Tomamos el teatro abandonado y los cristales rieron. Alarmadas despertaron las palomas y sacudieron con sus alas la negrura. Desde afuera el centro rebasaba los altos muros con luz y risas y guitarras. Llegamos a una salita de proyección y salimos al palco, desde donde saltamos a la platea. Detrás del escenario, alguien encontró el camino al ático.
Subimos e hicimos de un telón una bandera, que atamos a las bisagras de una ventana. El terciopelo pesado se desperezaba colgando sobre la fachada y cosquilleaba a los entes. Desde aquella lucerna alcanzamos la azotea, sin poder contener una mirada a la peatonal que allá tan abajo estaba viva y nos ignoraba, por una escalera de hierro podrido que se sostenía por un milagro chirriante. Arriba, recuperamos el aire y nos miramos entre nosotros.
Edificios cuadrados y negros y algunas cúpulas, más o menos filosas, emergían como pacíficas criaturas sombrías desde un mar de luces anaranjadas. Nuestros aullidos vibraban en los cristales rotos, un acorde de bocinas y también una trompeta tan dulce que la luna fue de miel. La saboreamos acurrucados en el techo del viejo teatro. Y así fue nuestro.
Por Laura Ivanovic