Llegué al continente nuevo,
procuré un guía ciego.
Yo redactaba epitafios.
Tropezamos por los desiertos.
Me sublevé a tu boca y partí.
La Isla de Flores, leviatán de roca,
sólida sombra purpúrea
al fondo del horizonte carmesí.
Poetas de la muerte en el río mar negro.
Amanecer nebuloso en el agua espejada.
Dejamos atrás ciudades doradas,
y habitaciones aterciopeladas.
Demoré una mirada en el último campanario.
Cuando me di cuenta ya no había nada.
El río mar y el alba ruborizada.
Por Sara de Barro