presupuesto para corrección ortográfica

Hoy las notas se empujan unas a otras. No saben sostenerse. De repente se detienen y quedan latiendo en el aire. De una de ellas cae la mirada que no fue, el pasto de cabo polonio, la risa estridente de mi abuelo. Aparecen dos juntas e interrumpen la vibración, un nuevo clima desprende el calor al abrir la puerta del auto, luego el choque y tras él un amanecer frente al mar. Una alta, aguda y filosa despoja el lugar de las anteriores y con ella el insomnio en Donostia, el sabor de un mate agrio y el primer examen que perdí.

Ahora muchas, muy altas, histriónicas revelan la melodía del hervor de la olla en invierno, las plantas entonces invisibles, el recuerdo de la estrella. Una nota aparece y suena la voz de Bielli, huele al desierto y teme a la siguiente que irreverente la empuja al pasado. Esta es baja, grave y triste y de ella se escurre un lugar que nunca conocí, las ansias por conocer y el aroma a azufre de su rostro olvidado. Ahora una alegre agrupación se entromete en el aire, busca en el contenedor algo para comer, ignorando en el ritmo sincopado del compás, la primera vez que subí a un ascensor y el ascensor de la intendencia clausurado.

Las notas suenan familiares, como el abrazo de mi hermano, la nostalgia desde antes de nacer y el color de los ojos del marroquí. Los trinos altos, dudosos, se tambalean en el aire y empujan desde lo alto a la araña que fue mascota, al perro que tiraba de su correa y ahora llueve en cabo polonio. La melodía escupe un consejo viejo y conocido, mis cachetes colorados, mis ojos reventados por la preocupación de antaño.

Ahora, desordenadas, vomitan una casa recién lavada, los dedos contra la tela del vestido, los zapatos en fila. Se dirigen a una maraña y quedan atrapadas en las calles vacías, por momentos frías, se desenredan y donde estaba el enredo quedaron las noches por Barrios Amorín, el bar de Pedro y un invierno en cabo polonio. Las que suceden se parecen a un morro, entonces también a Lou Reed, a la ausencia de un brazo. Las negras, sin embargo, exhalan edificios altos rodeados de sombras duras, adoquines y maniquíes. Las nuevas, tal vez por culpa de las anteriores, bailan como marionetas que cuelgan de la vidriera, lejos de las manos de los niños que le darán vida a sus cuerpos inertes. Tres veces la misma nota y con ellas la foto de la chapa de la moto, una cadena de palabras inútiles y sueños de príncipe azul.

Entre notas el tiempo se escurre, frente a vos el tiempo se detiene pero corre furioso, como el Danubio, a tu alrededor. Cuando la música deje de sonar y el tiempo vuelva a andar vas a entender todo lo que aconteció bajo ese puente hilvanado con pequeñas tiendas medievales. Siempre podés condensar en una melodía al verano pasado. Hoy las burbujas del vino me recordaron caminando por esa calle. La ciudad oscura por la tormenta escupe esas noches de otro, viejas y oxidadas, que suenan a metal en el movimiento del pensamiento. Es la misma luz del mismo sol colándose por la misma ventana, sin cortinas, pero yo no soy el mismo. Este silencio, tibio, es el mismo de siempre. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. Recuerdo sus piernitas corriendo por el pasillo envueltas en risas, hoy las veo de pie, largas y ancianas, frente al piano. Con una sonrisa en los dedos me muestra sonidos que puedo oler. En ellos se esconden años de tiempo muerto, de videoclubes y librerías. Hoy en este tiempo siento vibrar el otro tiempo, el que fue y el que no.

Hoy, ¿dónde estaba yo cuando no estaba?

Te puedo ver niño, sentado en la falda triste de tu madre. Te veo risueño en el jardín de tu casa, te veo furioso armando el bolso. Tu cara lleva hoy líneas profundas, erosión del aire del tiempo. Hoy, en este amanecer, te pienso y vos sos todos. También el gato, que me ignora mientras escribo. Llevo conmigo un dolor viejo, que resiste a la tristeza y también a la alegría. El calor me trae el frío de los años en Praga, pienso en mis huesos helados entonces, en el temblor de las piernas. Imagino mi boca puesta en el mismo lugar de siempre, instalada en la parte baja de mi rostro, y la recuerdo temblar. Recuerdo dormir al atardecer, abrazado a tu cuerpo, hoy ya es de día y todavía no dormí. Las lágrimas hierven y se derraman lentas, atraviesan mi rostro y me recuerdan que en cada temporada estival llueve y hay sol.

Por Pretexto Suárez

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