mito eslavo

Heredé este texto de mi padre, muerto hace décadas. Permaneció en los cajones del sótano y recuerdo haberlo leído cuando niña, fascinada de su fantasía. En su momento no comprendí su importancia. En una carpeta estaban un pergamino de piel escrito en ruso primitivo y los papeles redactados por papá, que lo poco que me enseñó de ruso fueron los monosilábicos insultos que se le escapaban. Había traído el pergamino desde su pueblo, en su equipaje, tras haberlo robado de la iglesia, en el oscuro hormiguero de 1942; probablemente temía que fuera destruido. Lo tradujo cuando nuestra casa todavía no tenía teléfono. Estaba preocupado por que se degradara el original y escribió copias en ruso y en español. Poco sé del pasado de mi familia, me imagino que quizá algún barbado tatarabuelo, un verdadero matusalén, escribiera estas líneas a la luz de la vela a orillas del Mar Negro. Sin más, quisiera compartir esta traducción de Igor Ivanovic con ustedes.

«En el valle de arena, llegaron las caravanas y sus semilleros. Solo arena entre las montañas y el mar. Aún no temíamos el fuego del húmedo dragón. Plantaron árboles y de mí nacieron. Raíces de cosquillas, de mi carne mamaron y nos hicimos familia. Los hombres borraban sus huellas en la arena, temerosos del páramo. Nada bueno, decían. Los primeros murieron y los árboles ya eran altos. Los niños pintaban en ellos su magia protectora y la gente era feliz. Los espíritus de la tierra prestan su mano a los justos y se dejan ver en la sublime llama. Hombres de fuego. Los árboles caídos fueron leña y el frío era tal, que la llama ardía sin pausa. Ejércitos de perros derrotados con astucia y devorados con gloria. Pero el oscuro cielo salado esconde sus estrellas. Espejo precioso del éter. De su densa entraña emanaron las criaturas, las criaturas viscosas, acuosas, asquerosas. Los hombres de arena, aterrados, se subieron a los árboles, donde fue la tierra nueva, entre las ramas. Los acuosos se comieron a los perros, viven en el encuentro del aceitoso mar y la tierra de hielo. Los temerosos hombres de arena y fuego atrapados en los árboles se devoraron entre sí, y al llegar el tiempo frío hicieron arder sus casas y murieron helados cuando fueron ceniza. Las blandas criaturas húmedas los engullían cuando caían como frutos. Los árboles se hicieron ceniza y otra vez la arena. Harta de danzas, la divina mar hizo suyo el valle y en un nudo de tiempo lo sepultó bajo sus negras aguas. Los viscosos y blanduzcos escalaron mi cumbre desesperados y no encontraron nada. Encima de la seca piedra se devoraron a ellos mismos y de su excremento nació el hombre nuevo.»

Anónimo (Siglo III a.C. – Siglo V d.C).

                   Por Laura Ivanovic

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