Amanecía afuera, pero seguía colmado por los pensamientos de una noche de insomnio. Turbado, cargaba con el peso de los días pasados. Cada hora pareciéndose a la anterior. En ese limbo entre lo real y lo onírico se pasaba la vida mirando al mundo desde afuera, a través de la ventana de un refugio que construyó para sí.
La gente se movía como hormigas, siguiendo los caminos ya trazados por años de disciplina y condescendencia. ¿Era esto todo lo que existía en la vida? Hubo un tiempo en el que los sueños saturaban sus noches. Las vidas pasadas, presentes y futuras, se mostraban esperanzadoras en los campos elíseos. Pero ya no más, el sueño no se lograba conciliar, y la realidad parecía invadirlo día tras día.
Se preguntó si fue el desvío, salirse de la senda trazada, llenarse de sueños imposibles y metas inalcanzables. Se dejó ir y, por un momento, quiso traer a su vida aquellos paisajes que se mostraban sólo cuando dormía. Pero por mucho que se esforzaba, un pequeño tropezón, el más mínimo cambio rompía el hechizo, se esfumaba su concentración y perdía las ansias.
Al verse inmiscuido en las consecuencias del aleteo de aquella mariposa desconocida, cedía el control y con él las herramientas que había formulado para sobreponerse a la realidad impuesta. Necesitaba de un golpe más, del sabor amargo de una derrota contundente, que lo motivara una vez más a ejercer su poder. Necesitaba encontrar de nuevo las ganas de manifestarse.
Por Elvis Boransky