Soy un fiasco y una mentira, útil sólo para los lagrimones que gotean automáticos, a veces más ásperos, siempre vacíos. Ya pasó el estrés de enero, de muchos eventos y ningún pago. Sin rédito pero con la fricción del verano, del tiempo malgastado y los viajes circulares a las playas enfriadas bajo los rayos de un sol vengativo. Sin acompañantes, con un perro guía, con un novio que solo trabaja y una familia que se arrastra.
Pasan las horas y soy un fiasco, no consigo descifrar LinkedIn. No consigo ser mi marketing, my friend, cowork, cogida por el ámbito laboral pero qué bien la billetera, qué bulto tan lucrativo el tuye.
Mi marketing es la mentira construida, la mentira es que ya no sé servir. Me encuentro desparramando lágrimas, con dolor en el pecho. Virtualmente, deshecho. Pero ya pasó, ya puedo viajar, ir a Europa, mamar.
Ir y volver, porque allá no está mi lugar. Mi lugar es atornillarme acá. A mis amigas divinas de Dinamarca, un beso francés y dos costillas, apoyado en ellas y teñida de rubio voy a descender la montaña, como quien baja de las canteras del Parque Rodó, susurrando que acá en Uruguay todo es chate y aburride y nada me deja ser.
Mentira a todo esto, mentira a la ambición, juro mentira a la depresión también. Abominación. Termino este texto diciendo: sean felices. No escapen de sí mismes. No tengan miedo ni vergüenza. Odio ese barrio con toda mi alma.
Por Arduo Servidor