en blanco

Caminaba sobre el hielo del océano congelado, me apuraba pues sabía que la ballena estaba cerca, justo debajo de mí. No era mala, pero hacía cosas malas pensando en protegerme. Llegué a una choza y, en ese momento, ví a través del hielo el ojo del gigante animal. Ya era tarde. Tomaba al niño en mis brazos y me apuraba. Al mirar hacia atrás, veía a los jinetes que me perseguían acercarse. Era inútil intentar avisarles que se alejaran, me querían capturar, venían por todo lo de la aldea.

Entonces, con un gigantesco trueno, el hielo se partió justo detrás de los jinetes que, desconcertados, interrumpieron su persecución. Ya era tarde para ellos, la ballena los odiaba por perseguirme.
Le expliqué al niño, mientras lo vestía con cajas de espumaplast, que la ballena veía a los humanos como peces, que yo veía a través de la ballena y que podía sentir lo que pensaba, pero nada podía hacer para controlarla. Hubo unos segundos de silencio. El hielo apenas roto generó una cicatríz en el océano congelado y algunas astillas blancas asomaron. 

Los jinetes comenzaron de nuevo la persecución. Yo ya no corría, los miraba con el niño en brazos, evitando que él viera lo que iba a pasar. 
Otro estruendo y la ballena atravesó el hielo y cayó sobre los insignificantes jinetes y sus caballos. La ballena era blanca y estaba cubierta de cicatrices violetas y naranjas. Tomó aire y con un pequeño movimiento destrozó el hielo bajo ella. En un imponente chapuzón, desapareció. Pero la grieta comenzó a expandirse tragando parte de la aldea.
Bajo mis pies el hielo vibró. En cuestión de segundos yo me hundiría en el agua helada pero sabía que la ballena me rescataría una vez más.

Por Anónimo

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