canción de uppland

Se sentó en la nieve. Miró los pasos que lo habían llevado a ese lugar. Miró el rastro rojo que acompañó a esos pasos y entendió: Valhalla.

Respiró ansioso y con cada exhalación echó vapor, que descongeló unos pocos puntos blancos en la maraña de cobre, rodeando su rostro. Parado como un toro en un diminuto corral a punto de ser abierto, se movió en el lugar. Esquizofrénico, preparó su cuerpo. Golpeó el metal con el filo. De nuevo ansioso, miró al bosque hablándole al helado viento y entonces lo escuchó: Krig fue todo, el estridente grave que retumbó. Y la estampida no se hizo esperar. Paso a paso al frente salvaje, golpeando al unísono el hacha con el escudo. De nuevo escuchó el cuerno y sin pensarlo echó a correr. Feroz, el bosque tembló.

Los vio, pero antes del choque sintió silbidos en el bosque. Justo en ese segundo previo, una de las flechas tumbó a alguien a su derecha. No alcanzó a verlo. Otra rozó su muslo, blanco y rosado, y ahora rojo. Puso todo su cuerpo contra el escudo en el salto. El impacto fue tal que descolocó su clavícula. Siguió con su vecino antes de incorporarse. Cortó de un hachazo cinco dedos de dos pies. Sintió el aullido de dolor y supo que no sería problema, se paró, acomodó su clavícula. Sintió dolor al alzar su rodela y lo recibió con gracia.

Su hacha, extensión de la decisión de su mente, partió el cráneo de quien lloraba sus dedos perdidos. Y pasó el tercero y el cuarto y el quinto y volvió a blandir con euforia el peso del yunque.

Avanzó hasta un estrecho del bosque que muere a los pies de un gran claro de nieve: la burbuja congelada del Torneträsk antes de convertirse en lago macizo. Su cuerpo, vapor y barro y sangre, avanzó de más, pues cruzó las líneas de un enemigo ya cansado de caer en el bosque. Por detrás y montando una bestia, la única bestia más grande que él, fue emboscado. El caballo pateó su espalda, seco, duro. Cayó en la nieve y, boca abajo, quedó un momento inmóvil. Un joven se arrojó de rodillas junto a él, lo apuñaló en el vientre, en un costado, justo debajo de las costillas. Su último acierto, su último error. Chilló de dolor al tiempo que tomó al joven del cuello y lo estranguló violentamente. Tomó el puñal de las manos rojas del quinceañero y le perforó el cuello por debajo de la mano que lo estrangulaba.

Pudo con dos más antes de sentir helado el aire al respirar, como otro puñal en el mismo lugar donde entró el del muchacho. Caminó hacia el claro, dejó caer el escudo, ya inútil, pesado. Tapó la herida con su mano. Al presionarla, el dolor nubló su visión. Se sentó en la nieve. Miró los pasos que lo habían llevado a ese lugar. Miró el rastro rojo que acompañó a esos pasos; y entendió: Valhalla.

Dejó caer el hacha. Cayó junto a él, de canto primero, e hizo crujir el hielo bajo el manto blanco. Logró apenas entender, justo antes del segundo impacto, que terminó de quebrar el hielo. Suspiró. Al caer, el agua helada paralizó completamente su carne, su espíritu, sus huesos. Intentó filtrar un último grito, un último sonido, pero sus pulmones colapsaron por el frio, dando lugar a la realización de su inminente destino, un silencioso final.

Murió de ojos abiertos, repleto de agua, repleto de miedo. De la luz a lo oscuro por debajo del hielo lo recibió el lago. Su hacha descendió antes que él.

Tomado de las notas de Cándido Hefesto.

Por Ojo Rojo

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