todavía es tarde

Desperté al sueño sentado en el sillón viendo televisión en otro idioma, al lado de alguien que no conocía y, sin embargo, no temía.
Me levanté de golpe, al mismo tiempo que en un rincón se encendía una luz cenital, que iluminó una gran biblioteca.
Súbitamente fingí interés en la biblioteca, para que esa persona dura, a mi lado y frente al televisor, no sospechase de mi repentino y ahora inesperado impulso. No lo hizo.

Examiné de cerca los libros y encontré algunos que reconocía de mi propia biblioteca. Ahí estaba mi edición de la Divina Comedia, azul con letras rojas; mi Tótem y Tabú, con su máscara y el lomo rasgado; y un libro muy aburrido que amigos fugaces me regalaron.
Quise vomitar.

En ese momento pensé en escapar, y luego en mi casa. Ahí entendí que estaba en mi casa y que, por lo tanto, no tenía adónde ir.
Volví mi cabeza hacia la persona en el sillón. Estaba dura, iluminada por la luz del televisor.
Abrí la puerta y, sin cerrarla, me precipité por la escalera. Bajé mil pisos, todos iguales, interminables. Pensé en fotogramas de una película que de niño ví. Ya en la calle pensé: Otra vez tarde.

Con el pelo revuelto por el viento de la huida y la certeza de haber olvidado algo importante, me alejé.
Otra vez el mismo camino hacia el mismo lugar. Me dirigí a la parada de ómnibus más cercana y la pasé de largo.
Una voz me dijo que me gustaba sentir que mis piernas me podían dirigir. Que mi cuerpo, como un ente independiente, podía ir y venir sin necesitar de mí.
Me alejé de la avenida con largos pasos, como si mis piernas intentaran asegurarse de que no me arrepentiría, intuyendo que cuanto más rápido me alejara menos dudaría si volver.
Ya lejos del ruido, mis piernas enlentecieron el paso y, cada vez más largas, se movían por la vereda como si esta fuera la luna. Flotaba pegado al suelo.

Un bosque cerrado de edificios se erigió frente a mí. Con un poco de miedo y otro tanto de respeto evité mirar al cielo y el contacto con las copas de los edificios.
Tenía que llegar a Catorce y por esto caminé con precaución animal ignorando el ruido. Los gritos, el humo del incendio y el olor a quemado invadían el aire. Quería mirar pero no debía. No miré y salí airoso.

Abandoné la selva de frondosos edificios para adentrarme en un rosal de casas bajas, sin rejas y habitadas por insectos que murmuraban palabras ininteligibles en idiomas desconocidos.
Me gustaba este lenguaje animal porque demostraba que me estaba acercando a destino, me quitaba la prisa y ya no pensaba en lo que había olvidado.

Por Víctor Aguerre Quiró

Deja un comentario