Las yemas no peinan el terciopelo
Una fina película de aire siempre separa las cosas.
Desde mi butaca veo las luces bajando del cielo.
En las iluminadas tablas, cuerdas y dedos no se tocan.
Los mensajeros divinos bajo la mirada de Ella
Yo en la penumbra, como la muerte los observo
Una jueza invisible con el poder supremo
De acabar con todo como una diosa en su templo.
En el árido paisaje de un continente austero,
Sólo las tablas y yo, las luces, los mensajeros,
Las hambrientas arpías se preguntaban cuándo
Daría mi veredicto para al fin verlos marchando
A encontrarse con la irreversible en el paraje lejano
Bajo la vaporosa luz del teatro extraño,
Levantado del aire en algún rincón del llano.
Ni se miraban ya, sudorosos como estaban.
Agitados y mojados, vieron a su tierra y a su casa.
Y yo que me aburría, impaciente y ya cansada
Nunca tuve compasión, di la orden esperada.
Como del cielo una espada, cayó la maldición
Y sin entrar en razón, tumbáronse como manzanas,
Con la mirada perdida en algún mar de la luna.
Tras un chasquido de mis dedos, de repente no había nada.
Por Sara de Barro