Desvanezco bajo el yugo
del andar opaco de unos pies sin tacos,
mientras una flecha temblorosa como mi sexo
le hace un tajo al cielo…
Son los pájaros de Madrid,
ligeros como un muchachito sin
[preocupaciones
que solo piensa en las piernas hábiles
que desea, que sólo piensa en complacerse.
Los niños de nuestro edificio en ruinas
corren y gritan esquivando escombros,
cimientos destrozados que los condenarán
a una respiración dificultosa, a una asfixia
crispante… aún no lo saben.
Los rostros se suceden unos a otros
repitiéndose en patrones, como figuritas
de un álbum de sospechas,
de frankensteinianos mestizajes ancestrales.
La sangre ya es sopa colectiva,
esencia global que evade peajes y aranceles.
El rostro de mamá el mapa primero
de este impulsivo viaje impulsado
por un motor jadeante, arrítmico;
dulce y filoso a destiempo.
Y en otros rostros el mío,
en una boca una sombra, tres gritos mudos,
de más colores que sentido,
como una palabra hueca por dentro,
como este vómito rojo.
Un laberinto de rostros esquivos…
La gracia triste de un juego consumado,
cuya última palpitación, la inercia,
nos arrastra como el vaivén de otro jadeo,
de otro mar de aguas negras.
Al final, el comienzo…
Un pozo en el centro del pecho,
un páramo frío y desolado
que presiona al último niño
(un santo).
Buscar debajo de las uñas,
en el pico de una paloma,
en el aliento fétido de la costumbre…
y encontrar allí la partitura renga.
Por El Iluso