visita incómoda

Las motos alumbran las fachadas del damero oscuro de la ciudad. Desde el apartamento la observo, se extiende al infinito, desde la entrada del edificio hasta donde alcanza la vista. No tengo los lentes: veo manchas oscuras con sus lucecitas anaranjadas y algunas ventanas iluminadas en los edificios del Cordón.

Me cebo un mate aunque son las diez. Escruto seria el horizonte mientras pienso en cualquier boludez. Pienso que la vida es una locura mientras me cebo otro mate y le doy una pitada al porro que se me había apagado.

De pronto, el timbrazo me saca del estupor. El gato huye al cuarto donde la abuela duerme. A esta hora es imposible que sea para ella. Insisten mientras yo me mantengo inmóvil, a la abuela no la van a despertar, si no oye nada, qué problema hay.

A la quinta vez que tocan dejo el balcón a las puteadas. Asomo un ojo a la mirilla de la puerta. Un repartidor de comida y dos prostitutas mantienen una calma profesional del otro lado de la puerta. Lo veo acercar el dedo al timbre. Vuelve a sonar. No comprendo de qué se trata. Decido aprovechar mi única ventaja: el factor sorpresa. Abro la puerta repentinamente y el efecto es el deseado: quedan espantados ante mi bombacha agujereada y la vieja bata celeste abierta, con chorretes de helado triple. El delivery carraspea y luego dice: “Ehhh, disculpe, señora, nos confundimos”.
Dale, no pasa nada.

Por Laura Ivanovic

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