Desperté al sueño en medio de la calle, entre dos semáforos con luz verde. Todo se veía igual a como lo recordaba, excepto por cómo me sentía. Había algo extraño con el movimiento de la tierra, de repente era perceptible. A mi alrededor nadie parecía notarlo, ni siquiera mi acompañante silencioso y malvado. Mis ojos buscaban en los suyos una respuesta y sólo encontraban secretos. Mi acompañante sabía. Ni bien terminé de cruzar la calle el suelo se empezó a mover, vertiginosamente. La tierra comenzó a girar como recién suelta de su amarra, pasando el día y la noche varias veces muy rápido. Este movimiento me hizo descomponer y me tomé del semáforo para sostenerme. En ese instante comenzaron a aparecer en el cielo carteles de neón con publicidades de marcas y redes sociales, seguidas de emoticonos disparados como misiles virtuales desde otros planetas. El cielo se llenó de estas publicidades que cambiaban vertiginosamente como el cielo. En un momento la tierra se detuvo, pero los carteles permanecieron allí.
En el universo los planetas se mueven lento, como canicas mi planeta se acercaba a otros y, cuando se iban a estrellar yo cerraba mis ojos, aguardando el impacto, pero algo los repelía. Al abrirlos podía divisar los techos de otras casas, incluso los rostros asustados de los habitantes de ese mundo. Allí todos se parecían a mí.
Al instante era de día, y yo tenía que ir a trabajar. Solté la columna del semáforo y volví a cruzar la calle que un tiempo antes había cruzado, pero al mover mis piernas noté que faltaba un poco de gravedad. Cada paso que daba demoraba en volver el pie al suelo, sin embargo me apuraba, no tenía reloj pero sabía que estaba llegando tarde.
Al llegar a mi trabajo me sorprendí: era un edificio de color gris cemento, a diferencia de toda la ciudad que era de madera. Al entrar caminé por un pasillo y, de repente, ya no llegaba a trabajar sino a investigar. Me buscaban y la única forma de poder escapar era descubriéndolos.
Por los pasillos me deslicé casi flotando, habían muchas puertas, una al lado de la otra, todas entre abiertas y tras ellas se escuchaba el sonido del sexo apagado.
Al doblar por el inevitable pasillo, una puerta inmensa se irguió frente a mí, con hojas pesadas de madera robusta, empujé una de ellas y al abrirla ví la nada y entendí que ese andar no llevaba a ningún lugar.
Por Víctor Aguerre Quiró