breve rutina matinal

Nubes bajas en las plazas anunciando el día.
Esferas brillantes de los faroles, constelación eléctrica
que proyecta mis ocho sombras en las estatuas y esquinas.

Apuro el paso hacia la oscura galería,
infestada de putrefacción nocturna.
Me arrojo sobre la puerta y esquivo
al graso portero de turno.
Llego a la escalera.
Huelo sangre bajo el sobretodo negro.

En la alta cumbre entro a mi guarida
poseída de su silencio eterno.
Las luces de la ciudad se atomizan de humedad.
Me sereno a esperar otra noche de soledad.

Por Sara de Barro

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