¡Muerte a Clemente y muerte a Mocenigo!
¿Qué otro mensaje podría grabar en el plomo? Me sangran las manos de luchar con mi cincel, la columna de un pez, que todavía siento, me mira.
No existe la piedad, ya no existe en este, el mejor de los mundos posibles. Lo sé porque alguien más valiente que yo, y seguramente mejor equipado que con el cadáver de un pez que flota vigilante, se encargó de temporalizar este húmedo infierno. ¿Quién habrá sido el juglar, el genio o el loco? ¿Cuánto habrá resistido antes del inevitable delirio? Llevo catorce noches trepando a la pequeña plataforma sobre mi cabeza. Catorce días alimentando cangrejos con mis pies gangrenosos, mirando el pequeño haz de luz que da contra la pared mohosa de plomo. Y en la pared, otra vez la marca, esa pequeña marca escarbada en la pared que me cuenta una historia. Me cuenta quién estuvo aquí antes de mí, alguien que se encargó de temporalizar este húmedo infierno.
Los sonidos se vuelven insoportables. No quiero moverme porque el sonido de la cadena en mi brazo derecho, que me ata a la pared, es simplemente intolerable. Igualmente ya no tengo casi fuerzas para moverme. El dolor de permanecer acostado, de ser esta bolsa de piel sin más que huesos dentro, es suficiente. La piel está marchita de todos modos, no creo que sobreviva mucho tiempo más. Sigo viendo el relieve en la pared en donde pega la luz. Pero en el día los sonidos son más insoportables. Se drena la celda y el chapoteo de mi desayuno comienza a taladrar mis tímpanos, junto con la gotera constante, ¡ah, la sinfonía tortuosa! Sin dudas estoy delirando, ¿cuánto habrá soportado el mártir panteísta antes de cambiar el agua por el fuego?
Finalmente se extingue el haz de luz que marca las horas en la pared y el agua vuelve a inundar la prisión. Quince es entonces la cifra que ha de marcar mi final. Quince pasos por el puente de los suspiros, desde el palacio a la prisión. Quince marcas en la pared, bañadas por un inclemente haz de luz. Quince noches trepando la plataforma de la celda para no sucumbir ante la subida de la marea veneciana. Pero esta será la última noche, la última subida de la marea. En el año mil quinientos noventa y uno de nuestro señor, tomo la cadena que me ata a la pared por mi brazo derecho, la envuelvo en mi cuello y me arrojo de la plataforma hacia la celda inundada. Culpable únicamente de estar en el momento y lugar equivocado.
Tomado de las notas de Cándido Hefesto.
Por Ojo Rojo