noche de ratas

Un monótono ringtone de un cabezón Motorola C115, levanta a Diego Mario Soler, alias “el Solar”, apodo ganado por su apellido y por llevar su cabello crespo mal teñido con agua oxigenada. Son apenas pasadas las tres de la madrugada y, en Noviembre, se respira un ambiente espeso, de esos en que se puede cortar el aire con cuchillo: calor, humedad, cielo de alquitrán. Se avecina una tormenta.

El Solar camina por “la calle de la basura”. La calle principal de Noviembre, una curva sin asfaltar que toman los camiones que sacan la basura de Buenos Aires.

Exactamente en el medio de la curva está “el peaje”, el negocio de Noviembre, bueno, uno de ellos. “El peaje” es simplemente un espacio delimitado con yantas, gomas de camión y basura. Por presión del barrio, los camiones que pasan diariamente cargados de basura, deben detenerse en “el peaje” antes de continuar al vertedero. La parte trasera del peaje es obviamente una montaña de basura.

El Solar levanta viaje a la capital con uno de los camiones haciendo la vuelta. Un camionero de confianza a cambio de una bolsita por mes. He aquí otro de los negocios de Noviembre. Y el Solar es el capitán del barco en este negocio.

Ya son las cinco de la tarde y el Motorola cabezón picó varias veces. Palanca que va, palanca que viene, hoy es un buen día. <Un muy buen día> piensa el Solar preocupado.

<Y fue nomás pensarlo para que me cambiara la leche>, piensa el Solar. Ya bajó el sol y no vendió nada desde las cinco. Perdió la vuelta en el camión por quedarse a esperar la fisura y nada. Camina por la ruta re quemado pateando una lata, haciendo dedo por si se da un milagro. Por suerte bajó el sol, pero está calor, se está encapotando. <Va a llover>. piensa el Solar, <noche de ratas en Noviembre>.

Entrando por «la calle de la basura», le cae uno con el cuento: que tengo tanto, que dame y te quedo debiendo, que después te pago, que si somo amigo...
<Arrancá>, le dice el Solar, <hoy no estoy pa esta>. Ya tuvo suficiente por hoy como para andar fumándose giles. Pega la curva y pasa “el peaje” saludando al paso a “los profesionales”. De botas y guantes de goma, trepan los camiones que paran en “el peaje”, “los profesionales”. Clasifican, determinan qué basura no es basura para Noviembre. Te depuran el camión, más ahora en 2002.

El Solar llega a su rancho, son las ocho de la noche y está muerto, se acuesta pensando que mañana será otro día.

Un monótono ringtone de un cabezón Motorola, levanta al Solar. Son apenas pasadas las tres de la madrugada y en Noviembre se respira un ambiente espeso, de esos en que se puede cortar el aire con cuchillo: calor, humedad, cielo de alquitrán. Se avecina una tormenta.

<Traé 5. Tengo la $. Atrás del peaje> el Solar vuelve a guardar el celular en su bolsillo. Arrancó a llover, arrancó a llover fuerte. El Solar de brazos cruzados y capucha, ensopado, cagándose en toda la familia de este hijo de puta. Pero 5 es muuuucha guita, <llueva o truene> dice esperando que el clima responda y, esta vez, nada… detrás del Solar, una montaña de basura.

El chaparrón es insostenible, Noviembre palpita al sonido de las gotas gigantes que caen en las chapas de los ranchos, ríos de agua escurren de la montaña de basura, las ratas escapan de sus madrigueras inundadas, hay cierto caos en el montículo en descomposición. El Solar malviajando, no puede ver más de dos metros por la cortina de agua que cae violentamente y, sin embargo, logra ver una sombra empapada que se le acerca. <No, ¡pará!> Llega a decir antes de que el sonido de dos balazos se camufle casi perfectamente con la sinfonía de la tormenta y las chapas de los ranchos. Ríos caen de la montaña de basura, pero un río interesa en particular a las ratas: el que escurre del Solar.

Tomado de las notas de Cándido Hefesto.

Por ojoRojo

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