Los otros reían cuando se escondía para evacuar. Pero claro que tenía sentidos, y dejaron de reír luego de que exclusivamente la persona que orinaba en cuclillas regresara al campamento. Unos cuantos silbidos entre ramas y lianas y caer desplomado al barro extranjero, aún con el pene en las manos, vaya forma de morir para los otros. Quizás el precio de visitar voluntariamente el infierno.
Años antes la risa y la burla eran combustible, una forma de justificar más la lucha. La inmadurez desafiante de intentar ser lo que no se es, tal vez. La rebeldía corría en ser par, terminar antes que el resto el entrenamiento, correr más, invocar de forma implícita un juicio por logros.
Igualmente, la historia que se repite en espirales habla de cientos de casos similares. Las reglas de pertenencia enmascaran las de apariencia y así, cabello y busto asumieron con gusto la forma de los otros.
Los otros, de frágiles egos y tosco proceder, embistieron, reacios, de honores a quien paradójicamente sentía el deber como ninguno de ellos. Y si de deber se trata esta historia, aparte de misterios apenas planteados, orgullosamente pidió voluntariamente visitar el infierno.
Pero en este no mundo, todo aquello ya no importaba. No era la primera en la lucha, ni sería la última. Desde lejos reinaba el sentir, el honor, el deber. Todo cambiaría con meses y meses de agua. La humedad, el calor y Charlie corroerían todo deber y todo honor.
Por supuesto que la mente de los otros se cuestionaba los motivos, la juventud de la carne entregada al azar, todo por razón de transformar el pensar de Charlie, esos verdaderos otros. Otros que sin embargo no distinguían la lucha de sus practicantes. Eran todos y no eran nadie, como fantasmas en verde o campesinos inocentes, quien sabe.
Junto al monzón y los sueños de Saigón, fluía el arrepentimiento. Los otros, atrincherados en el barro, cubiertos en su propia peste, buscaban cualquier escape. Sustancias que disfrazaran el infierno terrenal, convirtiéndolos en blanco fácil para Charlie. Y luego dolor, calor y lluvia y humedad.
Terminada la temporada, con fuertes bajas en su haber, comenzarían el escape camuflado de avanzada. El olor espantoso del fuego químico les abriría paso entre naturaleza y humanidad chamuscada, pegajosa. Miedo vomitado y más guerra ensuciada de olor a napalm, darían a entender a los otros presentes en aquel entonces, que ellos y ella y Charlie.
Se oiría un “click” y prácticamente en simultaneo sucedería la sinapsis pertinente. Desde el fémur casi a punto de llegar a la ingle, todo desaparecería. Y el sonido de una explosión la dejaría desangrándose en la jungla.
Tomado de las notas de Cándido Hefesto
Por ojoRojo