Es importante precisar en este punto que no todo es cuestión de coincidencias. Existen ciertos hechos aislados que, a pesar de querer ser atribuídos a una sutil casualidad, se viven y sienten como parte de algo mayor, un plan o camino. Es a partir de esta concepción que asignamos los valores del bien y del mal, lo correcto o incorrecto. Siguiendo esa intuición o separándose de ella.
Apartándose de estos conceptos unos instantes, sin embargo, rescatamos de los vestigios de sanidad mental remanentes, pensamientos de puro placer. Sensaciones de cuerpos enroscados en hélices helicoidales, que se funden en gemidos ahogados. Un único pilar de chakras, alzándose infinitamente mientras irradia el más claro brillo. Palpita con espasmos de consecuencias interplanetarias, supernovas de la mente que encienden el cuerpo elevándolo. Y en el centro del mismo, hallamos la semilla del poder. Allí se encuentran todas las respuestas, todas las preguntas; el camino, principio y final.
En ese dionisíaco caos de tumultuosa temperosidad flotan labios desenfrenados que buscan la respuesta de la piel vecina. El universo no existe por fuera de aquello que se alcanza con el tacto. Buscan a tientas en el vacío satisfacer su lujuria, su goce, su ser. Se vuelven una pulsante masa de dedos, lenguas, piernas y labios, que alcanzan poco a poco una estructura primordial. La forma perfecta de la unión que replica todas las uniones. De la vista se prescinde, para expandir en la oscuridad los confines de aquello que quieren volver infinito. Son cuerpos astrales en el principio de los tiempos. Masas de energía pura que flotan en el éter de lo desconocido. No existe un tiempo ni una forma constantes, y redescubren una y otra vez su topografía que cambia constantemente. Con cada caricia, la yema del dedo mapea la geografía a la vez que la cambia y moldea. De la misma manera que un alfarero ciego reconoce dentro de la arcilla la estructura de su obra, y utiliza sus manos para conocer y transformar la masa amorfa que es en un principio.
Si las mentes, junto con los sentidos, son los artesanos, y el cuerpo o la carne es la arcilla, la semilla contiene entonces el último elemento. Uno nacido de ciclos de fricción, distancia, pulsión, deseos, consumaciones y desenlaces. Los cuerpos ahora conectados generan el objeto mismo de su deseo, anhelando así el calor abrazador que irradian desde su propio centro.
Por Elvis Boransky