noches discretas

«Cuando la comida se mete entre las rejillas me da un asco terrible», exclamó Ethel a regañadientes. «Estos plásticos de ahora, qué poca confianza me dan…», se murmuraba a sí misma mientras fregaba un colador blanco en una poblada pileta, iluminada tenuemente por la luz de una vela. El sonido de la esponja rozando el plástico retumbaba en los confines metálicos del fregadero y se apoderaba por momentos de la habitación.  La espalda de Ethel se encorvaba sobre la pila de trastes haciendo difícil la distinción entre joroba y mala postura. La frágil luz de la vela le teñía de fuego las canas y se reflejaba en el borde dorado de sus lentes cuadrados. Intermitentemente dejaba salir de su boca un suspiro, como una queja ahogada en la soledad.

No fue sino hasta que terminó de lavar la olla, el sartén, el solitario plato con un juego de cubiertos desgastado, que notó el movimiento de la vela y emocionada avanzó hacia la habitación contigua, con las manos todavía mojadas y chorreando. Ya conocía el orden de los sonidos, primero el distintivo silbido del viento entrando por la ventana del zaguán. Al Nene le encantaba entrar por ahí. Después la puerta del corredor, que crujía si se la abría lentamente, y a pesar de habérselo explicado varias veces, sospechaba que al Nene le gustaba el sonido, y por eso jugaba de esa forma con ella. De la misma forma que se divertía, ciertamente, con las cadenitas del candelabro que sonaban a continuación, seguramente agitadas por un salto juguetón que las movía levemente, dejando salir un campaneo etéreo. Finalmente llegaría a la sala, donde la puerta siempre estaba abierta y el último sonido que escucharía Ethel antes de recibirlo sería el de la mecedora oscilando vaporosamente en la esquina de la habitación.

Con movimientos que rozaban la emoción infantil, Ethel se dispuso a hacer su camino desde la cocina hasta la sala. Al llegar sintió el silbido de la ventana, y apresurada puso la tetera de hierro fundido a hervir sobre la salamandra que ya estaba encendida calentando la habitación. Acomodó los almohadones de la poltrona y posó la vela sobre el asiento de la mecedora justo a tiempo para escuchar el candelabro del otro lado de la puerta entreabierta. Traviesa, se volteó de espaldas a la puerta, y se dispuso a servirse el té mientras hacía de cuenta que ignoraba al Nene que ya se encontraba cerca de la mecedora.

No se dijeron nada, se salteaban los saludos innecesarios al ser viejos conocidos. La sombra del Nene danzaba silenciosamente en las paredes, reflejada por la vela que ahora se mecía pacíficamente en la silla. Eran noches tranquilas como ésta las que llenaban a Ethel de sentimientos de profunda armonía. Al sentarse en su poltrona, con la taza de té en el regazo y el vapor empañándole levemente los lentes, sonrió mientras seguía con la vista los sigilosos movimientos de la sombra en la pared. Se deleitaba disfrutando de una compañía que rompiera con el silencio sosegado de su vida nocturna.

«Y al no estar vivo, el Nene no deja un desorden, como mis nietos cuando venían a visitar», pensó mientras se le dibujaba una apacible sonrisa en el rostro.

Por Elvis Boransky

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