar pero que no podía recordar antes de ese momento, tenía algunos pliegues entre lunares y otras manchas solares.

Me di vuelta para confirmar que seguía siendo yo el único individuo en la habitación y me encontré con mi doble reflejo en la intersección de las dos paredes de atrás. A los costados lo mismo. En cada una de las paredes aparecía un reflejo y, tras este, otro. Este segundo reflejo parecía odiar tener que compartir el espejo con el otro, que estaba más adelante, y miraba para el otro lado. Sabía que los dos reflejos pertenecían al mismo cuerpo, a mi cuerpo momentáneo, pero eran completamente distintos. Ambos vestían pantalones y una camisa blanca limpia con manchas viejas, pero los perfiles no se parecían.

Volví mi cuerpo hacia el espejo ubicado detrás y los reflejos cambiaron repentinamente. Ambos me miraban de frente, caminé hacia ellos y el más lejano desapareció y en su lugar aparecieron seis más. Agobiado por la multitud levanté los ojos al techo y vi, en los bordes, el reflejo de los seis espejos y, en un costado de la habitación duplicada al revés, mi cara moviéndose con un cuerpo surrealista debajo. Esta vez, como en el doble reflejo de cada espejo en las paredes, mi cuerpo y mi reflejo no se correspondían.

Mientras yo miraba para arriba mi reflejo para abajo, hacia mí. Cuando pensé esto mi reflejo se río con sorna. Decidí ignorarlo y bajé la mirada al suelo buscando consuelo y esta fue la peor de las representaciones. Estaba yo mirando al suelo mis ojos lejanos perdidos una gran nariz y mi papada coronada con mucho pelo blanco. Mi torso era demasiado corto y mis piernas largas y gruesas, entre ellas encontré que mi reflejo superior ya se había olvidado de mí y estaba haciendo otra cosa. En cambio, me vi a mi mismo buscando su mirada.

Claro que cuando yo lo miraba a través del espejo él no me estaba mirando a mí. Por no haber podido efectivamente mirarme viéndolo es que recuerdo haberlo hecho. Me sentí solo, abandonado por mí mismo. Cada uno de los reflejos tenía su propia existencia podían prescindir de mí. Quise despertar y extrañó mi curiosidad, la del yo que escribe ahora, la forma de despertar. Me acosté en el piso y quise dormir, con temor de niño me alojé en el futuro para evadir ese agujero negro al que temo sólo porque no entiendo.

Por Víctor Aguerre Quiró

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