Camina por el desierto sosteniendo únicamente una sombrilla que lo aleja del calor. Calmo en la pasividad de su muerte cercana. Sabe que el agua se acabó hace días. Que el sol secará su piel, y volverá su cráneo un horno, cocinando la mente que una vez fue libre de imaginar cosas más allá de la arena y la sal. Sumido en la peor de las prisiones, que genera en su inmensidad la ilusión de la libertad, espera pacientemente el final de sus músculos. Cuando sus piernas cansadas no puedan avanzar más allá del siguiente paso y la vida le deje de pesar. ¿Cuántas veces había caído? Con el viento borrando las huellas en las dunas. En un paseo sin rastros, su existencia entera deshecha por el pasar del tiempo y las fuerzas naturales.
Ya no puede mirar por encima de su hombro. No quiere verse a sí mismo en el suelo, arrastrándose, o incluso tieso, a merced del sol y los buitres. Decide poner la vista al frente. Sigue en su andar sin darse cuenta que la sombra había terminado por cubrir todo el vasto paisaje que lo rodea. No siente el cambio de temperatura, el frío que se cuela entre sus huesos congelando de a poco sus movimientos. Piensa, en su pobre y única protección, en el fervor del astro rey que busca acabarlo desde la altura. Con el parasol abierto ignora la belleza del cielo estrellado. Se pierde en su encierro, en la idea del amparo que él mismo creó y ahora le impide dejarse sorprender por la noche iluminada. No entiende que el fuego del día ya terminó y la noche lo acoge con su fresco manto. Sigue igual, con pasos cada vez más cortos. No es hasta el final, tendido y sin fuerzas que derrama una lágrima por las luciérnagas astrales que alegres y titilantes lo llaman a su compañía.
Por Elvis Boransky