solidez líquida

Desperté al sueño en un lugar que no conocía pero me era familiar. Desperté al sueño en una estación de tren, no había nadie. Estaba oscuro y eso me hizo pensar que pronto iba a amanecer. Estaba solo y eso, de alguna forma extraña, me gustaba. Caminé por la estación y me entretuve con las columnas de madera talladas y los mosaicos de la pared que formaban una sobria batalla yugoslava. Salí por la puerta contraria a la que entré, en la que supongo algún tiempo atrás me bajé de un tren. Hacía frío pero yo no lo sentía, recién lo vi cuando enfrente mío apareció una estatua de hierro sólida e inmensa. Para sentir hay que ver. La vi helada y tuve frío.
Alrededor apareció un lago congelado y tuve más frío. Empecé a temblar y parecía que mis dientes se iban a romper en el tiriteo de mis mandíbulas. Eché a correr sobre el lago congelado. Estaba amaneciendo y a mitad del lago supe que la capa de hielo se iba a romper. Me detuve en el lugar, ya no tenía frío y un sudor caliente me corría por la espalda: la certeza de la condición irreversible del deseo.

Una parte de mí recordó que me encontraba dentro de un sueño y todo fue miedo. Sabía que todas las ideas se hacían realidad. Pensé en volver a pensar lo contrario, creer que ya no se trataba de una fina capa de hielo sino de una piedra de hielo sólido y contenido. Lo pensé y de nuevo la certeza hirviendo me hizo saber que estaba intentando engañarme a mí y al oráculo de los sueños. En ese momento la tijera de Átropos cortó la fina capa de hielo y caí al agua fría como la muerte.

Por Víctor Aguerre Quiró

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